LIbros y ensayos

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LA CORRIENTE NOCTURNA DE GUSTAVO FERNÁNDEZ: DESENCANTO Y NEGACIÓN DE LA MODERNIDAD

Christian Farías

Conocí a Gustavo Fernández Colón en las aulas de clase de la mención Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Educación de nuestra Universidad de Carabobo. Luego, cursamos juntos la Maestría en Literatura Venezolana en el Área de Postgrado, ubicada en Mañongo. Y actualmente somos profesores del Departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Educación. Compartimos ideas políticas y apreciaciones filosóficas significativas acerca de las luchas sociales que hoy libra la humanidad, el pueblo venezolano y de América Latina en general contra la dominación imperialista norteamericana, por la emancipación total, el rescate de la soberanía, la construcción de una sociedad libre, independiente, autogestionaria, digna, profundamente participativa y democrática. De manera que hemos sido amigos desde hace más de 18 años. Son muchas las razones que nos mantienen en esa cercanía espiritual y fraterna, propia de hombres comprometidos con el ejercicio intelectual, con las luchas sociales y políticas de nuestro pueblo, así como de la humanidad entera por la soberanía y la equidad.

El propósito de estas notas es que ellas sirvan de presentación del libro La corriente nocturna con el cual mi distinguido amigo se hizo acreedor del premio de ensayo 2005 de Monte Ávila Editores. Para ello expresaré brevemente mis primeras impresiones sobre la base de que toda lectura es una invitación al diálogo y la indagación para fortalecer la conciencia que es la principal cualidad de nuestra condición humana.

Comencemos, entonces, por decir que se trata de un libro de análisis que tiene como eje temático la obra poética y ensayística del escritor venezolano Juan Liscano en el contexto de una tradición de pensamiento filosófico y literario identificada con la mística, la gnosis, la búsqueda espiritual y humanística; pero, no desde la simple contemplación del universo y el ensimismamiento del yo espiritual, sino desde la perspectiva del cuestionamiento, la crítica y la negación del orden social burgués moderno y la emergencia de alternativas de vida basadas en la redención del hombre y su valoración humana-espiritual. El Liscano humanista, místico, crítico, disidente, poeta y ensayista notable, no es un personaje aislado en el panorama de las letras venezolanas del siglo XX. De acuerdo con el análisis que nos ofrece Gustavo Fernández, Liscano es un representante más de un proceso inacabable que en sus inicios cuenta con figuras como el doctor Rafael Villavicencio (1838-1920), precursor del positivismo en nuestro país, pero que siguiendo los requerimientos de su desencantado espíritu, dio un giro hacia la filosofía hermética y el misticismo. Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) quien transitó desde el primer positivismo venezolano de fines del XIX e inicios del XX hacia un fervoroso misticismo. Y más adelante estarían escritores como Julio Garmendia, Guillent Pérez, Manuel Briceño Guerrero, Armando Rojas Guardia. Y pensadores críticos como Frank Bracho o luchadores revolucionarios inicialmente marxistas y posteriormente más espiritualistas y utópicos como Douglas Bravo, entre otros, reseñados dentro del marco contextual en el que se ubica la obra de Liscano.

El principal mérito que de entrada nos aporta La corriente nocturna es que trasciende los límites de su objeto de estudio para ubicar al lector en una perspectiva de reflexión universal acerca del eterno tema de la lucha del hombre con su propia conciencia, tensada entre la espiritualidad y la materialidad de su existencia desde los orígenes de la civilización en esos remotos florecimientos de la poesía y la racionalidad, lugares desde donde se desarrolla una larga confrontación epistemológica que hoy sigue inquietando la lucidez intelectual del ser humano.

En segundo término, este libro es el resultado de un esfuerzo de investigación para sistematizar las expresiones más significativas de la corriente nocturna o pensamiento antimoderno y espiritualista dentro de la literatura venezolana del siglo XX, a partir de la obra madura de un representante emblemático como lo es Juan Liscano. Digo emblemático por tratarse de un intelectual que habiendo justificado y defendido militantemente el sistema burgués-imperialista durante la convulsionada década de los sesenta, colocándose al lado del presidente Rómulo Betancourt y en contra de los revolucionarios perseguidos y torturados, modifica, años más tarde, su pensamiento para convertirse en disidente de la cultura dominante, en un crítico fervoroso y profundo del orden burgués, desde las trincheras de un humanismo espiritualista expresado en las dimensiones de la poesía y el ensayo.

Una tercera valoración de este texto se refiere a la calidad indiscutible del análisis, al desarrollo de una hermenéutica apoyada en la erudición y el dominio de una perspectiva crítica seria y densa que le aporta a las letras venezolanas un nuevo aliento de sabiduría e inteligencia para comprender nuestros propios procesos nacionales y su relación con lo universal. En ese sentido, Gustavo Fernández ha logrado poner al día parte de nuestro ejercicio crítico intelectual, en medio del lamentable predominio de la estrechez y la repetición snobista que impera en nuestro menguado ámbito académico universitario.

¿Qué razones movieron a Gustavo para llevar adelante una obra como ésta? ¿Cuáles son los elementos significativos, dentro de nuestro contexto histórico, que marcan el sentido de este texto? De acuerdo con el autor, las respuestas a estas interrogantes estarían en la propia escritura de Liscano, sobre todo en la desarrollada durante la década de los noventa, en el contexto del debate en torno a la crisis de la modernidad y el surgimiento de la llamada posmodernidad. Liscano fijó su mirada crítica e inteligente hacia el proceso de degradación y descomposición de la sociedad del conocimiento, la violencia, el consumo, los procesos de enajenación y alineación, la crisis de las ideologías, el derrumbe del modelo soviético, el maquinismo, la burocracia, el centralismo estatal y su descomposición moral. Recuerdo una frase lapidaria y contundente de Liscano en una entrevista en el diario El Nacional en el contexto de las elecciones presidenciales de 1988: “La política me da asco”. Años más tarde, en el preámbulo del alzamiento militar de 1992, aparece liderando el Frente Patriótico al lado de Manuel Quijada, Luis Miquilena, Douglas Bravo y otros.

En la introducción, Gustavo menciona los estallidos de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la llegada del hombre a la luna, la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de las Torres Gemelas de Nueva York como hechos que alertan la conciencia crítica frente a la carrera autodestructiva de la civilización industrial, que ha proseguido con las guerras de Afganistán e Irak.

Efectivamente, el actual contexto histórico en el cual se enmarca este primer libro de Gustavo Fernández, está signado por la profunda crisis civilizatoria que hoy estremece los cuatro puntos cardinales del planeta y amenaza el equilibrio del sistema atmosférico que nos protege. El modelo científico tecno-desarrollista ha colapsado; las estructuras sociales que lo reproducen se han vuelto cada vez más abismales e insostenibles; el poder político, en todas sus modalidades, muestra niveles de autoritarismo, represión y depravación moral indignantes; la industria cultural domina en grado casi absoluto las mentes de la población, particularmente la de los adolescentes y jóvenes; las élites ilustradas han devenido instrumentos dóciles y serviles de la dominación imperialista; el poder de las telecomunicaciones impone el pensamiento único como fórmula de la más vasta dominación ideológica coherente con el súper-poder militar imperialista de los Estados Unidos, desplegado en Afganistán e Irak a manera de muestras como nunca antes había experimentado la humanidad.

Frente a este cuadro pavoroso y desesperanzador, la mirada del común de los mortales se paraliza en la perplejidad y la pérdida del asombro. La indiferencia, la apatía y el escepticismo sustituyen al entusiasmo ideológico-político de antaño. La mirada se vuelve sobre el sí mismo y busca aliento en las interioridades del ser. Desde ese lugar oscuro, primordial y misterioso, donde habitan las aguas seguras del origen, el individuo y la especie resurgen en busca de la nueva salvación, de la reinvención de la vida con base en las fuerzas del espíritu y no exclusivamente en las ventajas ostensibles de la materia. Hoy como ayer, la impotencia frente a los poderes nos retrotrae a la repotenciación de las almas. Son estos elementos de la realidad histórica, psicológica, material y espiritual, que aparecen como los ejes en torno a los cuales se teje el sentido y la significación de lo que ahora conocemos más como la corriente nocturna o negación de la modernidad desde las diferentes formas de la espiritualidad.

Ahora bien, no es éste un asunto nuevo ni exclusivo de nuestra realidad. La literatura moderna que nace a partir de la época del renacimiento, el manierismo y el barroco, ha sido máscara y espejo de las tensiones espirituales, materiales, éticas y estéticas, generadas a partir de esa realidad dual, fascinante y repugnante a la vez, que caracteriza al sistema económico-cultural identificado bajo el rótulo mágico y embriagador de La Modernidad. Así, el ser humano moderno, modelado bajo el rigor de las leyes del desarrollo y el progreso científico-técnico, es un ser sesgado, fragmentado y escindido en su propia esencia. Pero, mucho antes del advenimiento de lo moderno, el logos creado por el hombre fue originalmente mágico-espiritual, cósmico-ecológico, de comunión profunda con la naturaleza y con los astros, orientados por una racionalidad respetuosa y conservacionista del individuo, de la especie y el entorno natural y social, tal y como lo vivieron antes de la llegada de los invasores y aún lo siguen viviendo precariamente nuestros aborígenes. Luego, vino ese gran salto hacia el pensamiento lógico-racional que no sólo significó la elevación ecuménica de la racionalidad como el nuevo paradigma de lo humano; sino que paradójicamente se convirtió en el sustrato ideológico empleado por una parte de los hombres para crear la civilización de la máquina y el desarrollismo que hoy domina destructivamente en el mundo entero.

De manera que en la historia de la civilización occidental, el imaginario mítico arcaico, de donde derivan todas las religiones; y la lógica- racional, de donde surge la ciencia, se instauran como los dos polos de un inextinguible péndulo, como los determinantes de una dinámica psíquica-espiritual- material compleja, cuyas aristas se entrecruzan desde los diferentes campos del pensar, el sentir y el actuar propios de la cultura. Es así como cientificismo y religiosidad, materialismo y espiritualidad, filosofía y poesía, se enfrentan, se mezclan, se imbrican. Es necesario, sin embargo, llamar la atención acerca de las situaciones emblemáticas de científicos, poetas, críticos o luchadores sociales que habiéndose formado dentro del paradigma lógico-racional, llenos de esperanza y de buena fe hacia la humanidad, han tomado luego, por imperativo de sus conciencias, los derroteros de la espiritualidad, como alternativa frente a las frustraciones y la desesperanza sembradas por el sistema capitalista moderno. En el caso específico de nuestro país, tenemos los nombres mencionados anteriormente que aparecen en el libro de Gustavo.

El espacio escritural de la reflexión y la imaginación, se erige, entonces, desde el centro mismo de ese drama existencial de la modernidad, vale decir, desde la conflictividad del vivir, de los dilemas existenciales del ser y la búsqueda incesante de respuestas y alternativas, que bien oscilan desde la visión del retorno al paraíso perdido o desde el reto de la reinvención de la vida. La poesía mística y la gnosis de los primeros románticos nocturnos, donde destacan Novalis y Hölderlin, se ubicaría en esa primera visión; mientras que la poesía solar, abiertamente impugnadora de lo existente y propugnadora de otra vida, de otro ser, encarnada en los poetas malditos, como el insigne y paradigmático joven Arthur Rimbaud, representa la segunda posibilidad.

En el marco de esa prolongada lucha de lo humano consigo mismo, la confrontación socio-política por el poder y el dominio hegemónico de la sociedad, ha marcado la historia de esta civilización. De manera que al lado de las confrontaciones en los campos de batalla o en las calles, el lenguaje ha sido el gran escenario en el cual el hombre, como especie, ha librado elevados combates para someter a prueba su propia sensibilidad, su capacidad múltiple y variada para pensar y conocer la realidad de su propio ser y la complejidad de las relaciones que lo circundan. Pensamiento y acción se constituyen así en una dialéctica que se materializa, se expresa y retroalimenta en el lenguaje, en ese don exclusivo y especial que nos distingue y nos subyuga, al mismo tiempo. Desde el lenguaje se expresan tanto las representaciones del poder como las del no-poder. Instrumento para la dominación o la emancipación, código para la manipulación o vehículo para la libertad de expresión, herramienta para legitimar o deslegitimar, sacralizar o desacralizar, creador de ciencias o de gnosis, el lenguaje nace de lo humano y se constituye en él como verdad o como mentira, como dogma y como razón sensible, como esplendor solar, dominante, o como corriente nocturna o subyacente, al igual que las aguas debajo de las hojas.

Para finalizar diremos, entonces, que la literatura emerge como representación simbólica del imaginario humano, del pensar lúdico y subversivo, de la memoria y la otredad, de la alternancia y el testimonio de las travesías e indagaciones del ser en sus propias interioridades y sus circunstancias terrenales y cósmicas, materiales y espirituales. Dos serían los momentos más profundos de la creación literaria: el de la emergencia de la poesía y el de la creación del ensayo. El primero nos aporta la capacidad para la condensación y la resonancia desde una sensibilidad subversiva o de negatividad, como bien la caracteriza Julia Kristeva; y el segundo, el despliegue explícito o implícito, libre y personal del logos, del ejercicio ilimitado, arbitrario, fragmentado, íntimo y profundo del pensamiento. Así como lo han practicado los grandes ensayistas desde Sócrates y Platón, Montaigne y los más contemporáneos, entre los cuales se ubicarían venezolanos como Armando Rojas Guardia y Juan Liscano. De eso se ocupa magistralmente Gustavo Fernández en su libro La corriente nocturna, el cual me he atrevido a ubicar en el marco de estas apretadas anotaciones susceptibles de ser ampliadas en función de abrirle cauces a esta propuesta de diálogo profundo y alentador.

Debo confesar ante ustedes que me siento afortunado por tener el placer y la honra de haber presentado, en este momento cálido y bello, este libro tan serio como luminoso, erudito y espiritual, denso y fluido, que nos invita a la aventura y el disfrute de la indagación hermenéutica con gran esfuerzo personal para abrir con generosidad amorosa nuevos derroteros al ejercicio de la crítica y la escritura. ¡Muchas gracias! ¡Salud!

Valencia, noviembre de 2006.



jueves 23 de agosto de 2007

La Alternativa Ecosocialista



Una visión latinoamericana del dilema contemporáneo entre la devastación capitalista del hombre y de la Tierra o el surgimiento de una nueva civilización

Gustavo Fernández Colón

Ponencia para el II Foro Internacional de Filosofía de Venezuela
Caracas, 06 al 10 de julio de 2006


RESUMEN: En el presente trabajo el autor intenta abordar la crisis contemporánea del capitalismo globalizado en términos de la concurrencia de múltiples ondas de inestabilidad sistémica de orden ecológico, tecnológico, económico, político y cultural. La sincronicidad de todos estos procesos de cambio hace de la actual encrucijada histórica una crisis multidimensional, que está obligando a la especie en su conjunto a escoger entre la devastación capitalista del hombre y de la Tierra o la construcción de una nueva civilización.
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Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la devastación de la naturaleza y de los pueblos pobres del Norte y del Sur, como resultado de la extensión planetaria del capitalismo. La raíz de la crisis: el paradigma ético del individualismo competitivo y su corolario económico de la lucha sin tregua por la máxima ganancia, al margen de cualquier otra consideración de orden social, ecológico, político o cultural.

No se trata solamente de un sistema de relaciones económicas cuyas reglas de juego conducen, fatalmente, a la opulencia de una minoría y a la miseria y la exclusión de las mayorías. Además de eso, la encrucijada por la que atraviesa hoy la humanidad nos obliga a repensar el sentido de las instituciones y las tecnologías producidas en los últimos doscientos años para dominar y transformar a la naturaleza. Nos obliga a ensayar nuevos modos de organizar la toma de decisiones políticas, hoy secuestrada por las élites económicas y militares del “casino global”. Nos obliga a inventar otra manera de afrontar los desafíos de la educación, la comunicación y la convivencia entre los pueblos, para impedir el exterminio de la diversidad de las culturas creadas por el ingenio de la especie. En fin, la exacerbación de la inestabilidad y los conflictos que todos los individuos y sociedades del mundo sufrimos en la actual transición histórica, responde a una dinámica mucho más profunda que la de una debacle cíclica de la economía de mercado y se revela, cada vez más, como una crisis civilizatoria.

Son al menos cinco las dimensiones cruciales de esta crisis.

La primera es la transición de la era de las energías contaminantes (carbón, petróleo, gas, energía nuclear) a la era de las energías limpias (eólica, solar, hídrica, geotérmica), indispensable si queremos revertir la destrucción de los ecosistemas de los cuales depende nuestra supervivencia.

La segunda transición es la que marca el paso desde la propiedad privada y la gestión vertical de los medios de producción, hacia la propiedad colectiva y la gestión horizontal de los mismos. Esta dimensión económica de la transformación en curso, tiene sus antecedentes en las distintas vertientes de la tradición socialista y libertaria, derivada de más de dos siglos de luchas populares para superar la pobreza y la exclusión provocadas por la “mano invisible” del mercado.

La tercera es la transición de la representación a la participación como criterios fundacionales de la organización política de la sociedad. La crisis de los partidos y de las instituciones clásicas de la democracia delegativa apunta a la necesidad de construir una nueva institucionalidad, que dé respuesta a los crecientes reclamos de participación permanente de los pueblos en la toma de decisiones sobre los asuntos de interés colectivo. En este contexto, la democracia participativa y la democracia directa son las tendencias que irrumpen como alternativas frente al viejo orden político agonizante en el horizonte del siglo XXI.

La cuarta transición se refleja en las luchas contemporáneas contra la homogeneización cultural, impuesta a sangre y fuego a partir del siglo XV con la colonización cristiano-occidental de América, África, Asia y Oceanía; e implantada con las armas de la seducción publicitaria, a partir del siglo XX, con las redes globales de la comunicación de masas. Frente a esta tentativa de aniquilación de las identidades originarias de los pueblos, brotan las fuerzas del multiculturalismo para combatir las taras de la discriminación, el racismo y la xenofobia, mediante la afirmación respetuosa de las diferencias y el diálogo paritario entre las civilizaciones.

Por último, la quinta transición tiene que ver con el desplazamiento de la sociedad patriarcal por una nueva era de igualdad entre los géneros, evidenciada en el protagonismo creciente de la mujer en el ejercicio de roles anteriormente reservados a los hombres y la reivindicación de los derechos civiles de las distintas identidades sexuales.

En síntesis, estas cinco tendencias y otras tantas que bullen en las entrañas del capitalismo globalizado, expresan la complejidad de una encrucijada histórica en la que la especie en su conjunto deberá escoger entre la aniquilación de la vida sobre la Tierra a la que, según todos los indicios, nos conduce la lógica del capital, o la construcción de un orden civilizatorio alternativo, sustentado en el respeto a los equilibrios ecológicos, la equidad social, la participación popular y la convivencia pacífica entre los pueblos. Es obvio que se trata de una dinámica signada por la incertidumbre y, en consecuencia, difícilmente predecible. De ahí que sólo podamos prever que tales cambios se produzcan en medio de una compleja trama de resistencias y conflictos, cuya resolución dependerá, en buena medida, de la capacidad de discernimiento y el empuje organizativo de los actores en pugna.

Es en este contexto donde el pensamiento ecosocialista aspira insertarse como expresión política de una ética global, centrada en la responsabilidad compartida de preservar la continuidad de la vida sobre la Tierra, mediante la selección de patrones tecnológicos y energéticos respetuosos de la salud del hombre y la naturaleza. Una ética que salvaguarde el derecho inalienable de los pueblos a escoger su propia senda de desarrollo en concordancia con los saberes ancestrales y las identidades culturales autóctonas. Una ética que haga posible la construcción de un nuevo ordenamiento económico internacional equitativo y solidario, donde la pobreza, la exclusión y la guerra fratricida se conviertan, más temprano que tarde, en vestigios de una etapa histórica superada por la humanidad.

LA CUESTIÓN DE LA TÉCNICA

La ciencia y la técnica no podían quedar al margen de esta mutación civilizatoria. En efecto, también en el campo de los saberes científico-técnicos la crisis de la modernidad ha tenido una de sus expresiones más notables en el tránsito del paradigma mecánico-causalista fundado por Descartes y Newton, al paradigma ecológico-indeterminista inaugurado por la física relativista y la mecánica cuántica (Bateson, 1980; Capra, 1982). En el ámbito de la filosofía y las ciencias sociales, asistimos al derrumbe de la vieja ontología esencialista fundada en las dicotomías del sujeto y el objeto, la res cogitans y la res extensa, lo científico y lo ideológico, el atraso y el progreso (Lanz, 1998; Vattimo, 1990), y presenciamos el desbordamiento de la organización disciplinaria del conocimiento como resultado de la irrupción de la problemática de la complejidad y la necesidad de abordarla mediante métodos transdisciplinarios (Morin, 2001; Vilar, 1997).

En estas circunstancias, sociedad y cultura comienzan a ser comprendidas, en su interioridad, como totalidades complejas, híbridas y polivalentes (García Canclini, 1990, 1995; Maffesoli, 1990, 1997), y en su exterioridad como sistemas abiertos en permanente interacción con su contexto ecológico, sin que sea posible concebir su configuración intrínseca desligándola de la dinámica de adaptación / transformación que la enlaza constitutivamente con su entorno (Rosnay, 1977; Vitale, 1983).

Por otra parte, el énfasis de las ciencias humanas, desde su constitución en el siglo XIX, en la dimensión técnico-económica de la organización social, se ha venido desplazando hacia la dimensión simbólica o, en otras palabras, hacia la cultura, en tanto que sistema de producción e intercambio de significados compartidos; con lo que la semiótica y la hermenéutica han entrado a disputarle a la economía política su posición dominante en el estudio de los fenómenos sociales (Lotman, 1996). Sin embargo, cabe estar precavidos frente a los extremos idealistas o solipsistas en los que ha desembocado cierta vertiente de la filosofía contemporánea para la cual “todo es discurso”. Pues la dimensión crucial del actual viraje epistemológico, no puede despacharse sin más como una sustitución del causalismo materialista de la ciencia moderna por el relativismo interpretativo de la llamada sensibilidad postmoderna, sino que nos impone la difícil tarea de trascender los reduccionismos y las explicaciones cerradas y concluyentes, y abrirnos con modestia al reconocimiento de la multidimensionalidad, la intersubjetividad, la historicidad y la incompletud de nuestro conocimiento de lo real.

En esa dirección, propuestas como las de Kuhn (1986) y Feyerabend (1981) sobre el carácter no acumulativo del conocimiento en virtud de las reiteradas mutaciones históricas sufridas por las reglas y las categorías adoptadas como universales por las comunidades científicas, y alegatos como los de Marcuse (1964) y Foucault (1988, 2002) acerca de las formas de dominación implícitas en la construcción social de los discursos, las teorías y las tecnologías, evidencian que ha venido ganando terreno el cuestionamiento a la objetividad y la neutralidad ética de las prácticas científicas, no sólo en el terreno de las ciencias sociales sino en el de las mismas ciencias naturales.

En el campo marxista, Gramsci ha sido tal vez el primero en formular nítidamente esta ruptura con la gnoseología positivista cuando escribió: "en realidad la ciencia es también una superestructura, una ideología" (1997:63). Una vez hecha esta constatación, resulta lógico reconsiderar la validez del principio determinista según el cual el desarrollo de las fuerzas productivas, al entrar en contradicción con las relaciones sociales de producción imperantes, es el principal desencadenante de los procesos revolucionarios. Máxime en una circunstancia histórica como la presente, donde las fuerzas productivas resultantes de la innovación científico-tecnológica se hallan cada vez más sometidas al control monopólico de las corporaciones transnacionales y, en consecuencia, están siendo modeladas permanentemente, desde su concepción hasta su aplicación, por el propósito de sostener las relaciones de dominación económica, política y militar imperantes. De ahí que, hoy más que nunca, cobren vigencia las previsiones de pensadores como Herbert Marcuse (1964), Murray Bookchin (1971), Fritz Schumacher (1973), Iván Ilich (1973) y David Dickson (1977), para quienes los instrumentos técnicos diseñados por las instituciones hegemónicas del capitalismo globalizado, tanto con fines productivos como destructivos, no podrán ser integrados dentro de un modo de producción alternativo sin que su adopción reproduzca las mismas - o incluso peores - relaciones de dominación y sin que la ideología materializada en su estructura y su funcionamiento impida la maduración de un nuevo orden social verdaderamente orientado a la liberación del hombre y la preservación de la vida[1].

Si admitimos que los procesos de cambio revolucionario implican una transformación profunda de la configuración de las relaciones sociales (de producción y de otros órdenes de la vida colectiva) o, en el lenguaje de Edgar Morin (1995), si admitimos que una revolución es un proceso de morfogénesis del circuito metabólico que enlaza a la infraestructura económica con la superestructura ideológica, se comprende que las prácticas sociales de producción de los saberes científicos y técnicos se modifiquen también, sustancialmente, a la par con los cambios operados en la esfera económica, política y cultural de la sociedad.

Cabe acotar que en modo alguno abogamos aquí por una filosofía ingenua de retorno a las cavernas o una condena dogmática al legado científico-técnico de la modernidad. Nuestro propósito es más bien llamar la atención acerca del riesgo de naufragio que correría cualquier proyecto socio-político alternativo al capitalismo, al dejarse capturar por el círculo vicioso de la copia compulsiva de los “avances” técnicos – tanto productivos como destructivos - de su adversario, sin una evaluación permanente de sus efectos ecológicos, sociales, políticos y culturales. No haber advertido este riesgo fue una de las principales razones del fracaso del socialismo del siglo XX o, más específicamente, de la implosión del socialismo real ensayado en la Unión Soviética y la regresión del socialismo chino hacia las formas más extremas del “capitalismo salvaje”. Pues tanto el colapso soviético como la recolonización de China por el capitalismo globalizado, son en gran medida el resultado de la opción de enfrentarse a la dinámica envolvente de la Guerra Fría desde el mismo marco epistémico de la modernidad industrialista de su oponente. Fue así como la competencia tecnológica y militar con las potencias capitalistas de Occidente asfixió, hasta hacerlo perecer, el impulso inicial en favor de la democratización radical de las decisiones políticas y la gestión horizontal de las actividades económicas.

A la luz de estas consideraciones, la creencia acrítica en la naturaleza universal y necesaria de las fuerzas productivas y destructivas desplegadas históricamente en el seno de las sociedades industrializadas, así como la idea de que su adopción acelerada es un requisito indispensable para la consolidación de cualquier proyecto de transformación revolucionaria de las naciones "subdesarrolladas", constituyen ideologemas provenientes de la episteme moderna compartida tanto por el positivismo (y sus derivaciones funcionalistas, neopositivistas y estructuralistas) como por el marxismo clásico. En consecuencia, cualquier estrategia de desarrollo científico-tecnológico edificada sobre estas bases, terminará reproduciendo las formas de dominación imperantes hasta el presente en las llamadas sociedades "periféricas" y, en consecuencia, jamás llegará a ser una política auténticamente revolucionaria, independientemente de que sus promotores crean estar promoviendo una revolución.

Y es que la magnitud de la crisis ecológica gestada por el modelo de desarrollo industrial adoptado en la actualidad por los tres mundos (en el lenguaje de la Guerra Fría), obliga a cuestionar los fundamentos mismos de la modernidad y su concepción del progreso, entendido como explotación técnica de la naturaleza y del hombre a escala planetaria. De ahí que el fomento de alternativas tecnológicas de producción y consumo, basadas en el respeto a la diversidad ecológica, y la organización cooperativa y autogestionaria de la acción económica, sean tareas urgentes para quienes esperamos que los valores de la vida se impongan sobre los antivalores de la muerte.

Otro flanco dramático del actual desarrollo prometeico de la técnica es el de la inmensa potencia destructiva del arsenal de armas biológicas, químicas y nucleares, que amenaza con borrar al hombre de la faz de la tierra. Esto obliga a pensar en el riesgo que implica el control excluyente que han venido ejerciendo los militares, los gobiernos y las corporaciones del primer mundo, sobre la investigación científica y tecnológica, hoy en día al servicio de la voluntad destructiva del Imperio que pretende regir los destinos del mundo. Un control que a fin de cuentas ha resultado ineficaz, cuando las leyes del mercado han puesto estos instrumentos de aniquilación masiva en manos del mejor postor o del aliado político de turno. Frente a estas realidades, únicamente la participación popular en la toma de decisiones sobre el financiamiento de la investigación militar, podrá ponerle freno a un gasto incuantificable e inmoral, que bien podría dirigirse hacia proyectos mucho más beneficiosos y urgentes para la humanidad. Las comunidades organizadas tendrán que ser, en las sociedades que aspiren sobrevivir al caos desatado por el capitalismo global, los nuevos actores responsables de la producción y el uso del conocimiento y las herramientas técnicas, destinadas a la paz o a la guerra, que los valores de la nueva civilización harán factibles sobre la base del respeto a la diversidad infinita de la vida.

En consecuencia, una transformación revolucionaria de las prácticas sociales de producción y reproducción de los saberes científicos y técnicos, implica un cambio paradigmático en el que resultarán modificados radicalmente cuando menos tres órdenes: a) el de la epistemología que sirve de fundamento a las prácticas de producción de estos saberes, b) el de la axiología que orienta los fines de la ciencia y la técnica y permite evaluar la adecuación entre medios científico-técnicos y fines sociales y c) el de los actores sociales que detentan la hegemonía en el campo de las prácticas científico-técnicas.

De aquí se infiere que, después del siglo XX, las revoluciones no puedan seguir concibiéndose únicamente como cambios en las formas de propiedad de los medios de producción. Obviamente estos cambios son necesarios y urgentes para superar la desigualdad y la exclusión, pero el punto es que han dejado de ser suficientes si se aspira que las revoluciones signifiquen de veras una transformación profunda del orden capitalista. El fracaso del socialismo industrialista-burocrático del pasado siglo ha dejado una lección irrecusable a este respecto.

Asimismo, una política auténticamente revolucionaria en el campo de la ciencia y la tecnología (y por lo tanto no reproductora del viejo orden capitalista y colonialista), tendrá que redefinir su ámbito de competencia mucho más allá del protagonismo excluyente ejercido en la modernidad por el mercado (a la derecha) y el Estado (a la izquierda). Pues para sortear el riesgo de reincidir en un simple cambio de rostros en la nomenclatura de la burocracia estatal o de las corporaciones privadas que hasta el presente han hegemonizado la producción de los saberes científico-técnicos, habrá que comenzar por identificar a los auténticos sujetos de la Revolución en curso y sus arraigos culturales más allá de las fronteras de los marcos epistémicos e institucionales de la tecno-burocracia pública y privada articulada a los intereses del capital transnacional. En segundo lugar, una vez reconocidos los nuevos actores sociales y sus marcos epistémicos, éticos y socioculturales, será necesario iniciar la transferencia progresiva del control sobre los procesos de producción y reproducción de los saberes científico-técnicos, de las manos del Estado y las corporaciones a las manos de las comunidades y redes sociales protagonistas del nuevo orden civilizatorio emergente. Nótese que esta "transferencia" va mucho más allá del proyecto ilustrado de democratización de la ciencia y la técnica producidas por la modernidad. Implica además (y en esto se juega su carácter auténticamente revolucionario) la posibilidad de refundar los procesos sociales de producción y reproducción de la ciencia y la técnica sobre las nuevas bases epistemológicas y axiológicas aportadas por los sujetos populares del cambio.

De esta manera, veremos surgir una ciencia y una técnica iluminadas por valores ecológicos, no depredadora y no contaminante; una ciencia y una técnica emancipadas y emancipadoras, que no reproduzcan la dinámica de explotación y exclusión propia de las relaciones de dominación capitalistas; una ciencia y una técnica surgidas de la raíz de las culturas originarias, indígenas, campesinas y populares aún sobrevivientes; una ciencia y una tecnología creada y gestionada equitativamente por hombres, mujeres y niños; una ciencia y una técnica que sin negarse a dialogar con los saberes heredados de la modernidad, impida activamente a las burocracias y las corporaciones arrebatarle el protagonismo en la configuración de su destino a los poderes creadores del pueblo. En fin, se trata de la enorme tarea de sustituir una ciencia de las minorías concebida para el sostenimiento del poder y la universalización de la muerte, por una ciencia gestada por las mayorías para el florecimiento de la vida y la diversidad de las culturas sobre el suelo nutricio de la Madre Tierra.

EL FIN DEL PETRÓLEO

Examinemos ahora, con más detenimiento, algunas de las múltiples dimensiones de esta crisis civilizatoria. Comenzaremos por el problema del inminente agotamiento de los patrones de consumo energético en los que se apoyó hasta el presente la industrialización. Sobre este punto, algunos especialistas señalan que el planeta cuenta con reservas de petróleo suficientes para satisfacer la demanda mundial aprovechables con la tecnología actualmente disponible, apenas hasta el año 2030. Los más optimistas alargan el plazo hasta mediados de siglo. Lo cierto es que la gran mayoría de los expertos coincide en afirmar que los días del petróleo barato y, más aún, los días de la industria dependiente de la quema de este combustible están llegando a su fin (Sierra, 2005).

Por otra parte, las crecientes evidencias de que los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) son los responsables del calentamiento global y las cada vez más virulentas perturbaciones del clima, como las sufridas recientemente en el Caribe y el Golfo de México, han vuelto a colocar sobre el tapete el controversial tema de la energía nuclear. Así, tanto George Bush en los Estados Unidos como Tony Blair en el seno de la Unión Europea, han insistido recientemente en la necesidad de reactivar las inversiones en la industria de generación de electricidad a partir de la energía atómica, en respuesta al alza prolongada de los precios del crudo provocada, entre otros factores, por la sangrienta ocupación de Irak y el incremento de la demanda en India y China.

Al menos en el Viejo Continente, las reacciones contrarias no se han hecho esperar en la opinión pública de diversos países que decidieron hace algunos años, ante el impacto del desastre de Chernóbil, desactivar sus centrales nucleares y reconvertirlas a otras fuentes como el gas, la energía eólica y la energía solar. De hecho, es significativa la lista de las naciones que - como Alemania, Austria, Suecia, Bélgica, Suiza, Dinamarca, Italia y Holanda – decidieron, mediante la promulgación de leyes o la realización de referendos consultivos, abandonar progresivamente esta peligrosa fuente de energía. Aunque también es cierto, por desgracia, que varios de los gobiernos actualmente en el poder en Europa han comenzado a mostrarse interesados en retomarla.

En Asia, el gobierno chino anunció hace poco su decisión de implementar un ambicioso plan para la construcción de molinos de viento destinados a la producción de electricidad, con miras a convertir la energía eólica en la tercera fuente energética de la nación para el año 2010.
En América Latina, también la Argentina ha comenzado a desarrollar dos importantes proyectos para generar electricidad a partir de la fuerza del viento en la Patagonia. Y en Brasil, aparte de su conocida iniciativa de utilizar etanol (alcohol extraído de la caña de azúcar) como combustible para los automóviles, el crecimiento de la industria de la energía eólica ha sido significativo, sobre todo a raíz de las sequías que han afectado en los últimos años su capacidad hidroeléctrica.
Lamentablemente, también la energía atómica ha experimentado un considerable avance en ambos países de América del Sur. Argentina, por ejemplo, ha incursionado en la fabricación y exportación de reactores nucleares para la producción de electricidad, mediante estrategias de negociación que han suscitado serias controversias. Este fue el caso del convenio de venta de una planta argentina a Australia suscrito en el año 2000, que contemplaba entre sus cláusulas el retorno a la patria de San Martín de los desechos radioactivos generados por el reactor instalado en las afueras de Sydney.

Esta clase de acuerdos, muy en la tónica del “capitalismo salvaje” que causó estragos en el país sureño en la década de los noventa, refleja además la gravedad de los problemas que enfrentan las naciones comprometidas con la producción de energía atómica, tanto en el Norte como en el Sur. En Ucrania, Rusia y Bielorrusia, por ejemplo, según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, fallecieron al menos 50 personas y otras 4.000 padecerán de cáncer, leucemia y malformaciones congénitas a causa de la radiación liberada en Chernóbil (aunque, de acuerdo con las investigaciones de Greenpeace, las cifras oficiales ocultan la verdadera dimensión de esta tragedia cuyas víctimas pasarían de cien mil). En todo caso, el riesgo no se limita a eventuales accidentes en la operación de las centrales, sino al problema técnicamente no resuelto del manejo de los desechos radioactivos, cuyas emisiones letales perduran por miles de años. De ahí la apetitosa cotización en el mercado de los servicios de procesamiento de estos residuos ofrecidos por compañías públicas o privadas de países como Argentina, acusadas reiteradamente de convertir los territorios que las albergan en inhabitables basureros nucleares.

BRASIL: UN GIGANTE SEDIENTO

Pero no sólo las energías contaminantes como la nuclear o los combustibles fósiles están alcanzando sus límites ecológicos o económicos. Incluso otras fuentes energéticas limpias como la hidroelectricidad están sufriendo los embates de las perturbaciones del clima provocadas por el calentamiento global. La crisis desatada en los últimos años en Brasil a raíz del colapso de su sistema hidroeléctrico es un claro ejemplo de esta problemática y una campanada de alerta sobre todo para los países de la cuenca amazónica.

En efecto, en el año 2001, como resultado de la persistente sequía que azotó a este país, se redujo drásticamente la capacidad de generación de los embalses en los que se produce el 97% de la energía eléctrica consumida por la mayor economía de América del Sur. Para enfrentar el problema, el gobierno del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso se vio en la necesidad de designar un Comité de Administración de la Crisis Energética, que implantó un severo plan de recortes del consumo eléctrico, con medidas como la reducción de la semana laboral a cuatro días hábiles, el aumento general de las tarifas y la imposición de multas por consumo excesivo. Inmediatamente, el plan suscitó una oleada de protestas inútiles entre amplios sectores de la población y una lluvia intensa, pero de demandas, cayó sobre el gobierno, para intentar frenar los aumentos que oscilaron entre el 50 y el 200 por ciento y los cortes del servicio de 3 a 6 a días para los sancionados reincidentes. La oposición acusó a Cardoso de haber descuidado la adopción de estrategias preventivas, por concentrar su atención en la política monetaria del Estado y no buscar a tiempo soluciones para esta catástrofe anunciada. Entre los posibles efectos inmediatos del “apagón”, se habló de una considerable reducción del crecimiento económico, un aumento del desempleo que afectó a unas 850.000 personas en la industria y el comercio y la postergación de cuantiosas inversiones que estaban previstas por la industria. En el plano político, la popularidad del mandatario se vino a pique contribuyendo al triunfo del líder sindical Lula Da Silva en las elecciones del año 2002.

Pero más allá de las lagunas dentro del programa político y económico de Cardoso, las razones profundas de esta crisis hay que buscarlas en un modelo de desarrollo construido sobre la ignorancia y el irrespeto de la ecología amazónica; en un concepto erróneo del progreso que ha promovido la tala y la quema indiscriminada de los bosques para extender la explotación minera, el monocultivo y la cría de ganado en un ecosistema frágil, en el que nace el 20% de las aguas dulces que se vierten en los océanos de la Tierra. De hecho, el Ministerio del Medio Ambiente del Brasil informó que 19.831 kilómetros cuadrados de bosques amazónicos fueron destruidos entre agosto de 1999 y el mismo mes del año 2001; un 14,9 por ciento más que en el lapso anterior. La medición realizada por el Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE), con base en imágenes de satélite, indica que volvió a acelerarse el ritmo de tala y quema de vegetación, que se había reducido luego del período crítico sufrido entre 1994 y 1995, cuando alcanzó los 29.059 kilómetros cuadrados. En total, la Amazonia brasileña ya ha perdido el 14,3 por ciento de su antigua área boscosa, una superficie superior al territorio de Francia.

El biólogo Paulo Moutinho (Osava, 2001), del Instituto de Pesquisa Ambiental de Amazonia, ha señalado que los grandes hacendados (los mismos que asesinaron a Chico Mendes) siguen siendo los principales responsables de la quema de los bosques; aunque también es cierto que las imágenes satelitales apuntan a una creciente participación de los pequeños asentamientos promovidos por la Reforma Agraria, en esta práctica nefasta para los ciclos hidrológicos de la cuenca amazónica. En efecto, las quemas no sólo causan el 80 por ciento de las emisiones brasileñas de gases que recalientan la Tierra (responsables del llamado efecto invernadero), sino que además reducen las lluvias, puesto que los bosques constituyen la fuente de la mitad del índice pluviométrico de la Amazonia. De esta manera, el modelo de desarrollo basado en la destrucción del bosque tropical, termina por extinguir las fuentes de agua generadoras de la energía eléctrica necesaria para el sostenimiento de la minería, la industria, la agricultura y la cría asentadas en ese territorio. Todo un círculo vicioso que amenaza con el empobrecimiento y el caos al Brasil y al resto de las economías del área.

En Venezuela hubo quienes pretendieron interpretar la crisis energética del país vecino como la gran oportunidad de la industria hidroeléctrica nacional, justificando así la pronta culminación de un polémico tendido eléctrico entre ambas naciones, duramente cuestionado por los ambientalistas y por los pobladores originarios de la zona afectada, los indígenas de la etnia pemón. Semejante desatino puso en evidencia la razón profunda de esta cadena de desastres: la incapacidad de las élites políticas del continente para sacarse las vendas con las que el paradigma industrial-desarrollista les ha cubierto los ojos, tanto a la derecha neoliberal como a la izquierda nacionalista. Sobre todo si se tiene en cuenta que el colapso energético del Brasil es también el anuncio del próximo derrumbe de la industria hidroeléctrica venezolana, si la explotación minera y forestal continúa destruyendo, como ha venido haciéndolo desde hace décadas, los bosques de la cuenca del río Caroní donde se produce el 70% de la electricidad que se consume en Venezuela. Mientras que absurdamente, se han mantenido el olvido los resultados de décadas de investigación científica sobre alternativas productivas sustentables dentro de los ecosistemas amazónicos, así como los aportes legados por la sabiduría de las civilizaciones que durante milenios convivieron con la selva sin destruirla.

La crisis energética del gigante brasileño nos advierte que ha llegado el momento de revisar a fondo las premisas de lo que llamamos desarrollo y que ya es hora de asumir, de una vez por todas, que sin la ecología la economía no tiene futuro.

¿ALIMENTOS O VENENOS?

La agroindustria es otra de las áreas neurálgicas del modelo tecnoproductivo hegemónico, donde la reducción al absurdo de la lógica desarrollista se hace cada día más evidente. Algunas soluciones biotecnológicas implementadas recientemente para dar respuesta a los problemas generados por los métodos modernos de producción de cereales, constituyen ejemplos notables de los callejones sin salida a los que ha conducido el industrialismo.

Examinemos un caso ejemplar: la agroindustria del maíz. Hace tal vez milenios, los agricultores aprendieron que era necesario airear y secar los cereales con el propósito de prevenir la aparición de mohos. La agroindustria moderna mecanizó las antiguas técnicas y las reforzó con la aplicación de fungicidas químicos, para evitar su proliferación durante el almacenamiento y transporte de grandes volúmenes de granos. Pero no sólo agentes biológicos como hongos o insectos pueden afectar la calidad del maíz y en general de los cereales, sino que muchas veces los mismos pesticidas utilizados para combatirlos pueden provocar efectos nocivos sobre la salud humana y el ambiente. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los herbicidas a base de dioxinas desarrollados por las empresas agroquímicas a partir de la década de los cuarenta del pasado siglo. Las dioxinas han sido cuestionadas por ser causantes de cáncer y malformaciones genéticas. Fueron empleadas en grandes cantidades en la fabricación del Agente Naranja, el defoliante utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam para deforestar las selvas de este país asiático. En 1984, los soldados norteamericanos afectados de por vida por este producto ganaron una demanda contra los fabricantes, las compañías Monsanto y Dow Chemical, quienes se vieron obligadas a pagar una indemnización de 180 millones de dólares. Hace pocos meses, en enero de 2005, fue admitida en un tribunal de los Estados Unidos una demanda similar hecha por tres ciudadanos vietnamitas con altos niveles de dioxina en la sangre treinta años después de terminada la guerra, enfermos de cáncer y con hijos nacidos con deformaciones congénitas.

Los innumerables problemas provocados por el uso de herbicidas y plaguicidas químicos han llevado a las corporaciones del sector agrícola, sobre todo a partir de la década de los noventa, a tratar de sustituirlos con la ayuda de la biotecnología. Este viraje ha sido equiparado con el nacimiento de un nuevo paradigma tecnoproductivo, basado en la experimentación con especies genéticamente modificadas para hacerlas más resistentes a las plagas. Por lo general, lo que se persigue es que la planta genere internamente las sustancias tóxicas necesarias para liquidar a sus depredadores naturales (insectos, hongos, etc.). Sin embargo, estas tentativas han sido fuertemente criticadas por los presuntos efectos nocivos sobre la salud humana y los ecosistemas, de estas nuevas toxinas producidas por los vegetales transgénicos.

Un caso emblemático ha sido el del maíz Starlink, patentado por la firma franco-alemana Aventis. A finales de los noventa, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) autorizó su siembra exclusivamente para la alimentación animal, a raíz de los indicios de que la toxina Cry9C, generada por este grano transgénico, era causante de alergias en los seres humanos (Ita, 2001). Sin embargo, en el año 2000 se comprobó que el maíz Starlink había ido a parar a las tortillas para tacos de la marca Taco Bell de Kraft y había provocado más de treinta casos de alergia entre los consumidores. Esta situación generó una enorme reacción pública que llevó a que se retiraran 2,5 millones de paquetes de tortillas de los supermercados de Estados Unidos y se eliminaran 350.000 acres de plantaciones del grano. Las pérdidas provocadas por este incidente ascendieron a cerca de un billón de dólares, que tuvieron que ser asumidos por los agricultores, almacenadores y procesadores de alimentos. Y en la primavera de 2001 fueron despedidos el presidente, el asesor jurídico y el vicepresidente de mercadeo de la División Estadounidense de Ciencias de los Cultivos de Aventis.

Otro ejemplo polémico de los fines estrictamente economicistas de ciertas aplicaciones de la ingeniería genética ha sido el de la llamada tecnología Terminator. Ésta consiste en la incorporación de un rasgo genético en el maíz que lo hace estéril una vez que se desarrolla en la mazorca, de tal manera que el agricultor se ve forzado a comprar nueva semilla al proveedor para la próxima siembra o a adquirir un producto químico que desactiva la función esterilizante. Con técnicas como éstas y el sistema de patentes de comercialización de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), las compañías han conseguido asegurarse, en buena medida, el control del mercado mundial de alimentos.

Lamentablemente para los consumidores, las cinco mayores corporaciones del mercado mundial de las semillas (Cargill-Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont-Pioneer y Dow AgroSciences) cuentan con un ejército bien pagado de científicos y abogados encargados de neutralizar cualquier investigación o señalamiento acerca de los perjuicios provocados por sus productos. Y la gran mayoría de los gobiernos ha terminado cediendo a sus presiones, como acaba de suceder en México y Brasil con la reciente aprobación de las nuevas leyes de “bioseguridad” que dan entrada libre a las semillas y productos transgénicos, y en Venezuela con la Ley de Semillas promulgada por la Asamblea Nacional en 2002.

Este escenario evidencia que hoy asistimos al despliegue de una gran embestida por el control de los mercados y la aniquilación de cualquier otro modelo productivo y de relación con la naturaleza distinto al auspiciado por las corporaciones transnacionales. Las agresivas campañas para la promoción de los cultivos transgénicos y la descalificación de alternativas ecológicas como la agricultura orgánica y los métodos tradicionales de producción de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas, son apenas una muestra de la magnitud de los intereses en juego.
Por eso no debe extrañarnos que precisamente en junio de 2004, a la par con la noticia de la muerte de ciento dos ciudadanos kenianos aparentemente provocada por el consumo de maíz contaminado con el hongo tóxico Aspergillus flavus, la prensa internacional anunciara el lanzamiento en los mercados africanos de la nueva variedad de maíz Bt, resistente a estos hongos, promovida por Syngenta.

En definitiva, toda una red de mecanismos de coacción económica, política y publicitaria se ha venido tejiendo para imponer un único modelo agroalimentario a escala planetaria, que no sólo está poniendo en riesgo la salud humana sino que, con cada nueva “solución” avanza un paso más en su escalada destructiva de la diversidad biológica y cultural que ha hecho posible la continuidad de la vida sobre la Tierra.

LAS CRISIS CÍCLICAS DEL CAPITALISMO

Examinemos ahora el problema de las depresiones cíclicas por las que atraviesa la economía capitalista en virtud de sus leyes intrínsecas de funcionamiento y el carácter inédito de la presente crisis, en la que concurren otras ondas de inestabilidad sistémica ligadas a procesos de orden energético, tecnológico y ecológico, como los ya comentados, y otros de orden político y cultural que revisaremos posteriormente.

Son numerosos los indicios que nos permiten afirmar que el sistema capitalista mundial atraviesa, en los albores del tercer milenio, por la crisis económica más profunda que haya tenido lugar desde la gran depresión de los años 30’. En aquella oportunidad, la Segunda Guerra Mundial fue el desenlace sangriento de la confrontación entre las grandes potencias imperialistas, exacerbada por una recesión cíclica de alcance planetario que, medio siglo después, vuelve a repetirse. Hoy nadie discute que los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono del pasado 11 de septiembre aceleraron pero no fueron la causa del derrumbe sincronizado del capitalismo global; y que las políticas tanto neoliberales como neokeynesianas aplicadas por el FMI, el BM, el Departamento del Tesoro Norteamericano, el Banco Central de Japón y el Europeo, han resultado inútiles para paliar o detener la crisis. Ha quedado demostrado que ni los recortes de impuestos, ni la disminución de las tasas de interés por parte de los Bancos Centrales, ni los miles de millones de dólares que los gobiernos de las naciones industrializadas han inyectado a sus economías para reanimarlas, han surtido efecto para frenar el derrumbe de los valores bursátiles y la desaceleración de la producción y el comercio internacionales. La caída en los índices de crecimiento económico, la deflación, el desempleo galopante a escala mundial y en particular en los países pobres, son sólo algunos de los síntomas de la agonía recurrente de un sistema que se hace cada vez más insostenible, poniendo al descubierto el alto precio que la inmensa mayoría de la humanidad debe pagar, en términos de hambre, exclusión social, degradación ecológica, violencia y muerte, para que continúen disfrutando de sus obscenos privilegios las minorías opulentas que controlan el capital transnacional y que están conduciendo a la especie humana al borde de su destrucción.

Sin embargo, en las actuales circunstancias, la depresión económica que cada cinco o seis décadas desestabiliza al sistema capitalista, como lo demostró con su tesis de las ondas largas Nikolai Kondratieff (1892-1938), se agrava al coincidir con otras crisis de índole no económica que amenazan con hacer mucho más nefastos los efectos sociales, políticos, ecológicos y militares de esta etapa de recesión globalizada que aún no toca fondo. De ahí la relevancia de un análisis multidimensional de la onda recesiva por la que atraviesa el mercado global desde hace varios años, habida cuenta de que su duración y profundidad parece desafiar todas las previsiones teóricas basadas en las teorías clásicas sobre los ciclos económicos.

En un artículo dedicado especialmente a este tema, el economista brasileño Theotonio Dos Santos (2002) corrigió el pronóstico acerca del fin de la recesión mundial que él mismo formulara a principios de los 90, cuando el repunte en el crecimiento norteamericano, reflejado sobretodo en la espectacular escalada de las acciones tecnológicas en Wall Street, hizo pensar tanto a los defensores del libre mercado como a sus críticos marxistas que una nueva era de crecimiento económico generalizado había comenzado, sin sospechar siquiera que una gigantesca estafa contable se ocultaba detrás de esta burbuja bursátil, como se descubriría posteriormente a raíz de la quiebra de Enron y otras corporaciones. En consecuencia, el analista brasileño se vio obligado a corregir las predicciones formuladas una década antes, aduciendo que la recuperación que debió despegar definitivamente en los noventa, se malogró por el retraso de la Reserva Federal estadounidense en disminuir las tasas de interés que, como es sabido, fueron reducidas, en el plazo de un año, del 6,5% al 1,75%. Con este razonamiento, de inesperado talante monetarista, Dos Santos justificaba el desacierto de sus previsiones, fundamentadas precisamente en la teoría de los ciclos largos de Kondratieff.

En efecto, Kondratieff refutó hacia 1920 el dogma de la decadencia inevitable del capitalismo defendido por los partidarios de la III Internacional, argumentando, con base en sus estudios sobre el comportamiento de los precios durante el siglo XIX, que el sistema capitalista mundial fluctuaba de acuerdo con ciclos largos de expansión y contracción con una duración aproximada de 55 años. La investigadora venezolana Edna Esteves (1998) sostiene que los tres últimos ciclos de este tipo (cada uno con sus cuatro fases de auge-crisis-depresión-recuperación) han tenido lugar entre 1848 y 1896, el primero; entre 1896 y 1944, el segundo; y entre 1944 y 2002, el último. De manera que, según este esquema, la fase de recuperación con la que llegaría a su fin la última de estas ondas ya debiera estar en marcha. Sin embargo, la recesión sincronizada en la que aún están inmersos los diferentes bloques geoeconómicos del sistema capitalista mundial parece contradecir las tesis de estos autores, quienes además discrepan entre sí en la periodización de la actual fase depresiva, pues para Theotonio Dos Santos la economía debió "despegar a partir del 94, de acuerdo con los ciclos largos de Kondratieff" (2002).

Lo más llamativo de la argumentación de Dos Santos es su imbatible optimismo, pues a pesar de este retraso de una década en el despegue del mercado mundial, todavía asegura que "una de las ventajas del período de reinicio del crecimiento ha sido el redespertar de las organizaciones sociales y partidos de los trabajadores, estimulados por la perspectiva de baja del desempleo y de aproximación de una situación de pleno empleo". Lamentablemente, las noticias según las cuales el "paro" ha alcanzado su nivel más alto en veinte años en los Estados Unidos (Wall Street Journal, 17 de mayo de 2002) y el más alto en Japón en medio siglo (BBCmundo.com, 29 de enero de 2002), parecen echar por tierra su pronóstico. Con todo, resulta interesante constatar que, por una de esas paradojas del pensamiento postmoderno, el optimismo marxista de Theotonio Dos Santos coincide con las predicciones que otrora formulara el más reputado de los neoliberales latinoamericanos, según lo recogió en su edición del 13 de marzo de 1997 el mismo diario WSJ, en un artículo titulado: "El mundo entra en una nueva era de crecimiento" (¡publicado justo tres meses antes del estallido de la crisis asiática!). En efecto, en este extraordinario testimonio periodístico de la capacidad ficcional de los managers de la economía globalizada se lee: "Domingo Cavallo, el arquitecto de la recuperación económica de Argentina, hace eco de esta noción. 'Hemos entrado a una edad de oro que durará décadas', dice. Pronostica que 'los historiadores van a considerar los años 90 como el momento en que se inició esa era'."

Visto el desacierto de estas predicciones, sólo cabe pensar que el teórico brasileño debió de basar sus expectativas en torno a la recuperación del ritmo de crecimiento y la inminencia del pleno empleo, en la subestimación del carácter multidimensional de la presente crisis, carácter que nos ha llevado a calificarla como una crisis civilizatoria. Probablemente ésta sea la razón de la inusitada extensión de la fase recesiva del último ciclo Kondratieff, sobre cuyo final no se ponen de acuerdo los autores[2]. Al contrario, pareciera que la vieja tesis de la III Internacional intentara renacer de sus cenizas en las observaciones de algunos estudiosos del capitalismo globalizado, para los cuales: "El peligro no es que el capitalismo implosione como lo hizo el comunismo. Sin un competidor viable hacia el cual la gente se pueda volcar si no está satisfecha con el trato que recibe del capitalismo, este último no se puede autodestruir. Las economías faraónica, romana, medieval y de los mandarines tampoco tenían competidores y se estancaron durante siglos hasta que finalmente desaparecieron. El estancamiento y no la implosión es el peligro". Así lo afirma el decano de la Sloan Business School del MIT y miembro del Consejo Editorial de The New York Times, Lester Thurow (1996: 340), una autoridad en temas económicos nada sospechoso de ser un nostálgico de aquel optimismo revolucionario de la III Internacional.

NEOLIBERALISMO E INGOBERNABILIDAD

Paralelamente con esta debacle económica generalizada, se ha venido extendiendo una onda de perturbación sociopolítica que ha sido interpretada, por el discurso de las instituciones dominantes, como un asunto de gobernabilidad. Se trata de un concepto que comienza a utilizarse y a hacerse operativo, en el seno de los organismos financieros internacionales, a partir de la década de los noventa, en respuesta a la inestabilidad creciente de las democracias del tercer mundo amenazadas, presumiblemente, por la corrupción administrativa, las tensiones sociales y la violencia política. El Grupo de Gobernabilidad del Instituto del Banco Mundial (fundado, por cierto, hacia 1994), la define como el conjunto de "instituciones y tradiciones por las cuales el poder de gobernar es ejecutado para el bien común de un pueblo. Esto incluye (i) el proceso por el cual aquellos que ejercen el poder de gobernar son elegidos, monitoreados y reemplazados, (ii) la capacidad de un gobierno de manejar efectivamente sus recursos y la implementación de políticas estables, y (iii) el respeto de los ciudadanos y el estado hacia las instituciones que gobiernan las transacciones económicas y sociales para ellos" (Instituto del Banco Mundial, 2002).

Se trata, en el terreno de la semántica política, de un término cuyo significado se capta mejor al contrastarlo con el de su antónimo, es decir, la ingobernabilidad; la cual podemos perfectamente caracterizar colocando el signo negativo a las tres proposiciones anteriores. De esta manera, se dirá que una nación padece el indeseable atributo de la ingobernabilidad cuando: (i) se violenten los mecanismos democráticos de elección, control y reemplazo de los gobernantes, (ii) el gobierno sea incapaz de implementar políticas estables, y (iii) los ciudadanos y/o el estado no respeten a las instituciones reguladoras del orden económico y social vigente. En pocas palabras, ingobernabilidad sería sinónimo de autoritarismo, inestabilidad y anomia.

En el caso específico de América Latina, pocas naciones escapan a este calificativo. Sin embargo, habría que preguntarse también por qué es precisamente en la década de los noventa cuando se activan los mecanismos de apuntalamiento de la gobernabilidad, por parte de organismos multilaterales como el BM, el FMI, el BID y la OEA. Nosotros nos atrevemos a sostener la siguiente hipótesis: la preocupación mundial por la gobernabilidad constituye una respuesta institucional o ajuste homeostático del capitalismo globalizado para hacer frente a la inestabilidad económica, política y social agudizada en el mundo en desarrollo a partir de la década de los noventa, como resultado de las políticas neoliberales promovidas a escala planetaria por los organismos financieros internacionales. Tres factores concurren para provocar esta respuesta: en primer lugar, el fin del ciclo de crecimiento económico ininterrumpido que se inició después de la Segunda Guerra Mundial y se revirtió a partir de la subida de los precios petroleros de principios de los setenta, dando paso a una onda larga recesiva que aún no toca fondo; en segundo término, el derrumbe de la Unión Soviética y el consiguiente ablandamiento de los mecanismos internos del capitalismo occidental para contrarrestar las desigualdades sociales provocadas por su dinámica económica (el fin del Estado de bienestar); y, por último, la aparición de movimientos postsoviéticos de izquierda, que comienzan a ser percibidos como alternativas políticas legítimas por los pobres y excluidos de la era neoliberal (por ejemplo el EZLN en México, la CONAIE en Ecuador, la Revolución Bolivariana en Venezuela, los piqueteros argentinos, el activismo de los cocaleros y mineros bolivianos liderados por el ahora presidente Evo Morales y el movimiento de los Sin Tierra en el Brasil, entre otros).

Otro indicio interesante de que el déficit de gobernabilidad no es más que un eufemismo para designar la última crisis sistémica del capitalismo globalizado, es el resurgimiento, en este mismo período, de la extrema derecha europea, como se ha podido constatar en Austria, Alemania, Holanda, Bélgica y en Francia, con el controvertido liderazgo de Le Pen. Evidencia que también comienza a manifestarse en América Latina (donde se pensó que con el fin de las dictaduras del Cono Sur la extrema derecha había quedado invalidada políticamente), como lo expresan los inquietantes signos presentes en el fugaz golpe de estado del 11 de abril de 2002 en Venezuela, y la orientación ideológica de los planes implementados por los gobiernos de Uribe Vélez en Colombia y el depuesto presidente Sánchez de Lozada en Bolivia. No se olvide que los grandes adversarios históricos del llamado capitalismo democrático de Occidente, como lo fueron el comunismo y el fascismo, cobraron auge precisamente durante otro de los grandes períodos críticos en la evolución del liberalismo económico. Nos referimos a la Gran Depresión o el ciclo recesivo por el que atravesó el sistema capitalista mundial entre las dos grandes guerras de principios del siglo XX (Gombeaud y Décaillot, 2000; Krugman, 2000).

EL VIRAJE POLÍTICO DEL CONTINENTE

El ciclo recesivo por el que atraviesa el conjunto de la economía mundial ha venido intensificando las señales de descontrol de los sistemas formalmente democráticos, instalados en la región en sustitución de los regímenes dictatoriales prevalecientes durante el pasado siglo. Después de la llamada “crisis de la deuda” de la década de los ochenta, se han agravado sensiblemente las desigualdades en la distribución de la riqueza y emergen tendencias antagónicas, tanto progresivas como regresivas, en medio de una fase de inestabilidad institucional (Vargas, 2003) cuyo síntoma más visible ha sido la ola de destituciones o renuncias forzadas de los presidentes de varias naciones: Collor de Melo en Brasil en 1992; Carlos Andrés Pérez en Venezuela en 1993; Abdalá Bucarán en 1997, Jamil Mahuad en 2000 Y Lucio Gutiérrez en 2005 en Ecuador; Alberto Fujimori en Perú en 2000; Fernando De la Rúa en Argentina en 2001 y Sánchez de Lozada en Bolivia en 2003.

En el plano de los discursos definitorios de las políticas económicas, básicamente dos tendencias, aparentemente enfrentadas, compiten por orientar el rumbo de nuestros países. Por una parte, a la derecha del espectro, los defensores del libre mercado intensifican todos sus esfuerzos para concretar un área de libre comercio continental, que extendería a la totalidad de las naciones latinoamericanas los presuntos beneficios que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte presuntamente le ha brindado a México, desde su entrada en vigencia el 1 de enero de 1994. Liberalización del comercio, privatización de empresas estatales, dolarización y flexibilización laboral son los puntales del programa económico de este proyecto político-económico, impulsado desde Washington para hacerle contrapeso a la presencia de la Unión Europea y Asia como bloques competidores en la escena internacional. En la práctica, estos lineamientos se han venido concretando a través de los planes económicos adelantados en los últimos años por los gobiernos de Chile, El Salvador, Ecuador, Argentina y Colombia, entre otros, y están a la espera de su consolidación continental por medio de la instauración del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en un principio prevista para enero de 2005 pero pospuesta indefinidamente a raíz de la resistencia ejercida por el MERCOSUR y Venezuela, como quedó evidenciado en la Cumbre de Mar del Plata celebrada en noviembre de ese mismo año.

Por otro lado, los representantes de la izquierda ven con preocupación las amenazas a la soberanía económica, política, militar y cultural de nuestros países contenidas en el programa neoliberal. En efecto, las políticas orientadas al libre mercado que, bajo la tutela del FMI, se pusieron en práctica durante las dos últimas décadas en casi todo el continente, dejaron graves secuelas constatables en la caída del crecimiento, la venta en baratillo de las industrias nacionales al capital multinacional, el aumento del desempleo, el endeudamiento crónico y el agravamiento de las desigualdades sociales. Todo lo cual ha traído como consecuencia la creciente inestabilidad política ya mencionada y el surgimiento de liderazgos alternativos, en un contexto donde el escepticismo y la violencia comienzan a convertirse, para muchos, en la única carta disponible sobre la mesa de juego. Para dar respuesta a esta situación, la izquierda emergente retoma las banderas del fortalecimiento de la acción del Estado, con el fin de atender las urgentes necesidades sociales que el mercado por sí solo ha sido incapaz de satisfacer; y busca fortalecer los pactos económicos regionales como el Mercosur, para contrarrestar la embestida del capital estadounidense implícita en la propuesta del ALCA (si bien, conceptualmente, tanto el Mercosur como el ALCA son proyectos orientados a la apertura de los mercados nacionales, es decir, globalizadores). En las filas de esta izquierda hay que colocar a la Revolución Bolivariana del presidente Chávez; las posiciones iniciales, ahora más moderadas, de Lula Da Silva en el Brasil; los movimientos insurgentes de Colombia y México; las organizaciones indígenas y campesinas de Ecuador y el nuevo gobierno de Evo Morales en Bolivia; la resistencia popular contra la privatización de los servicios públicos en Arequipa (Perú) y Cochabamba (Bolivia) y las protestas masivas de la población argentina contra las políticas económicas del depuesto De la Rúa y de Francisco Duhalde, que forzaron el posterior viraje hacia el centro del peronista Néstor Kirchner.

De cara a esta compleja situación en la que emergen por todo el continente movimientos tan heterogéneos como el zapatismo, la revolución pacífica venezolana, la organización de los cocaleros bolivianos, los piqueteros argentinos o las FARC, unificados fundamentalmente por su oposición visceral a las políticas neoliberales; cabe preguntarse si la demarcación clásica entre derecha e izquierda es suficiente para caracterizar la naturaleza y los fines de estos nuevos protagonistas de la escena política latinoamericana. Pues es obvio que el énfasis en el estado o el mercado como factor privilegiado para la motorización del desarrollo, ya no es una categoría suficiente para precisar conceptualmente afiliaciones y oposiciones. Hoy habría que preguntarse más bien si los programas tradicionales de la derecha y la izquierda pueden ofrecer soluciones de fondo a las severas tensiones que amenazan con el estancamiento crónico al sistema capitalista a escala planetaria. Lo único claro es que la debacle del paradigma industrial-desarrollista de la modernidad, constituye una circunstancia inédita que ha dejado al desnudo la impotencia teórica y la ineficacia práctica tanto de la gerencia neoliberal como de la burocracia estatista, a la hora de dar respuesta a las demandas de las grandes mayorías empobrecidas del continente.

LOS NUEVOS SUJETOS

En su libro Terre-Patrie (1993) Morin reconoció la existencia de dos grandes vertientes dentro de la mundialización. Por un lado, hay una globalización de las comunicaciones y los intercambios que está haciendo posible el surgimiento de un civismo planetario y de una nueva conciencia de la unidad de la especie, basada en el respeto a la diversidad cultural. Por otra parte, hay una globalización homogeneizadora de las culturas, surgida de la mecanización de la producción y el consumo y de la búsqueda ciega del beneficio económico. Esta perspectiva permite comprender mejor la nueva configuración de los antagonismos generados en esta fase globalista del capitalismo, en la que formas inéditas de organización de la acción colectiva denotan la aparición de actores y necesidades distintos, ante los cuales las viejas categorías descriptivas de los fenómenos sociopolíticos se han tornado obsoletas. Se trata de comprender que, en los albores del tercer milenio, nos hallamos en medio de unas crisis civilizatoria de la cual está emergiendo una constelación de valores y una estructura de las relaciones sociales cualitativamente distintas a todas las conocidas hasta el presente. Y nada expresa mejor, en el terreno de los hechos, la naturaleza de las contradicciones dinamizadoras de esta transición, que la reiterada oposición a los acuerdos establecidos a puerta cerrada por el Grupo de los Siete, por parte de la inmensa variedad de agrupaciones civiles congregadas bajo el rótulo del movimiento altermundialización. De modo que hoy resulta inevitable reconocer la irrupción de nuevas configuraciones del poder político, distintas a los tradicionales partidos, que oponen a la acción de las instituciones defensoras de los intereses del capital globalizado como la OMC, el BM o el FMI; la protesta masiva de una amplia gama de sectores afectados por los mecanismos de concentración de la riqueza, exclusión social, homogeneización cultural y destrucción ecológica, propios de la lógica unidimensional del mercado.

Paralelamente, al interior de cada país, comienzan a cobrar cuerpo nuevas estrategias de participación colectiva, caracterizadas, como lo ha señalado James Petras (1999, 2002), por la movilización más bien espontánea de grandes multitudes carentes de organización jerárquica o partidista y escépticas frente al discurso político institucionalizado. Son fenómenos efervescentes impulsados por demandas de contenido social, económico, étnico, político o cultural, que están desplazando a los viejos esquemas de participación intermitente típicos de las rutinas electorales, por una dinámica de participación continua que está modificando la esencia misma de la gestión política contemporánea (Rodotà, 2000). Los casos recientes de movilizaciones masivas acontecidos en Argentina, Brasil, Venezuela, México, Ecuador, Perú y Bolivia, corroboran estas apreciaciones. En consecuencia, el pensamiento contestatario emergente, percibido como desviación amenazante por las élites tradicionales, deberá rastrearse no tanto en los manuales clásicos de los viejos partidos de izquierda, sino en las declaraciones emitidas por una gran variedad de organizaciones civiles, sindicales, ecológicas, indígenas y campesinas articuladas en redes al estilo del Foro Social Mundial, que han alcanzado cierta resonancia internacional a través de su oposición activa y multitudinaria a las políticas impuestas a los gobiernos de la región por las agencias multilaterales del capitalismo globalizado, como quedó evidenciado recientemente en las acciones de protesta desarrolladas en Cancún, Porto Alegre y Buenos Aires. También es necesario, para profundizar en los planteamientos de esta nueva izquierda, analizar las formulaciones de aquellos de sus representantes que, desde el gobierno o la oposición, han asumido roles protagónicos en el debate político interno de cada nación.

Una revisión crítica de estos contenidos permite señalar que más allá de las demandas tradicionales de empleo, vivienda, educación y salud, expresadas sobre todo por los representantes de las clases medias empobrecidas por la crisis; sobresale la búsqueda de un modelo de desarrollo equitativo, respetuoso de los equilibrios ecológicos y las raíces culturales de cada pueblo, que posibilite la construcción de alternativas viables frente al callejón sin salida de la mundialización capitalista. En consonancia con este planteamiento, surge también la aspiración de democratizar la producción y el uso de las tecnologías a través de su apropiación activa por parte de las comunidades organizadas y no mediante su consumo pasivo en el seno de un mercado inaccesible para las mayorías. Adicionalmente, se asume la defensa de la soberanía política, territorial, económica, lingüística y cultural de los pueblos indígenas; así como la concreción de la vieja promesa de una reforma agraria sustentable, que garantice la prosperidad para los pobres del campo; como objetivos fundamentales de las luchas sociales del continente. Pero tal vez el rasgo más característico y abarcante, sea el avance de inéditas manifestaciones de la democracia directa que, progresivamente, han venido deslegitimando a las instituciones tradicionales de la democracia representativa (Dieterich et al., 2000).

En todo caso, se trata de tendencias en gestación que se perfilan en su conjunto como elementos esenciales de un paradigma sociopolítico alternativo, que no sería exagerado calificar como un nuevo proyecto civilizatorio, por la profundidad de las transformaciones que está provocando en la lógica social, económica, tecnológica, política, militar, espiritual y cultural del capitalismo tardío; incluso más allá de las limitaciones teóricas para la interpretación de estos procesos de cambio, que puedan hacerse patentes en el discurso explícito de sus actores protagónicos.

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NOTAS:

[1] La posición de Marcuse en torno a la necesidad de crear una ciencia y una técnica cualitativamente distintas a las producidas por la sociedad industrial de modo que resulten cónsonas con un “mundo pacificado”, ha sido frontalmente cuestionada por Habermas. En su polémica con Marcuse, el teórico de la “acción comunicativa” asume la defensa de la “ciencia moderna” valiéndose de una argumentación en la cual el “progreso científico-técnico” aparece naturalizado e investido de una funcionalidad necesaria e independiente de las relaciones de poder y las ideologías “de una determinada época, de una determinada clase o de una situación superable”.
En el fragmento siguiente, Habermas formula (mediante una parodia del lenguaje marcusiano) lo esencial de un pensamiento que bien pudiera servir de justificación al proyecto tecno-fascista del complejo industrial-militar que pretende regir los destinos del planeta en la era del capitalismo globalizado:
“En lo que Marcuse está pensando es en una actitud alternativa frente a la naturaleza, pero de ahí no cabe deducir la idea de una nueva técnica. En lugar de tratar a la naturaleza como objeto de una disposición posible, se la podría considerar como el interlocutor de una posible interacción. En vez de a la naturaleza explotada cabe buscar a la naturaleza fraternal. A nivel de una intersubjetividad todavía imperfecta podemos suponer subjetividad a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, y comunicar con la naturaleza, en lugar de limitarnos a trabajarla cortando la comunicación. Y un particular atractivo, para decir lo menos que puede decirse, es el que conserva la idea de que la subjetividad de la naturaleza, todavía encadenada, no podrá ser liberada hasta que la comunicación de los hombres entre sí no se vea libre de dominio. Sólo cuando los hombres comunicaran sin coacciones y cada uno pudiera reconocerse en el otro, podría la especie humana reconocer a la naturaleza como un sujeto y no sólo, como quería el idealismo alemán, reconocerla como lo otro de sí, sino reconocerse en ella como en otro sujeto.
Sea como fuere, las realizaciones de la técnica, que como tales son irrenunciables, no podrían ser sustituidas por una naturaleza que despertara como sujeto. La alternativa a la técnica existente, el proyecto de una naturaleza como interlocutor en lugar de como objeto, hace referencia a una estructura alternativa de la acción: a la estructura de la interacción simbólicamente mediada, que es muy distinta de la de la acción racional con respecto a fines. Pero esto quiere decir que esos dos proyectos son proyecciones del trabajo y del lenguaje y por tanto proyectos de la especie humana en su totalidad y no de una determinada época, de una determinada clase o de una situación superable. Pero si no es admisible la idea de una nueva técnica, tampoco puede pensarse consecuentemente la idea de una nueva ciencia, ya que en nuestro contexto, a la ciencia, la ciencia moderna, se la ha de considerar como una ciencia obligada a mantener la actitud de una posible disposición técnica: lo mismo que en el caso del progreso científico-técnico, tampoco para la función de la ciencia es posible encontrar un sustituto que fuera más humano.” (Habermas, 1989:62-63).

[2] Para muchos analistas la fase expansiva del próximo ciclo largo de la economía mundial ya ha comenzado y está teniendo como epicentro de su despegue a sociedades distintas a las que han detentado la hegemonía del sistema capitalista hasta el presente. Naciones como China y la India, por ejemplo, dada su condición de mercados de inversión atractivos para el capital transnacional en razón de la ventaja competitiva de su abundante mano de obra barata y “desregulada”, se han convertido en las candidatas más apetecibles para desempeñar este rol. Sin embargo, cabe señalar que las altas tasas de crecimiento del PIB de China, cercanas al 9 ó 10% anual, resultan una macabra ficción numérica si se toma en cuenta que su cálculo no contempla los gravísimos pasivos ambientales y sociales generados por el modelo “capitalista salvaje” adoptado por la populosa nación asiática desde 1979, a raíz de la implementación por Den Xiao Ping de la política de “enriquecimiento prioritario de los que puedan”. En efecto, de acuerdo con Ian Johnson, ya desde finales de los noventa “el Banco Mundial calculó que la contaminación le cuesta al país el equivalente al 8% de la producción anual. Es decir, que el envidiable crecimiento de China… se ve prácticamente neutralizado por costos ambientales ocultos, como la reducción de la esperanza de vida y la disminución de la tierra cultivable.” (1998).

LA PATRIA IMAGINARIA: BASES PARA UNA ETNOCRÍTICA DE LA CULTURA LATINOAMERICANA

Gustavo Fernández Colón

RESUMEN

En el presente trabajo se pasa revista a un conjunto de aportes provenientes de la antropología, la sociología, la semiótica, la sociolingüística, la historia de la cultura y la crítica literaria, con el propósito de sentar las bases de una teoría de la cultura latinoamericana para la que se propone el nombre de etnocrítica. A partir de la noción de diasistema cultural se integran las investigaciones sobre los procesos de transformación sociocultural desarrolladas por Gregory Bateson, Edgar Morin y Raymond Williams, con los estudios específicos acerca de las matrices simbólicas constitutivas de la identidad latinoamericana llevados a cabo, entre otros, por José Manuel Briceño Guerrero y Alejandro Moreno. Sobre estas bases, el autor construye un modelo descriptivo-interpretativo de la cultura en el que se distinguen cuatro ethos: posmoderno, moderno, mantuano y popular. Asimismo, para la comprensión de las articulaciones y transformaciones de estas matrices semiológicas y sus productos culturales, se plantea una metodología tridimensional que permite abordarlos en la diversidad de sus manifestaciones geográficas, históricas y socialmente estratificadas.

Palabras clave: Cultura, Diasistema Cultural, Ethos, Latinoamérica.

ACERCAMIENTO A LA NOCIÓN DE CULTURA

Con las siguientes reflexiones aspiramos esbozar una conceptualización de la cultura que nos permita comprenderla en su condición de conjunto de prácticas simbólicas de representación y valoración del mundo, compartidas por los integrantes de un grupo humano. Se trata de una perspectiva desde la cual la cultura no es percibida como una esencia inmutable, sino más bien como una estrategia de interacción del grupo con su entorno. Igualmente, preferimos considerarla a la manera de una totalidad compleja y heterogénea, conformada por diversos ethos o perfiles culturales, simultáneamente complementarios y antagónicos, que operan tanto al interior del grupo como en el contexto de sus relaciones con otras formaciones sociales.

Cada uno de estos ethos puede llegar a describirse como un sistema lingüístico (Lotman, 1999) que sirve de código para el autoconocimiento y el autodesciframiento de los significados producidos colectivamente. En otras palabras, los códigos culturales actúan como sistemas semiológicos en el interior de los cuales se desarrollan los procesos comunicacionales, cognitivos, axiológicos y normativos de la vida social.

La teoría sociolingüística, en particular, se ha aproximado a la composición múltiple y contradictoria de la cultura al intentar explicar la coexistencia de diversos dialectos dentro de una misma lengua, sin que la unidad idiomática desaparezca. Es así como, para describir este fenómeno, Coseriu ha propuesto la noción de archisistema, Pitkin la de system of systems y Weinreich la de diasystem. Sin embargo, ha sido José Pedro Rona (López Morales, 1989) quien, en nuestra opinión, ha formulado la propuesta más interesante con su triple definición de la lengua: L1 o la lengua opuesta al habla; L2 o la lengua opuesta a sus dialectos y patois; y L3 o la lengua con sus dialectos y patois. Sólo este último concepto correspondería propiamente al diasistema, el cual es representado por Rona mediante un cubo delimitado por tres ejes: el eje diatópico correspondiente a las variedades de un mismo idioma dependientes de la geografía; el eje diastrático referente a las variaciones relacionadas con la estratificación social; y el eje diacrónico en el que se registran sus cambios a través de la historia.

Este modelo bien puede utilizarse, mutatis mutandi, para intentar una descripción de la configuración heterogénea de la cultura latinoamericana o de las culturas nacionales del continente. Su utilidad radicaría en que nos permitiría abordarla en su condición de diasistema cultural constituido por la articulación de diversos sistemas semiológicos o ethos, variables en función de la geografía, la estratificación y la historia de cada una de nuestras sociedades. La caracterización detallada de estas matrices simbólicas, su origen y transformaciones históricas, sus relaciones mutuas de antagonismo, subordinación o complementariedad, así como su articulación dialéctica con las instituciones y los procesos de creación cultural, conformarían el objeto de estudio de un campo disciplinario que hemos definido ya, en un trabajo anterior, como etnocrítica (Fernández Colón, 1998).

De hecho, diversos autores han venido hablando, desde hace algún tiempo, acerca de la copresencia de al menos tres ethos o matrices simbólicas básicas dentro de las sociedades modernas: la cultura de élites, la cultura de masas y la cultura popular (Martín-Barbero, 1987). La primera de ellas estaría conformada principalmente por las creaciones artísticas prestigiosas producidas y consumidas dentro del marco institucional controlado por los grupos hegemónicos. La segunda, por el conjunto de códigos y valores que circulan a través de los grandes medios de comunicación social como la radio, el cine y la televisión. Y la tercera, por el patrimonio acumulado históricamente por los sectores populares, al margen de los dos circuitos mencionados anteriormente.
Durante el siglo XX, con el desarrollo tecnológico de las comunicaciones, se ha incrementado aceleradamente el predominio de la cultura de masas, a tal punto que esta última ha venido absorbiendo, a escala planetaria, a las otras dos. De ahí que estudiosos del tema como García Canclini (1990) hayan señalado el carácter fundamentalmente híbrido de la cultura contemporánea, en virtud de la mayor permeabilidad de las fronteras que en el pasado separaban a estos tres dominios.

LA ANTROPOLOGÍA SISTÉMICA

Uno de los aportes más significativos para la comprensión de esta problemática ha sido el de Edgar Morin (1995) quien, a partir de una síntesis de las formulaciones del marxismo, el psicoanálisis, la cibernética y la teoría de sistemas, ha descrito la cultura como un proceso en el que se comunican dialécticamente la dimensión mítica y las prácticas sociales, la experiencia existencial y el saber constituido, lo real y lo imaginario. Por ende, la cultura es considerada por este sociólogo francés como una totalidad compleja que trasciende la vieja dicotomía entre la superestructura ideológica y la infraestructura económica, llegando a definirla como “el circuito metabólico que enlaza lo infraestructural con lo superestructural” (p. 148).

A diferencia de lo que sucedía con las sociedades arcaicas en las que la dimensión mágico-religiosa lograba unificar, mediante el sincretismo, tanto los saberes como las experiencias de la comunidad, en las llamadas sociedades históricas, y especialmente en las contemporáneas, una diversidad de sistemas culturales se yuxtaponen e interactúan incluso dentro del ámbito de la subjetividad individual[1]. De este modo, las sociedades post-industriales de Occidente, a las que se refiere principalmente Morin, se revelan como organizaciones humanas de naturaleza policultural por contener en su interior no solamente una cultura nacional que confiere su identificación a la nación, sino también una cultura humanística o de élites, la cultura de masas y diferentes culturas políticas y religiosas. Adicionalmente, entre estos sub-sistemas y dentro de cada uno de ellos se desarrollan constantemente tendencias antagónicas que hacen prácticamente imposible la homogeneidad.

LA IMPRONTA CULTURAL

Un hito importante en la génesis de la perspectiva teórica de Morin sobre la dinámica socio-cultural se deriva de su encuentro con la obra de Konrad Lorenz. En efecto, Lorenz fue el primero en proponer, desde el terreno de la etología, el concepto de impronta (imprinting) para referirse a la huella imborrable que dejan las primeras experiencias de la vida en la memoria del animal joven. A este respecto, son de sobras conocidas las observaciones sobre la conducta de los pájaros recién nacidos que reconocen de forma duradera, como si de su madre se tratase, al primer ser vivo que logran percibir al salir de su cáscara. De acuerdo con Morin (1992), existiría también en la especie humana una impronta cultural, que se fijaría en la memoria desde el nacimiento, con los valores y representaciones esenciales transmitidos al sujeto por la familia, la escuela y, en su vida adulta, por las experiencias acumuladas durante los estudios superiores o el ejercicio profesional.

La impronta cultural es una pieza clave para la comprensión del conformismo cognitivo o apego a los esquemas de conocimiento y valoración establecidos. En modo alguno debe pensarse que un mayor grado de educación formal trae consigo, necesariamente, una relajación o disolución de este conformismo. Al contrario, cierta evidencia empírica parece demostrar que los estratos bajos de la organización social manifiestan un grado de impronta y normalización más bien leve en comparación con los estratos superiores o privilegiados. Sin embargo, en este punto nos sentimos obligados a expresar nuestro desacuerdo con la afirmación de Morin según la cual “el imprinting y la normalización aumentan al mismo tiempo que aumenta la cultura” (1992: 28).

En nuestra opinión, Morin incurre aquí en el error de considerar a la cultura de élite como la cultura por antonomasia, contradiciendo su afirmación acerca del carácter policultural de las sociedades modernas. En este caso, lo adecuado habría sido admitir la existencia de diferentes sub-sistemas culturales en los estratos bajos, medios y altos y no asumir que el ascenso en la escala social es correlativo con un incremento de la cultura del sujeto. Probablemente estemos aquí en presencia de cierto prejuicio clasista, latente en su elaboración teórica, si tomamos en consideración que Morin tampoco incluye a la cultura popular en la triple división de la cultura (científica, humanística y de masas) esbozada en su Sociología (1995: 141-144)[2]. En todo caso, resultaría más preciso relacionar el conformismo cognitivo bien con la magnitud de los intereses económicos y el poder político del sujeto o bien con la esclerosis del sistema educativo, que ha sido otra de las grandes preocupaciones de este autor.

LAS DISTORSIONES DE LA PERCEPCIÓN

La impronta cultural ejerce un efecto modelador sobre la totalidad del aparato perceptual-cognitivo-valorativo del sujeto, a tal punto que “hace incapaz de ver otra cosa que lo que hay que ver” (Morin, 1992: 29). Incluso en contextos en los que la conformidad y las interdicciones aprendidas se muestran debilitadas, la impronta opera a la manera de un filtro perceptual que nos lleva a desestimar automáticamente cualquier posición contraria a nuestras creencias, y a ignorar cualquier dato incompatible con nuestras convicciones o proveniente de fuentes valoradas por el grupo como inapropiadas o negativas.

La impronta determina entonces el campo de las verdades posibles, e impone su inercia a las conciencias normalizadas aun cuando los cambios incesantes del entorno natural o cultural hayan convertido esas verdades en creencias insostenibles. En este sentido, según declara Morin, “la alucinación que hace ver lo que no existe se une a la ceguera que oculta lo que existe” (ob. cit.).

Cada esfera cultural despliega todo un entramado de mecanismos intimidatorios, sutiles o violentos, que obligan a guardar silencio a quienes sienten dudas o quisieran expresar su desacuerdo con las creencias compartidas por el grupo[3]. El carácter aparentemente inconmovible de tales dispositivos de normalización genera una serie de interrogantes frente a los potenciales o efectivos desórdenes que periódicamente introducen desviaciones y cambios en el seno de la vida social. La acción complementaria y antagónica de tales eventos disruptivos lleva a Morin a introducir la idea de un principio de incertidumbre sociológica, análogo al postulado por Heisenberg en el terreno de la física subatómica. Igualmente lo obliga a preguntarse por las complejidades del cerebro y la cultura de la especie humana que hacen posibles semejantes saltos en los determinismos regulatorios. Al tiempo que la dialéctica del cambio social lo trae de vuelta a un territorio ya transitado por el marxismo, obligándolo a plantearse interrogantes como el siguiente: “¿Es preciso el hundimiento de un poder de casta o de clase para que se hunda un modo de conocimiento?” (1992: 30).

CALOR CULTURAL Y DESVIACIONES

Otra metáfora moriniana descriptiva de los fenómenos antropo-sociales es el concepto de calor social, construido por analogía con la noción termodinámica de calor. Así como el calor físico se explica a partir de la agitación molecular y las colisiones entre partículas, del mismo modo la magnitud del calor cultural estaría relacionada con la intensidad / multiplicidad de las interacciones sociales, los antagonismos grupales y el choque entre ideologías, creencias y opiniones disímiles.

El impacto local de modos de conocimiento y acción desviados de la norma, al debilitar la normalización y provocar alteraciones de la impronta, contribuye a la evolución innovadora en la medida en que las desviaciones focalizadas consiguen transformarse en tendencias. Por lo general, este proceso se inicia con la gestación de las nuevas ideas en el seno de un pequeño grupo que sirve de “caldo de cultivo” y actúa como foco de irradiación de los “fermentos”. Progresivamente, si las condiciones son propicias, la multiplicación de los fermentos puede hacer que la desviación se transforme en tendencia. Y más adelante, en caso de que la expansión de la tendencia se afiance, esta última puede convertirse en ortodoxia e imponer, en su momento, una nueva normalización y una nueva impronta cultural en el espacio social correspondiente.

EL LEGADO DE BATESON

Una parte importante de la visión de la cultura desarrollada por Morin tiene su origen en las investigaciones y formulaciones teóricas del fundador de la antropología sistémica Gregory Bateson. Uno de los conceptos claves tomados por Morin de este autor es el de cismagénesis o esquismogénesis (Reynoso, 1998; Winkin, 1984). Bateson lo había utilizado inicialmente para explicar el comportamiento colectivo de la tribu de los Iatmul en su libro Naven (1936), donde recogió sus observaciones de campo sobre esta tribu de Nueva Guinea a la que definió como un pueblo altivo y soberano. Los Iatmul habitaban en poblados divididos en clanes familiares muy complejos, que rivalizaban con frecuencia entre sí entrando con facilidad en escaladas de hostilidad. Una de las costumbres de los Iatmul que más llamó la atención de Bateson era la exhibición en sus ceremoniales, colgando de su cuerpo, de cabezas humanas disecadas cuyo número era un indicativo del prestigio social del portador. Bateson se preguntó cómo un pueblo tan belicoso, donde la agresividad era muy valorada socialmente, podía vivir unido. En otros palabras, cómo las tendencias a la disgregación (cismagenéticas) podían compensarse para conseguir la suficiente cohesión social (homeodinamia). La respuesta que halló fue que el control inhibitorio necesario para moderar la retroalimentación autorreforzadora de la hostilidad se conseguía a través de una ceremonia ritual denominada Naven, que se llevaba a cabo con frecuencia y ante cualquier pretexto. En ella, todos los miembros de la comunidad participaban intercambiándose los roles, travistiéndose y riéndose desenfadadamente unos de otros. Este ritual carnavalesco constituía un contrapunto relajadoramente equilibrante de las tensiones habituales, permitiendo a la tribu restaurar un grado suficiente de armonía.

Vale la pena señalar, por otra parte, que las nociones de homeostasis, homeodinamia y cismagénesis tuvieron un precedente importante en el concepto de feed-back, vertido al español como retroalimentación o retroacción (García, González y Talavera, 1999). Se trata de un vocablo que alcanzó gran popularidad a raíz de la publicación, en 1948, del libro Cybernetics de Norbert Wiener (Rosnay, 1977). Wiener definió la retroalimentación, influido por la idea de homeostasis concebida por el fisiólogo Walter Cannon, como un procedimiento de autorregulación de los sistemas basado en el procesamiento de información sobre los resultados de su propio desempeño. Cuando esta dinámica genera, ante el impacto de perturbaciones exógenas o endógenas, respuestas adaptativas tendentes a contrarrestar las desviaciones y mantener la estabilidad del sistema, estamos en presencia de un circuito de retroalimentación negativa. En cambio, cuando la desviación se amplifica por la acción misma del sistema y la acción transformadora resulta así fortalecida, se trata de un circuito de retroalimentación positiva. En el primer caso, el proceso es de naturaleza autocorrectiva (como sucede con el termostato que activa o desactiva el flujo de corriente eléctrica a través de la resistencia de un calentador, para evitar que el agua se enfríe o se caliente más allá de ciertos límites preestablecidos); en el segundo caso, se trata de una dinámica autorreforzadora (como sucede con la bola de nieve que a medida que baja por la ladera arrastra una cantidad de nieve cada vez mayor).

Cannon desarrolló el concepto de homeostasis a partir de la comparación entre las estrategias regulatorias de las máquinas de vapor y los organismos vivos. Con todo, su idea apuntaba a comportamientos correctivos de las desviaciones mediante patrones de retroalimentación negativa, orientados al logro de equilibrios estáticos y estados estacionarios, propios del funcionamiento de máquinas diseñadas para operar permanentemente en las mismas condiciones. Los seres vivientes, en cambio, poseen la capacidad de modificar, hasta cierto punto, su estructura organizativa y sus pautas de funcionamiento mediante estrategias de retroalimentación positiva. Esta última propiedad, característica de los sistemas biológicos, fue bautizada como morfogénesis por el matemático y epistemólogo Magoroh Maruyama (Reynoso, 1998).
La facultad de dar respuesta a las perturbaciones provenientes del entorno evitando la desestabilización y, al mismo tiempo, utilizarlas para aprender y transformarse con fines adaptativos, recibe el nombre de homeodinamia (García, González y Talavera, 1999). Se trata de un programa de acción en el que la retroalimentación positiva y la retroalimentación negativa se complementan, hasta lograr un cierto equilibrio entre la homeostasis y la morfogénesis que hace posible la evolución gradual de sistema.

La última opción a la que haremos referencia en esta síntesis, es aquella que se manifiesta cuando la dinámica autorreforzadora o estimulatoria supera abiertamente a las respuestas autocorrectivas o inhibitorias. Aquí suelen presentarse curvas de retroacción positiva que se amplifican hasta hacer imposible su contención mediante repuestas de retroacción negativa. Este es el tipo de pauta de comportamiento que Bateson denominó, como se señaló más arriba, cismagénesis o esquismogénesis. Su desarrollo desemboca en el descontrol del sistema y la aparición de fracturas o cismas en su seno, como las que, por ejemplo, suceden ocasionalmente al interior de partidos políticos u organizaciones religiosas que se dividen en dos o más bandos irreconciliables, a pesar de que poco tiempo atrás se hubiesen comportado como estructuras unitarias aparentemente estables. Los procesos cismagéneticos o generadores de cismas y conflictos por lo general se desarrollan mediante pautas de interacción acumulativa (Capriles, 1988), en las que la acción agresiva de una de las partes da pie a una respuesta mayor por parte del contrario, que a su vez provoca una reacción todavía más severa por parte del primer actor y así sucesivamente hasta causar la desintegración del sistema.

Vale la pena mencionar que Bateson corroboró, mediante sus observaciones de campo, la existencia de procesos tanto cismagenéticos como morfogenéticos no sólo en comunidades humanas como los Iatmul de Nueva Guinea, sino que además enriqueció sus elaboraciones teóricas con diversas investigaciones sobre el comportamiento animal. En su libro Metálogos (1982) refiere un ejemplo de cismagénesis complementaria (ver tabla 1) entre animales, en el que se desmonta la potencial destrucción implicada en una secuencia de interacciones acumulativas mediante la retroacción negativa. Se trata de la típica respuesta del perro pequeño que, ante el ataque de uno mayor, se echa de espaldas y permite que el agresor lo muerda en el cuello sin dañarlo, enviándole una señal de subordinación que pone fin a la pelea.

LA COMPLEJIDAD CULTURAL LATINOAMERICANA

Vistos estos lineamientos generales sobre la complejidad y el cambio de las sociedades humanas, cabe preguntarse: ¿cuáles son los rasgos específicos del policulturalismo latinoamericano?; ¿es posible identificar entre nosotros el avance de procesos de antagonismo, ruptura o equilibrio como los anteriormente señalados?; ¿cuál ha sido el alcance del mestizaje homogeneizador al interior de las representaciones imaginarias de nuestras identidades nacionales?; ¿qué paisajes configuran la geografía simbólica que designamos bajo el nombre de América Latina?

Los perfiles polimorfos y contradictorios de la cultura latinoamericana han sido analizados por varias generaciones de escritores y científicos sociales. Pero para los fines del presente trabajo, nos limitaremos a pasar revista a los aportes de unos pocos autores, entre los que se cuenta el venezolano José Manuel Briceño Guerrero (1994); un filósofo del lenguaje para quien la América mestiza ha producido, fundamentalmente, tres sistemas semiológicos definitorios de su identidad. A partir del estudio de la historia de las ideas, la dinámica política y el arte latinoamericanos, Briceño postula, en primer lugar, la existencia de un discurso europeo segundo que habría ingresado a nuestras sociedades a finales del siglo dieciocho. Su estructura responde a la lógica de la razón ilustrada y sus avances científico-técnicos. En el plano político, este ethos enfatiza la posibilidad del cambio social planificado con el propósito de garantizar los derechos humanos universales a la totalidad de la población. Su difusión teórica ha estado básicamente a cargo de las tendencias ideológicas positivista, tecnocrática y socialista. Sus palabras claves en el siglo diecinueve fueron modernidad y progreso. En nuestro tiempo, su palabra clave ha sido el desarrollo.

En segundo lugar, se encontraría el discurso mantuano proveniente de la España imperial, reproducido por los criollos y el sistema colonial español. En el plano espiritual, este discurso resalta los valores ultraterrenos representados por la Iglesia Católica; pero en la esfera material ha estado ligado a un sistema social de nobleza hereditaria, jerarquías y privilegios que sólo permitía la movilidad social a través del blanqueamiento racial y la educación occidentalizante. Incluso después de la Independencia, este sistema semiológico pervive entre nosotros modelando las estrategias de acceso al poder por la vía de los privilegios familiares y clánicos, la filiación en lugar del mérito, y la lealtad y el pago de peaje al señor imperante en cada feudo.

En tercer lugar estaría el discurso salvaje, expresión del sufrimiento del indígena sometido violentamente por los conquistadores y el africano reducido a la condición de esclavitud. En él se manifiesta también el resentimiento de los pardos históricamente relegados en sus anhelos de superación, así como la nostalgia por formas de vida no occidentales, aparentemente cercenadas por la imposición de la cultura europea. Para el discurso salvaje, tanto la tradición hispánica como la modernidad europea resultan ajenas y extrañas, manifestaciones de una otredad opresora ante la cual ha sido necesario aprender a sobrevivir con aparente sumisión, ocasional rebeldía, astucia permanente y profunda nostalgia.
De acuerdo con Briceño, la sincronicidad de estas tres lógicas discursivas, radicalmente diferentes y mutuamente neutralizadoras, le imprimiría a la cultura latinoamericana una tensión permanente, un “nihilismo caotizante” que alimentaría una actitud irresoluta y conflictiva frente a la expansión universal del poderío de la Europa segunda o modernidad.

LA CULTURA POPULAR

Moreno Olmedo (1995), también venezolano, prefiere hablar de epistemes y no de discursos. Adaptando el concepto de Foucault, afirma que la episteme, en cuanto matriz cultural, se concibe como un sistema de representaciones generales en constante producción y reproducción, que operaría desde un fondo no representado (pero representable mediante la crítica hermenéutica) hasta la superficie de las representaciones y los discursos. Así pues, la episteme constituiría la racionalidad implícita en la praxis social de la cultura, estableciendo las “condiciones de posibilidad” de nuestros códigos compartidos. Sin embargo, el autor no deja de reconocer que la episteme sólo es accesible a través de la interpretación de los discursos producidos en el seno de la cultura, de tal manera que es en este ámbito donde debe llevarse a cabo el trabajo hermenéutico del investigador.

Otra diferencia con Briceño Guerrero radica en que Moreno delimita sólo dos ethos fundamentales en la cultura venezolana y latinoamericana. Por una parte, estaría la episteme moderna producida en Occidente por el mundo de vida burgués y centrada en el individuo. Por la otra, la episteme popular, totalmente ajena a la praxis social y los discursos de la modernidad, y centrada en las relaciones convivenciales dentro de la comunidad, en tanto que realidad previa y definitoria del ser / estar de la persona. En opinión de Moreno, el mundo popular se define por la vida en relación, a tal punto que el carácter esencialmente afectivo de nuestro pueblo determinaría a la postre esta episteme o modo general de conocer a partir de la relación y por relaciones.
Pero este mundo de vida popular parece sobrevivir a duras penas, marginado, reprimido por la capacidad casi exclusiva de la modernidad para imponer sus discursos como los únicos admisibles. De ahí la dificultad de acceder a este universo por otra vía que no sea la “inmersión vital en la relación”, la convivencia incondicio­nal dentro de la trama de relaciones que constituye la comunidad popular. A pesar de estos impedimentos para producir o interpretar un discurso auténticamente generado desde esta episteme, Moreno reconoce que algunos productos contemporáneos de la cultura latinoamericana, como la narrativa de Gabriel García Márquez o la teología de la liberación, parecen provenir de este fundamento epistémico.

A manera de síntesis, nos interesa destacar que a pesar de al­gunas diferencias conceptuales evidentemente significativas, hay un substrato básico de observaciones comunes que permite consi­derar las conclusiones de ambos investigadores como esencialmente complementarias. En primer lugar, es notoria la percepción com­partida en torno a la existencia de diversas matrices discursivas en el seno de la cultura, con un talante antagónico que dificultaría su completa integración. En segundo término, es posible concebir la episteme moderna como una estructura englobante de lo que Briceño ha dividido en dos discursos representativos de fases distintas de un mismo proceso histórico; en otras palabras, el discurso mantuano y el de la Europa segunda no serían más que expresio­nes de dos etapas sucesivas, pero copresentes en la memoria colectiva,­ del traumático proceso de acoplamiento de las sociedades latinoamericanas a los designios de la voluntad de poder de la civilización occidental. En tercer lugar, tanto el discurso salva­je mencionado por Briceño como la episteme popular de Moreno, designan una actitud colectiva de radical oposición y extrañamien­to frente a la modernidad, si bien apreciamos en ambos autores una caracterización todavía insuficiente de estas versiones del mundo de origen no occidental.

Un registro más minucioso de la composición heterogénea de la cultura popular ha sido llevado a cabo por el argentino Adolfo Colombres (2004) quien, con el propósito de cartografiar las fuentes de la literatura subalterna del continente, ha formulado un esquema clasificatorio perfectamente extensible a todas las dimensiones de la praxis cultural de raigambre popular. Adaptando la propuesta de Colombres, podemos identificar entonces cinco vertientes fundamentales dentro del ethos popular latinoamericano: las culturas indígenas que lograron sobrevivir a los procesos de conquista y colonización; los aportes afroamericanos; las tradiciones campesinas de raíz mestiza; así como las culturas populares urbanas y las de los inmigrantes hacia países de otra lengua (como chicanos y nuyoriqueños) cada vez más asimiladas por la cultura de masas.

Por otra parte, estamos convencidos de que el esquema propuesto por estos autores quedaría incompleto sin una consideración en torno a las tendencias que distinguen a la modernidad de la llamada posmodernidad (Jameson, 1995; Maffesoli, 1990). Sobre todo si se tiene en cuenta que, en la prevaleciente cultura de masas de la era posmoderna, los valores ilustrados de la liberación y el progreso colectivos han sido reemplazados por el predominio de una axiología hedonista orientada al consumo, como resultado de lo que Umberto Eco ha llamado una pedagogía paternalista difusora de mitos inhibidores de todo proyecto de transformación social (Eco, 1999). En este sentido, consideramos que las insuficiencias del esquema tripartito de Briceño Guerrero pueden subsanarse incorporando como cuarto sistema semiológico a la cultura de masas o cultura posmoderna, y profundizando su caracterización del discurso salvaje a la luz de los rasgos propuestos tanto por Moreno como por Colombres al momento de definir el ethos popular.

LA DIMENSIÓN HISTÓRICA

Ahora bien, ¿cómo articular metodológicamente las lógicas sistémicas relacionadas con los procesos de transformación sociocultural, descritas en la primera parte de este artículo, con la cartografía de los ethos recién esbozada? ¿Cómo abordar las diferencias axiológicas profundas entre las diversas matrices simbólicas constitutivas de la cultura, junto con sus estrategias de adaptación a las formas de dominación imperantes en las distintas fases de su devenir histórico?

Una visión integradora de las descripciones sincrónicas y las dinámicas diacrónicas, de las codificaciones culturales y las estrategias de poder, puede contar con un apoyo teórico importante en las investigaciones llevadas a cabo, desde una perspectiva marxista heterodoxa, por Raymond Williams (1980). En efecto, Williams propuso una topología de las formaciones culturales según la cual éstas estarían constituidas por tres estratos fundamentales: arcaico, residual y emergente. Lo arcaico corresponde al pasado inactivo, es decir, al bagaje cultural que sobrevive únicamente como objeto de estudio o de rememoración. Lo residual, en cambio, se refiere a todos los contenidos culturales del pasado que están todavía activos como componentes de la vida presente de la sociedad. Ésta es la capa clave del modelo de Williams, debido a que engloba dos tipos de fuerzas cruciales para los procesos de cambio cultural: las que han sido absorbidas por la cultura dominante o recuperadas por ella, y las que la adversan frontalmente a manera de alternativas. El tercer estrato está representado por lo emergente, esto es, por las prácticas y significados innovadores. Lo emergente tampoco es uniforme, ya que no todos los nuevos valores son necesariamente alternativos o funcionales a la cultura hegemónica.

El modelo dialéctico de Williams puede resultar sumamente productivo a la hora de cartografiar los posicionamientos relativos de cada uno de los diferentes ethos dentro la complejidad cultural latinoamericana (ver Tabla 2). Así, por ejemplo, puede contribuir a diferenciar los contenidos arcaicos o inactivos de origen tanto popular como mantuano, de las corrientes culturales con plena vitalidad –llamadas por Williams residuales- provenientes de estas mismas fuentes. La efervescencia del activismo indígena en México y los países andinos durante la última década, enfrentando las políticas de corte neoliberal adelantadas por las élites gobernantes, puede leerse desde esta óptica como una fuerza político-cultural de carácter residual alternativo. En tanto que los planes de ajuste macroeconómico ya mencionados, ligados más bien a una matriz discursiva moderna, pertenecerían a la categoría de fenómenos emergentes funcionales a los intereses de los grupos hegemónicos.

Otra línea interesante de desarrollo de este modelo nos permitiría comprender al ethos posmoderno como una lógica cultural igualmente emergente, en la que desempeñaría un rol fundamental la recuperación de contenidos populares mediante su mercantilización y reducción a espectáculos massmediáticos. Al tiempo que haría factible vislumbrar cierta continuidad histórica en las estrategias de dominación-recuperación de lo popular desplegadas por parte del poderío de un Occidente inicialmente mantuano (siglos XVI, XVII y XVIII), luego moderno (siglo XIX y primera mitad del XX) y recientemente posmoderno (segunda mitad del XX y principios del XXI); sin que ello implique dejar de tener en cuenta que todos estos ethos subsisten sincrónicamente articulados, todavía hoy, en hibridación y conflicto.

En resumidas cuentas, el conjunto de elementos teórico-metodológicos apenas esbozado en estás páginas, deja abierto un horizonte de posibilidades inéditas para la labor etnocrítica en todos los campos de producción y reproducción cultural del continente latinoamericano. Su exploración y desarrollo constituye una tarea urgente para los estudiosos de la sociedad y la cultura en los días por venir.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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NOTAS:

[1] También el idiolecto, definido por la sociolingüística como el conjunto de los hábitos lingüísticos propios de un individuo (Lewandowski, 1992), es considerado una estructura heterogénea, conformada por cierto repertorio de variedades estilísticas –que el sujeto empleará en función de los distintos contextos- y hasta por diversos sociolectos o variedades grupales de habla (López Morales, 1989; Silva-Corvalán, 1989).

[2] Estas apreciaciones de Morin pueden ser objeto de críticas similares a las recibidas por la tesis de Basil Bernstein acerca de la diferencia insalvable existente entre el código restringido utilizado por los estudiantes de la clase obrera inglesa y el código elaborado propio de la clase media. Efectivamente, diversos autores han señalado el sesgo clasista subyacente en la consideración de Bernstein acerca de una supuesta mayor complejidad de la gramática de las clases acomodadas. Similares cuestionamientos han sido hechos también a la teoría de la verbal deprivation (deficiencia verbal) de la población negra, con la que algunos sociólogos pretendieron explicar la problemática del fracaso escolar de los niños de este grupo étnico en el sistema escolar estadounidense (Marcellesi y Gardin, 1979; Stubbs, 1984).

[3] Daniel Goleman ha desarrollado en su libro El punto ciego. Psicología del autoengaño (1999) un análisis detallado del modo en que opera el filtro sensorial impuesto por la cultura. Entre otros muchos ejemplos, cita el caso del silenciamiento voluntario de las dudas y opiniones discordantes por parte de algunos integrantes del equipo del presidente Kennedy que decidió la fracasada invasión a Bahía de Cochinos. El optimismo ilusorio de la mayoría hizo creer a los más realistas, según revelaciones conocidas posteriormente, que algunas informaciones de inteligencia disponibles sobre las escasas posibilidades de éxito de aquella operación no eran dignas de tenerse en cuenta y someterse a discusión dentro del grupo.

Fuente:

Fernández Colón, Gustavo (2006). La patria imaginaria. Bases para una etnocrítica de la cultura latinoamericana. En M. T. Mérida, G. Fernández y F. Machado (Comps.). Globalización y multiculturalismo [17-33]. Valencia, Venezuela: Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad de Carabobo.


NOTAS PARA UNA ETNOCRÍTICA DEL CUENTO LATINOAMERICANO

Gustavo Fernández Colón

En el principio fue el mito, la época de los héroes fundadores del mundo, el relato de la instauración originaria del espacio y el tiempo de la civilización. Más tarde, de tanto repetirlas, las imágenes primordiales de la tribu envejecieron y la duda comenzó a minar la fe en ellas como fuente exclusiva del saber. En ese instante, apareció la crítica, brazo ejecutor de otra razón, bien para destronar los viejos mitos y ceder el paso a los nuevos, bien para defender los relatos primordiales de la acción corrosiva de la filosofía.

Dice Karl Popper (1988: 133) que fue precisamente “una nueva actitud frente a los mitos” la que inició el recorrido hacia la filosofía y las ciencias en Occidente, a partir de las críticas de Jenófanes a la mitología pitagórica, o de las refutaciones de Heráclito a Homero y Hesíodo. También en la India, los Vedas precedieron a las disquisiciones demoledoras de los filósofos budistas, y la epopeya del Mahabharata fue primera que el sutil pensamiento de Sankara. En Europa, el rey Arturo, Roldán y Sigfrido, configuraron el sustrato mítico de los pueblos a los que luego Hobbes, Descartes y Hegel ofrecieron un sentido racional de su ser.

Tal vez en esta ley de la precedencia de la épica en la conformación de la cultura, se encuentre la razón por la cual América Latina ha resultado hasta ahora menos innovadora en el terreno de la filosofía y las ciencias humanas que en el de la creación literaria. Todavía no ha conseguido conceptualizar autónomamente su razón de ser, al menos sin que esta empresa haya logrado zafarse por completo de una lógica discursiva prestada y enmascaradora. De ahí que entre nosotros sea más frecuente encontrar en los territorios polimorfos del simbolismo poético, la narración fantástica y la intuición ensayística el sentido latente de un mestizaje inconcluso, de un espacio y un tiempo propios, en definitiva, las claves fundacionales de una nueva civilización.

LA CRISIS DE LAS DEMARCACIONES

El formalismo estético y el estructuralismo crítico marcaron una época, en el campo de la creación y los estudios literarios, signada por el principio de la inmanencia del texto, por la autonomía del significante liberado de cualquier atadura a un referente ostensible. En la lingüística, la opción de Saussure por el estudio del sistema de la lengua y de la lingüística interna en desmedro del habla y de la lingüística externa implicó la apertura de un continente teórico representativo del espíritu de los tiempos. En la literatura y el arte en general, también se extrema el énfasis en la primacía de la lógica interna del lenguaje, en lo que Steiner (1989: 8-11) ha interpretado como un síntoma de la decadencia profunda de la tradición occidental. En sus propias palabras:

A partir de Mallarmé es cuando surge el intento programático de disociar el lenguaje poético de la referencia externa, de fijar de otro modo indefinible, inaprehensible, la textura y el olor de la rosa en la palabra “rosa” y no en alguna ficción de correspondencia y validación externa (…) El lenguaje ha perdido la capacidad real para la verdad, para la honestidad política o personal (…) En aspectos decisivos, la nuestra es una civilización “después de la palabra”.

Este desencanto impregna en breve todos los dominios del conocimiento, todas las producciones discursivas de la contemporaneidad. Así, surge la duda acerca de la supuesta objetividad y neutralidad política de la ciencia, no sólo en el terreno de los estudios históricos y sociales, sino en el de las mismas ciencias naturales. Las propuestas de Kuhn y Feyerabend, acerca de la arbitraria mutabilidad histórica de los criterios de validez y las reglas de juego asumidos por las diversas comunidades científicas; más las contundentes argumentaciones de Foucault y Marcuse, demostrando la existencia de una voluntad de poder detrás de todas las teorías y tecnologías, dieron al traste, definitivamente, con los viejos deslindes entre los territorios, modernos o no, de la racionalidad.

Desde entonces, se ha oscurecido el referente de todos los discursos y no hay certeza de que el mapa coincida con el territorio, puesto que, como afirma Habermas (1990: 242):

…puede el lenguaje (en vez de la subjetividad) autonomizarse y convertirse hasta tal punto en destino epocal del Ser, en hervidero de significantes, en competencia de discursos que tratan de excluirse unos a otros, que los límites entre significado literal y metafórico, entre lógica y retórica, entre habla seria y habla de ficción quedan disueltos en la corriente de un acontecer textual universal (administrado indistintamente por pensadores y poetas).

La disolución del universo referencial homogéneo en el que confió ciegamente Occidente en los últimos tres siglos, dejó a los lenguajes sumidos en un clima de incertidumbre y confusión, en una nueva torre de Babel, en la que la condición ficcional del discurso literario parece haber contaminado todos los géneros de producción y comunicación del saber. Tal vez nadie haya sentido con mayor intensidad este desbordamiento como Michel Foucault. Su empresa de arqueólogo del saber, de buzo de las profundidades epistémicas de las que brotan las condiciones de posibilidad de cualquier enunciación, lo llevó a reconocer la movilidad de los límites de su oficio de historiador del pensamiento, la identidad final de dos dominios otrora inconfundibles: la historia y la ficción. Por ello, el autor de la Historia de la locura en la época clásica y de la Historia de la sexualidad, escribiría:

En cuanto al problema de la ficción, es para mí un problema muy importante; me doy cuenta que no he escrito más que ficciones. No quiero, sin embargo, decir que esté fuera de verdad. Me parece que existe la posibilidad de hacer funcionar la ficción en la verdad al inducir efectos de verdad con un discurso de ficción, y hacer de tal suerte que el discurso de verdad suscite, fabrique algo que no existe todavía, es decir, ficciones (1980: 162).

Pero no todos los autores de esta hora avalan necesariamente los extremos de un postestructuralismo que, a fuerza de internarse en la lógica inmanente del lenguaje, se acercó con fruición a los abismos del relativismo y el nihilismo. Habermas intentará rescatar los fundamentos de la racionalidad moderna, acudiendo a cierta dimensión intersubjetiva de fa comunicación humana, en la cual las reglas de validez del lenguaje compartido pueden ser sometidas a una reconsideración consensual una y otra vez. Paul Ricoeur (1990), aunque no deja de reconocer la condición narrativa de la historia, deslinda a esta última de la ficción en razón de una vocación de verdad que la literatura desconoce. En fin, el torbellino relativista obliga a los defensores del viejo orden a resguardar sus burgos reconstruyendo los muros derruidos.

LA LITERATURA COMO FORMA DE CONOCIMIENTO

En otra dirección, el cuestionamiento de las viejas demarcaciones discursivas, ha propiciado un renovado interés en la restitución de los lazos entre literatura y realidad, entre ficción y mundo de vida. De esta manera se hace posible recuperar una cierta objetividad referencial para un discurso que, hasta hace poco, estuvo confinado entre los límites de su mismidad textual, amordazado por las vueltas interminables de la hermética cadena del significante. Thomas Pavel (1995: 19) ha señalado claramente que:

En esta nueva configuración, la teoría literaria tiene que confrontar toda una gama de asuntos que quedaban fuera del alcance del estructuralismo clásico. Debe reexaminar los presupuestos respecto a las convenciones y vérselas de nuevo con el problema de la representación de la realidad en la ficción. La marginalización de los problemas de la referencia se ha vuelto ya obsoleta. Liberada de las restricciones del enfoque textualista, la teoría de la ficción puede responder de nuevo a los poderes de la imaginación para crear mundos y dar cuenta de las propiedades de los mundos, así como de la existencia de la ficción, de su complejidad, su incompletitud, su distancia y su integración en la economía general de la cultura.

Las recientes investigaciones en el campo de la lógica modal y la semántica de los mundos posibles, permiten un nuevo entendimiento del poder referencial de la ficción en función de las versiones del mundo generadas por los propios textos. Estos universos discursivos de carácter imaginario, guardarían, por otra parte, relaciones de correspondencia con la ontología primaria o versión del mundo asumida como realidad por la cultura en la que el texto ha sido producido. La búsqueda permanente de isomorfismos entre el mundo de ficción y el mundo real, denominada por Pavel lectura alegórica, constituiría una operación corriente dentro del proceso de recepción de la obra literaria.

El autor no escapa de la dificultad que representa la necesaria delimitación de la llamada ontología primaria o referente último de la semántica del texto, para asignarle algún tipo de valor de verdad. Y es que si se postula la existencia de una versión única del mundo real, válida para todos los discursos de ficción, se corre el riesgo de echar en un mismo saco diversos órdenes o niveles entitativos lógicamente incompatibles. Por otra parte, si se asume que cada contexto cultural genera su propia versión del mundo, no se está lejos del relativismo. Pavel opina que, ante esta disyuntiva,

Es preferible la opción de postular campos de ficción unificados según épocas históricas y culturales; esta opción se adecua bien a la tradición hegeliana y a los desarrollos recientes de la Antropología Histórica. Los historiadores de la mentalidad de una época han mostrado cómo las sociedades tienden a desarrollar espacios característicos imaginarios que dar forma tanto a la vida social como a la producción cultural (1995: 121).

Estos espacios imaginarios desde los cuales la cultura produce los discursos, han sido tema de discusión frecuente entre los teóricos preocupados por la dimensión social de los procesos semiológicos y la creación estética. Ya hace varias décadas qué Lucien Goldmann (1975) identificó como sujeto de la creación cultural a una conciencia posible de dimensión colectiva, a través de la cual las estructuras sociales generarían las condiciones epistemológicas y estéticas configuradoras de la labor individual del escritor.

En una dirección similar, Thomas Lewis ha reconocido que en la interpretación textual, la relación con la realidad viene mediada por una instancia semiológica culturalmente modelada, presupuesta en la elaboración misma del texto. Sobre esta base, Lewis (en Pérez, 1979) define el referente del discurso literario como

una unidad ideológico cultural que en virtud de su relación necesaria, pero no representada, con otras unidades culturales no idénticas, proporciona a modo de ausencia dialéctica, los requisitos materiales para el entendimiento conceptual de ciertas características del texto y también de la estructura de la realidad que el texto alude.

De este modo, la lectura alegórica no implicaría una búsqueda de correspondencias exactas entre el mundo ficticio y los entes de una realidad empírica supuestamente objetiva, sino entre el universo imaginario del texto y las versiones del mundo a través de las cuales las sociedades organizan su relación con lo real.

Otro aporte fundamental al respecto ha sido el formulado por Lotman (1975: 72-73), quien denominó a estas matrices culturales generadoras de sentido sistemas semiológicos modelantes. Cada uno de estos sistemas puede ser considerado como una lengua, sin que esto implique un predominio absoluto y homogéneo de uno sólo de ellos en el seno de la vida cultural de las sociedades. Precisamente, para Lotman

…cualquier cultura representa un conjunto complejo y contradictorio. Por lo común, el modelo de sí misma que caracteriza una cultura determinada pone en ella ciertas ‘dominantes’ que forman la base sobre la que se construye el sistema unificador que debe servir de código para el autoconocimiento y el autodesciframiento de los textos de cualquier cultura. Para desempeñar esta función la cultura debe estar organizada como una estructura en equilibrio sincrónico.

Toda esta argumentación nos permite, finalmente, delinear una estrategia de acercamiento al hecho literario, que tenga en cuenta las versiones del mundo o sistemas semiológicos modelantes del complejo cultural en el que el texto ha sido concebido. La investigación y descripción de estas versiones constituirá entonces un paso previo o paralelo, a la determinación del referente sociohistórico de la ficción. Esta metodología, que pudiera calificarse como etnocrítica de la creación literaria, nos servirá de base para el estudio comparado de algunas obras de la cuentística latinoamericana que emprenderemos a continuación.

LOS SISTEMAS SEMIOLÓGICOS MODELANTES
DE LA CULTURA LATINOAMERICANA

La delimitación de un posible referente literario para una relectura de la cuentística latinoamericana, constituye en sí misma todo un proyecto investigativo cuyos pasos iniciales ya han sido dados, en nuestra opinión, por dos autores venezolanos resaltantes dentro del campo de las ciencias humanas. Se trata, en primer lugar, de José Manuel Briceño Guerrero, sobre todo por las propuestas formuladas en El laberinto de los tres minotauros (1994) y, en segundo término, de Alejandro Moreno Olmedo, autor de El aro y la trama. Episteme, modernidad y pueblo (1995). Los logros teóricos de ambos nos servirán de fundamentos para una descripción sucinta de los universos discursivos que, siguiendo la terminología de Lotman, denominaremos los sistemas semiológicos modelantes de la cultura latinoamericana contemporánea, y que constituyen las matrices míticas, ideológicas y epistémicas a partir de las cuales ésta ha intentado representarse a sí misma.

Briceño Guerrero ha determinado que la América mestiza ha producido, básicamente, tres universos referenciales definitorios de su modo de ser. Debido a la claridad con que recoge sus planteamientos esenciales, transcribiremos a continuación un largo fragmento del prólogo de su obra mencionada:

TRES GRANDES discursos de fondo gobiernan el pensamiento americano. Así lo muestran la historia de las ideas, la observación del devenir político y el examen de la creatividad artística.
Por una parte el discurso europeo segundo, importado desde fines del siglo dieciocho, estructurado mediante el uso de la razón segunda y sus resultados en ciencia y técnica, animado por la posibilidad del cambio social deliberado y planificado hacia la vigencia de los derechos humanos para la totalidad de la población, expresado tanto en el texto de las constituciones como en los programas de acción política de los partidos y las concepciones científicas del hombre con su secuela de manipulación colectiva; potenciado verbalmente con el auge teórico de los diversos positivismos, tecnocracias y socialismo con su alboroto doctrinario en movimientos civiles o militares o paramilitares de declarada intención revolucionaria. Sus palabras claves en el siglo pasado fueron modernidad y progreso. Su palabra clave en nuestro tiempo es desarrollo. Ese discurso sirve de pantalla de proyección para aspiraciones ciertas de grandes sectores de la población y del psiquismo colectivo, pero también sirve de vehículo ideológico para la intervención de las grandes potencias políticas e industriales del mundo en esa área y es, en parte, resultado de esa intervención; sólo en parte, pues responde también, poderosamente, a la identificación americana con la Europa segunda.
Por otra parte, el discurso cristiano‑hispánico o discurso mantuano heredado de la España imperial, en su versión americana característica de los criollos y del sistema colonial español. Este discurso afirma, en lo espiritual, la trascendencia del hombre, su pertenencia parcial a un mundo de valores metacósmicos, su comunicación con lo divino a través de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, su ambigua lucha entre los intereses transitorios y la salvación eterna, entre su precaria ciudadela terrestre y el firme palacio de múltiples mansiones celestiales. Pero en lo material está ligado a un sistema social de nobleza heredada, jerarquía y privilegio que en América encontró justificación teórica corno paideia y en la práctica sólo dejó como vía de ascenso socioeconómico la remota y ardua del blanqueamiento racial y la occidentalización cultural a través del mestizaje y la educación, doble vía simultánea de lentitud exasperante, sembrada de obstáculos legales y prejuicios escalonados. Pero si el acceso a la igualdad con los criollos quedaba, en la práctica, cerrado para las grandes mayorías, el discurso en cambio se afianzó durante los siglos de colonia y pervive con fuerza silenciosa en el período republicano hasta nuestros días estructurando las aspiraciones y ambiciones en torno a la búsqueda personal y familiar o clánica de privilegio, noble ociosidad, filiación y no mérito, sobre relaciones señoriales de lealtad y protección, gracia y no función, territorio con peaje y no servicio oficial aún en los niveles limítrofes del poder. Supervivencia del ethos mantuano en mil formas nuevas y extendidas a toda la población.
En tercer lugar el discurso salvaje; albacea de la herida producida en las culturas precolombinas de América por la derrota a manos de los conquistadores y en las culturas africanas por el pasivo traslado a América en esclavitud, albacea también de los resentimientos producidos en los pardos por la relegación a larguísimo plazo de sus anhelos de superación. Pero portador igualmente de la nostalgia por formas de vida no europeas no occidentales, conservador de horizontes culturales aparentemente cerrados por la imposición de Europa en América. Para este discurso tanto lo occidental hispánico como la Europa segunda son ajenos y extraños, estratificaciones de la opresión, representantes de una alteridad inasimilable en cuyo seno sobrevive en sumisión aparente, rebeldía ocasional, astucia permanente y oscura nostalgia.
Estos tres discursos de fondo están presentes en todo americano aunque con diferente intensidad según los estratos sociales, los lugares, los niveles del psiquismo, las edades y los momentos del día (1994: 7‑9).

La sincronicidad de estas tres lógicas discursivas, disímiles y antagónicas, le imprimiría a la cultura latinoamericana una tensión permanente de fuerzas contradictorias y mutuamente neutralizadoras, un “nihilismo caotizante” que alimentaría una actitud irresoluta y conflictiva frente a la expansión universal del poderío de la Europa segunda o modernidad.

Moreno Olmedo (1995: 55, 71) prefiere hablar de epistemes y no de discursos. Ampliando el concepto de Foucault, afirma que la episteme, en cuanto matriz, se concibe como un sistema de representaciones generales en constante producción y reproducción, desde el fondo no representado (pero representable mediante la crítica hermenéutica) a la superficie de las representaciones y los discursos. Así pues, la episteme constituiría la racionalidad implícita en la praxis vital social de una cultura, y establecería “la condición de posibilidad de los lenguajes”. Sin embargo, el autor no deja de reconocer que “los discursos son la epifanía de la episteme” y que “en ellos, escritos cuando pertenecen al pasado, es donde el trabajo hermenéutico encuentra mayores facilidades”.

Otra diferencia con Briceño Guerrero radica en que Moreno delimita sólo dos epistemes fundamentales en la cultura venezolana y latinoamericana en general. Por una parte, estaría la episteme moderna producida en Occidente por el mundo de vida burgués y centrada en el individuo; y, por la otra, la episteme popular, totalmente ajena a la praxis social y los discursos de la modernidad, y centrada en las relaciones convivenciales dentro de la comunidad, en tanto que realidad previa y definitoria del ser/estar de la persona. De acuerdo con esto:

El mundo popular estará… definido por el vivir la relación. Si tiene sentido el discurso hasta aquí desarrollado, y el mundo de vida pone las condiciones del conocer, la episteme, el modo general de conocer de nuestro pueblo, es un conocer desde la relación y por relaciones (1995: 457).

Pero este mundo de vida popular parece sobrevivir a duras penas, “marginado, reprimido” por la capacidad casi exclusiva de la modernidad para imponer sus discursos como los únicos posibles. De ahí la dificultad de acceder a este universo por otra vía que no sea la “inmersión vital en la relación”, la convivencia incondicio­nal dentro de la trama de relaciones que constituye la comunidad popular. A pesar de estos impedimentos para producir o interpretar un discurso auténticamente generado desde esta episteme, Moreno (ibid.: 458) reconoce que

Dos productos culturales latinoamericanos de plena actua­lidad, por lo menos, parecen estar regidos por el mismo fundamento epistémico: la literatura más relevante y la teología de la liberación.
¿Sobre cuál matriz epistémica está pensado el mundo de Macondo? ¿Y la teología de la liberación?.

La intuición de que existe en nuestra literatura una conexión con un discurso profundo configurador de la vida cultural autóctona, es una idea germinal en este autor que deja abierto todo un campo de trabajo para los estudiosos de la narrativa latinoamericana.

A manera de síntesis, nos interesa destacar que a pesar de al­gunas diferencias conceptuales evidentemente significativas, hay un substrato básico de observaciones comunes que permite consi­derar las conclusiones de ambos investigadores como esencialmente complementarias. En primer lugar, es notoria la percepción com­partida en torno a la existencia de diversas matrices discursivas en el seno de la cultura, con un talante antagónico que dificultaría su completa integración. En segundo término, tanto el discurso salva­je mencionado por Briceño como la episteme popular de Moreno, designan una actitud colectiva de radical oposición y extrañamien­to frente a la modernidad, independientemente de los rasgos atri­buidos y tal vez aún insuficientemente estudiados a esta versión del mundo de origen no occidental. Por último, es posible concebir la episteme moderna como una estructura englobante de lo que Briceño ha seccionado en dos discursos representativos de fases sucesivas de un mismo proceso histórico; es decir, el discurso mantuano y el de la Europa segunda no serían más que expresio­nes de dos momentos copresentes en la memoria colectiva actual­ del doloroso proceso de acoplamiento de las sociedades latinoamericanas a los designios de la voluntad de poder de la civilización occidental.

RULFO Y LA ORALIDAD DEL “MÉXICO PROFUNDO”

El ojo, dice Alejandro Moreno, es el órgano paradigmático de la racionalidad de Occidente en sus diversas fases evolutivas:

Tanto en la episteme griega, cuanto en la feudoaristocrática, como en la burguesa, el ojo es sentido príncipe, pero en cada una es un ojo cualitativamente distinto.
Regida por su propio ojo, la racionalidad feudoaristocrática es una racionalidad coherente… pero cualitativamente distinta de la que impondrá más tarde la burguesía, una racionalidad de fundado a fundamento y viceversa, relacional‑cualitativa, y no de medios a fines –sin viceversa- como la moderna, así bien definida por Max Weber (1995: 122).

La relación del ojo con la escritura y la lectura ha sido señalada por Walter Ong, quien además opone la audición a la vista como sentido fundante de las culturas orales. Así pues, ojo y audición parecen estar relacionados con la oposición entre episteme moderna y episteme popular, como lo evidencia el hecho de que, según comenta el mismo Ong (1993: 77-78): “la escritura y lo impreso aíslan” a los sujetos pertenecientes a las culturas fundadas en la vista, en tanto que “la palabra hablada hace que los seres humanos formen grupos estrechamente unidos”. La oralidad y no la escritura, será entonces la modalidad discursiva a través de la cual se exprese, naturalmente, la episteme popular.

Uno de los rasgos más notables de la narrativa de Rulfo es, precisamente, haber logrado recrear en la escritura la oralidad propia de las comunidades campesinas de Jalisco, su tierra natal. Como ha indicado Carlos Pacheco (1992: 67), la labor esencial del escritor mexicano ha sido la construcción de un lenguaje oralizado cuya virtud consiste en su capacidad de interrumpir y dislocar las perspectivas y formas de expresión propias de la escritura para abrir en el texto un espacio a la otredad de la cultura profunda del pueblo mexicano.

En el relato El día del derrumbe de su libro El llano en llamas, uno de los recursos por medio de los cuales se logra reconstruir la oralidad convivencial, consiste en que la historia es narrada por dos personajes que dialogan frente a un grupo de vecinos, rememorando la visita que hiciera el gobernador al pueblo con ocasión de un terremoto devastador:

Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón?
-No, fue el pasado.
-Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno. Óyeme, Melitón, ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor? (1975: 134).

Desde un principio notamos que el texto está siendo producido por un sujeto colectivo, por una comunidad dialogante y no por uno o varios individuos. Se trata de una enunciación conversacional en la que el ejercicio compartido de la memoria permite preservar y transmitir la anécdota.

Por esta misma razón, no puede hablarse en el plano del enunciado sino de un actante grupal, integrado por la comunidad, si bien en oposición con una figura esencial de la trama, ligada a otro ámbito: el gobernador, que visita el pueblo no para resolver los problemas, sino para causar otro con los gastos que implica atenderlo a él y a su séquito:

Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté allá metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo conocido. ¿O no es así, Melitón? (ibid.: 135).

El funcionario, acompañado de un “geólogo y gente conocedora”, viene a disfrutar de un banquete y pronunciar un discurso que contrasta, por su lenguaje, con el habla local. Su lengua es otra, la de una modernidad inaccesible, opresora, con la cual no hay diálogo sino enfrentamiento solapado. Se trata del discurso del poder mantuano que, como bien lo señala Briceño Guerrero, utiliza los valores del progreso occidental como consignas propagandísticas; con la finalidad de justificar y encubrir los privilegios de la “revolucionario” oligarquía mexicana:

“‑ Mi trazo es el mismo, conciudadanos. Fui parco en promesas como candidato, optando por prometer lo que únicamente podía cumplir y que al cristalizar, tradujérase en beneficio, colectivo y no en subjuntivo, ni participio de una familia genérica de ciudadanos. Hoy estamos aquí presentes, en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mi programa de gobierno…” (ibid.: 138‑139).

Sin embargo, no hay que olvidar que esta proclama es la versión que han memorizado los relatores, haciendo gala no sólo de una extraordinaria capacidad mnemotécnica, sino también de una aguda inclinación por la ironía, por la carnavalización (Pacheco, 1992: 100) de una figura opresiva frente a la cual, el discurso salvaje, no tiene más opción que la burla y la desmitificación. El gobernador se revela entonces como un abusador, como un glotón engañado por un pueblo que le sirve carne de venado haciéndole creer que es barbacoa de res, como un orador huero a quien apenas un borracho lanza vivas y cuya perorata se ve interrumpida por una trifulca:

“Y el gobernador ni se movía, seguía de pie. Oye, Melitón, cómo es esa palabra que se dice…”
‑Impávido.
‑Eso es, impávido. Bueno, con el argüende de afuera la cosa aquí dentro pareció calmarse. El borrachito del “exacto” estaba dormido; le habían atinado un botellazo y se había quedado todo despatarrado tirado en el suelo. El gobernador se arrimó entonces al fulano aquel y le quitó la pistola que tenía todavía agarrada en una de sus manos agarrotadas por el desmayo. Se la dio a otro y le dijo: “Encárgate de él y toma nota de que queda desautorizado a portar armas”. Y el otro contestó: “Sí, mi general.” (Rulfo, 1975: 141).

El rol de la memoria resulta especialmente significativo en este texto, porque sus referencias detalladas y sus lagunas, sus claridades y sus imprecisiones, constituyen indicios de formas distintas de valorar aspectos espaciales y temporales ligados a epistemes antagónicas. Así, por ejemplo, mientras los narradores recuerdan con exactitud las palabras del visitante, la comida servida o la ropa que traía puesta, por cuanto les sirven de ingredientes para la satirización del poder; dicen haber olvidado o tal vez no haber sabido nunca, a quién representa la estatua colocada en la plaza del pueblo, sugiriendo de este modo la ausencia de significado que tienen para ellos los símbolos de una institucionalidad mantuano‑moderna, apenas aceptada en el cumplimiento ambiguo de sus rituales:

Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes, que tenía la cara alzada… Y habló. Habló de Juárez que nosotros teníamos levantado en la plaza y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creíamos que podía ser Hidalgo o Morelos o Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función. Hasta que el catrincito aquel nos vino a decir que se trataba de don Benito Juárez. ¡Y las cosas que dijo! ¿No es verdad, Melitón? Tú que tienes tan buena memoria te has de acordar bien de lo que recitó aquel fulano (ibid.: 136).

Estos vacíos y fijaciones del recuerdo remiten también a una forma de apreciar la temporalidad, distinta a la imperante en el mundo moderno. Se trata de un tiempo casi inconmensurable, ligado más bien a los ciclos naturales de nacimiento, maduración y muerte, y no a las exigencias productivas que demandan una creciente precisión de los relojes en las ciudades occidentalizadas. Así, cuando a uno de los interlocutores se le pregunta si hay o no iglesia en un poblado vecino, éste responde: “‑ No la hay. Allí no quedan más que unas paredes cuarteadas que dicen fue la iglesia hace algo así como doscientos años; pero nadie se acuerda…” (ibid.: 134). Del mismo modo, ante la insistencia por recordar la fecha exacta de la infausta visita del dirigente, que parece también habérseles olvidado, Melitón precisa:

“Ora me estoy acordando que sí fue por el veintiuno de septiembre el. Borlote: porque mi mujer tuvo ese día a nuestro hijo Merencio, y yo llegué ya muy noche a mi casa más bien borracho que buenisano” (ibid.: 141‑142).

De esta forma, el relato hace referencia a universos culturales distintos, en conflicto, aunque desde la perspectiva de quienes quedan definidos, por el lenguaje mismo, como miembros de un sector de la sociedad enraizado en la episteme popular. Son personajes de las comunidades orales del campo mexicano, que sirven de inspiración a la narrativa de Rulfo, tanto por sus valores ancestrales como por la sonoridad provinciana de su verbo.

UN PUEBLO EN RUINAS EN ESPERA DE MEJOR SUERTE

El mar del tiempo perdido es un relato escrito por Gabriel García Márquez, en el que se retrata la vida de un villorio costeño, aletargado frente al mar. Un repentino olor a rosas, proveniente del océano, reaviva las actividades de sus calles, que se ven súbitamente inundadas de visitantes, entre los que destaca un gringo que dice haber venido para resolverles sus problemas: el señor Herbert. Este resulta ser una especie de apostador que deja esquilmados a los ya miserables habitantes del lugar, bajo el pretexto de que está promoviendo “el más equitativo sistema de distribución de la riqueza”.

Al igual que en el cuento de Rulfo, puede decirse que el actante principal de la historia es el pueblo entero, debido a que todos se ven envueltos, de una u otra forma, en las peripecias de la trama. En efecto, aunque en un principio se nos dice que sólo Tobías y Petra sintieron el olor a rosas la primera noche en que apareció, luego se evidencia que todos los moradores están siendo afectados por el mismo fenómeno:

El viejo Jacob hizo un silencio acostumbrado. Luego, habiéndose dejado despojar de sus mejores fichas, suspiró:
‑Es que, según parece, Petra se va a morir…
‑ ¿Qué le pasa?
‑Anoche –explicó el viejo Jacob‑ sintió un olor de rosas.
‑Entonces se va a morir medio pueblo –dijo don Máximo Gómez‑. Esta mañana no se oyó hablar de otra cosa. (García Márquez, 1982: 18).

Este aroma maravilloso hace proclamar a un cura, venido entre la oleada de fuereños, que éste es un pueblo elegido. Se trata del “olor de Dios”, de acuerdo con lo que en alguna parte explican las Sagradas Escrituras. Razón por la cual se sintieron afortunados y vieron renacer sus adormecidas ambiciones de riqueza. Sin embargo, estas aspiraciones que pareciera van a ser satisfechas gracias a los ofrecimientos del Sr. Herbert, no desencadenan un esfuerzo sostenido de producción al estilo moderno, sino que más bien buscan salida a través del juego y las apuestas, o actividades habituales difícilmente generadoras de una riqueza perdurable. Este hecho, junto a la ya comentada existencia de un sujeto colectivo, representa un indicio de que estamos en presencia de otra manifestación literaria de la episteme popular, del mundo de vida del hombre latinoamericano que vive en el modo de producción moderno, pero éste no lo constituye como ser en el mundo, no lo hace existente. Tampoco otro modo de producción cualquiera. La producción no es su mundo. Su mundo es el entramado de relaciones que se teje sobre todo en el vecindario y la familia (Moreno, 1995: 439).

No se quiere decir con esto que no existan en esta versión del mundo el trabajo y la técnica. Lo que sucede es que éstos no se ponen en marcha con miras en la generación de riqueza, sino el propósito de mantener al día las relaciones convivenciales. Esta connotación popular de la laboriosidad queda explícita en el siguiente fragmento:

Habían venido tres hombres y una mujer. Catarino pensó que más tarde podían venir otros y trató de componer la ortofónica. Como no pudo, le pidió el favor a Pancho Aparecido, que hacía toda clase de cosas porque nunca tenía nada que hacer y además tenía una caja de herramientas y unas manos inteligentes.
La tienda de Catarino era una apartada casa de madera frente al mar… mientras observaban el trabajo de Pancho Aparecido, los tres hombres y la mujer bebían en silencio sentados en el mostrador, y bostezaban por turnos. (García Márquez, ibid.: 22)

El gringo Herbert, por otra parte, representa cabalmente la episteme moderna, pues además de trabajar sólo en pro del enriquecimiento propio sin importarle los perjuicios que pueda causar a otros, establece una relación con la naturaleza netamente instrumental, signada por sus intereses productivos. Tobías, en cambio, piensa que el mar no debe ser intervenido por el hombre por tratarse de un lugar sagrado:

El señor Herbert no encontró suficientes cangrejos. Al atardecer, invitó a Tobías a buscar algo que comer en el fondo del mar.
-Oiga –lo previno Tobías-. Sólo los muertos saben lo que hay allá adentro.
-También lo saben los científicos –dijo el señor Herbert-. Más abajo del mar de los naufragios hay tortugas de carne exquisita. Desvístase y vámonos. (ibid.: 33)

Herbert ejerce aquí una función similar a la del gobernador en el relato de Rulfo. Es un extraño, un ser surgido de un universo cultural distinto que, sin embargo, cumple un destino histórico imbricado con el de los personajes del mundo de vida popular: es su explotador quien los sojuzga, utilizando como justificación la promesa del progreso y del bienestar material. De hecho, así como el gobernador visita el pueblo armado de un irrealizable programa de gobierno; Herbert ofrece un porvenir luminoso, típicamente moderno, a los mismos a quienes acaba de quitarles sus últimas posesiones:

Fue así como el señor Herbert se quedó con la casa del viejo Jacob. Se quedó, además, con las casas y propiedades de otros que tampoco pudieron cumplir, pero ordenó una semana de músicas, cohetes y maromeros y él mismo dirigió la fiesta.
Fue unas semana memorable. El señor Herbert habló del maravilloso destino del pueblo, y hasta dibujó la ciudad del futuro, con inmensos edificios de vidrio y pistas de baile en las azoteas… (ibid.: 31)

Hasta la muerte, que tiene lugar en el universo discursivo del relato en el mar donde van a parar los fallecidos, es vencida, aparentemente, por este millonario a quien ningún obstáculo parece detener. Al menos así se desprende de sus propias palabras: “Tengo tanto dinero –dijo el señor Herbert- que no hay ninguna razón para que me muera” (ibid.: 31)

Para la gente del poblado, contrariamente, el destino depende de los flujos y reflujos de la naturaleza, de los designios oscuros de un cosmos inescrutable y no de la voluntad individual. De ahí que la ruina inmemorial de la aldea se origine en un mar que arroja basura y pestilencia sobre la playa, y que la bonanza pasajera provenga del extraño olor a rosas que, inesperadamente, brota de esas mismas aguas.

También el tiempo parece transcurrir en una dimensión distinta a la de la modernidad. Su ritmo es más lento, difuso, casi marcado únicamente por el ir y venir de las olas o por el silencio nocturno de las estrellas. Sólo algunas experiencias esenciales, guardadas en la memoria, parecen servir de hitos capaces de alertar a la conciencia acerca de la marcha indetenible del mundo:

Tobías encontró a todo el mundo despierto después de las nueve. Estaban sentados a la puerta escuchando los viejos discos de Catarino, en la misma actitud de fatalismo pueril con que se contempla un eclipse. Cada disco les recordaba a alguien que había muerto, el sabor que tenían los alimentos después de una larga enfermedad, o algo que debían hacer al día siguiente, muchos años antes, y que nunca hicieron por olvido (ibid.: 22)

Nuevamente el recuerdo se torna sustancial en tanto que recurso de un mundo de vida básicamente oral, para preservar la propia identidad frente a la acometida de un tiempo totalmente otro. Intruso poderoso que una enunciación proferida desde el lado de los humildes, combatirá con los dardos de la sátira, la hipérbole desmitificadora y el olvido.

UNA VISION APOCALIPTICA DEL MUNDO MODERNO

El escritor venezolano Julio Garmendia (1927, 1951, 1979) ha conseguido plasmar en su relato La máquina de hacer ¡pu! ¡pu! ¡puu! una de las sátiras más risueñas y corrosivas de la narrativa nacional, acerca de las tremendas contradicciones que amenazan a la civilización industrial. Dentro del tono alegórico-paródico que el crítico Víctor Bravo (1993) ha señalado como característico de la cuentística del autor, se desenvuelve esta historia protagonizada por la última gran invención de la tecnología contemporánea: nada más y nada menos que una máquina capaz de fabricar, con mayor eficiencia y calidad, el excremento humano. De acuerdo con la narración, pronto nadie, salvo algunos excéntricos tradicionalistas, quiso volver a producir el mencionado artículo a través de los arcaicos métodos naturales. En consecuencia, la misma necesidad de alimentarse cayó en desuso y, con ella, la agricultura, la ganadería y las demás ramas de la economía moderna se fueron a pique. Las grandes potencias, por razones de seguridad, deciden entonces acaparar en enormes depósitos subterráneos la innovadora mercancía, hasta que un día el vientre hinchado de la tierra estalla y un diluvio viscoso arrasa con todo vestigio de vida en el planeta.

En este texto, la ironía del discurso salvaje opera mediante una reproducción carnavalesca (Kristeva, 1981, t. 1) del lenguaje publicitario de la industria, similar a la efectuada en el relato de Rulfo respecto a la retórica de los funcionarios del gobierno, o la hecha por García Márquez en relación con los planes de los inversionistas norteamericanos. De esta forma, el discurso europeo segundo es desarmado por una literatura que aparece escrita desde otro lugar, desde una episteme alterna a la de Occidente, llena de recelo frente a la imposición universal de un poderío ajeno y enajenador:

Era la última palabra en materia de adelantos científicos; al fin, después de pacientes y laboriosos esfuerzos, experimentos y tanteos, se había logrado fabricar por vía sintética aquello que la máquina fabricaba. El mundo entero recibió la noticia del sensacional descubrimiento dejándose llevar por un irreflexivo y quizás desmedido sentimiento de entusiasmo y orgullo. Fue una ola de optimismo y de ilimitada confianza en el futuro (Garmendia, 1979: 35).

La falsa promesa vuelve a aparecer como característica intrínseca del lenguaje de la modernidad, en violento contraste con un sentimiento de nostalgia ante la tradición a punto de perderse o ya perdida, claramente identificado por Briceño Guerrero como rasgo propio del discurso salvaje. La voz del narrador, igual que en el relato anterior, es la de una tercera persona que, sin embargo, se identifica, a través de la sorna o la añoranza, con los valores de la cultura amenazada:

Para decirlo todo de una vez, había llegado la época del pupú prefabricado, a mínimo precio y óptima calidad inmejorable, y la antigua y pequeña industria doméstica languidecía, agonizaba y desaparecía rápidamente… Sólo uno que otro empecinado o testarudo se revelaba; había aún gente por demás anticuada y gruñona, reacia por naturaleza a todo espíritu de innovación, gentes aferradas a los caducos usos y costumbres del pasado -¡gente de tradiciones!, en una palabra, amiga de conservatismos y antecedentes- y sólo éstos preferían atenerse todavía a los ya desechados métodos y sistemas; seguían haciendo pupú de acuerdo con las empíricas y antieconómicas recetas de otro tiempo, en antihigiénica forma doméstica (Garmendia, ibid.: 36).

Se está aquí, una vez más, en presencia de una gramática social ajena al modo de producción burgués, una racionalidad apegada a los ritmos de la naturaleza más que a la temporalidad acelerada de la megalópolis, un universo donde la convivencia frugal en el espacio doméstico y no la búsqueda competitiva de la riqueza, determina el sentido de la vida.

Otro rasgo notable de este relato de Garmendia es que el narrador parece pertenecer a una época totalmente diferente a la de la sociedad tecnológica referida en la historia. Se trata de una voz que presumiblemente conoce los hechos, porque los ha leído en los textos conservados de algunos memorialistas muertos justo el día de la destrucción final de la Tierra. Paradójicamente, el relator angustiado por las viejas tradiciones condenadas a desaparecer por el progreso, se revela también como una conciencia posthistórica que lleva a cabo su enunciación desde algún punto ubicado en el porvenir; con lo que una especie de temporalidad circular estaría implícita más allá de la cronología lineal que estructura las acciones dentro del orbe industrializado:

Pero, ese día, ¡no quedó ningún memorialista para contar lo que pasó! Tan sólo –y eso porque se refiere al comienzo o despuntar de aquel monstruoso día-, tan sólo se conoce este detalle: Las máquinas de hacer pupú hacían ¡pu! ¡pu! ¡pu! ¡puuuuu!....Como tampoco quedó nadie para detenerlas, cuando ya no faltaba más a quien ahogar en aquella inmensa masa desolada que recubría los continentes y océanos, en el eterno silencio las máquinas siguieron largo tiempo: ¡pu! ¡pu! ¡pu! ¡pu! ¡puuuu! (ibid.: 38-39).

Esta dualidad de tiempos no es otra cosa que una consecuencia de la dualidad de mundos, en tanto que contraposición sincrónica de epistemes o discursos diversos en el seno de la cultura. Lo mismo puede afirmarse en relación con otras propuestas narrativas de Garmendia entre las que valdría la pena mencionar a El médico de los muertos, La tienda de muñecos, Manzanita o El señor Del Martillo. En todas ellas palpitan, de una u otra manera, la nostalgia y el talante apocalíptico propios de una mirada que se reconoce atrapada en las redes de una modernidad que es / no es suya.

EPILOGO

La problemática contemporánea en torno a la móvil demarcación de los saberes, ha propiciado un replanteamiento de las oscurecidas relaciones entre literatura y realidad, de hondas implicaciones a la hora de ponderar la eficacia epistemológica de la ficción, su capacidad referencial de alusión a los asuntos nodales de la cultura.

La lectura comparada de los relatos hasta aquí comentados, pertenecientes a tres de los más importantes narradores del siglo en América Latina, nos ha permitido estructurar un conjunto de relaciones isomórficas entre los rasgos intratextuales del discurso literario y los sistemas semiológicos modelantes de nuestra cultura, al menos tal y como estos últimos han sido definidos en las obras de Alejandro Moreno y José Manuel Briceño Guerrero. Las epistemes o discursos descritos por los investigadores venezolanos, han resultado prolíficos para la labor hermenéutica de sacar a la luz, una serie de connotaciones profundas de los textos que, de otra manera, habría sido muy difícil inferir.

Si bien es cierto que la muestra de obras seleccionadas ha sido reducida, lo que ha podido inclinar fácilmente la balanza a favor de los supuestos de la indagación, es oportuno advertir que el propósito de estas páginas no era otro que adelantar un esbozo o globo de ensayo, de un proyecto de mayor envergadura que, en lo sucesivo, habrá de confrontar sus hipótesis y su metodología con un espectro mucho más vasto del universo cultural y la producción literaria de nuestro continente.

De cara a la actual crisis de los saberes y valores que han servido de fundamento a la modernidad, un estudio como éste pudiera resultar sumamente estimulante para el indispensable proceso de introspección histórica que los latinoamericanos estamos obligados a emprender, en virtud de los cada vez mayores síntomas de inviabilidad que los planes de modernización de nuestras sociedades están evidenciando en el presente.

Tal vez así, la literatura consiga concretar su aporte, apoyada en la sabiduría que tantas veces se le ha querido desconocer, en la iluminación de los fundamentos de un proyecto civilizatorio alternativo, mucho más cónsono con los perfiles polimorfos de nuestra identidad colectiva. Sólo entonces comenzará a florecer, ojalá más pronto que tarde, un pensamiento independiente de los discursos enmascaradores que, hasta el presente, nos han impedido reconocernos del modo en que nuestra subjetividad y nuestra praxis social contradictoria nos han otorgado la posibilidad de ser.

Fuente:

Fernández Colón, G. (1998). Notas para una etnocrítica del cuento latinoamericano. Zona Tórrida, 30, 83-110. Valencia, Venezuela: Universidad de Carabobo.