Una visión latinoamericana del dilema contemporáneo entre la devastación capitalista del hombre y de la Tierra o el surgimiento de una nueva civilización
Gustavo Fernández Colón
Gustavo Fernández Colón
Ponencia para el II Foro Internacional de Filosofía de Venezuela
Caracas, 06 al 10 de julio de 2006
Caracas, 06 al 10 de julio de 2006
RESUMEN: En el presente trabajo el autor intenta abordar la crisis contemporánea del capitalismo globalizado en términos de la concurrencia de múltiples ondas de inestabilidad sistémica de orden ecológico, tecnológico, económico, político y cultural. La sincronicidad de todos estos procesos de cambio hace de la actual encrucijada histórica una crisis multidimensional, que está obligando a la especie en su conjunto a escoger entre la devastación capitalista del hombre y de la Tierra o la construcción de una nueva civilización.
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Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la devastación de la naturaleza y de los pueblos pobres del Norte y del Sur, como resultado de la extensión planetaria del capitalismo. La raíz de la crisis: el paradigma ético del individualismo competitivo y su corolario económico de la lucha sin tregua por la máxima ganancia, al margen de cualquier otra consideración de orden social, ecológico, político o cultural.
No se trata solamente de un sistema de relaciones económicas cuyas reglas de juego conducen, fatalmente, a la opulencia de una minoría y a la miseria y la exclusión de las mayorías. Además de eso, la encrucijada por la que atraviesa hoy la humanidad nos obliga a repensar el sentido de las instituciones y las tecnologías producidas en los últimos doscientos años para dominar y transformar a la naturaleza. Nos obliga a ensayar nuevos modos de organizar la toma de decisiones políticas, hoy secuestrada por las élites económicas y militares del “casino global”. Nos obliga a inventar otra manera de afrontar los desafíos de la educación, la comunicación y la convivencia entre los pueblos, para impedir el exterminio de la diversidad de las culturas creadas por el ingenio de la especie. En fin, la exacerbación de la inestabilidad y los conflictos que todos los individuos y sociedades del mundo sufrimos en la actual transición histórica, responde a una dinámica mucho más profunda que la de una debacle cíclica de la economía de mercado y se revela, cada vez más, como una crisis civilizatoria.
Son al menos cinco las dimensiones cruciales de esta crisis.
La primera es la transición de la era de las energías contaminantes (carbón, petróleo, gas, energía nuclear) a la era de las energías limpias (eólica, solar, hídrica, geotérmica), indispensable si queremos revertir la destrucción de los ecosistemas de los cuales depende nuestra supervivencia.
La segunda transición es la que marca el paso desde la propiedad privada y la gestión vertical de los medios de producción, hacia la propiedad colectiva y la gestión horizontal de los mismos. Esta dimensión económica de la transformación en curso, tiene sus antecedentes en las distintas vertientes de la tradición socialista y libertaria, derivada de más de dos siglos de luchas populares para superar la pobreza y la exclusión provocadas por la “mano invisible” del mercado.
La tercera es la transición de la representación a la participación como criterios fundacionales de la organización política de la sociedad. La crisis de los partidos y de las instituciones clásicas de la democracia delegativa apunta a la necesidad de construir una nueva institucionalidad, que dé respuesta a los crecientes reclamos de participación permanente de los pueblos en la toma de decisiones sobre los asuntos de interés colectivo. En este contexto, la democracia participativa y la democracia directa son las tendencias que irrumpen como alternativas frente al viejo orden político agonizante en el horizonte del siglo XXI.
La cuarta transición se refleja en las luchas contemporáneas contra la homogeneización cultural, impuesta a sangre y fuego a partir del siglo XV con la colonización cristiano-occidental de América, África, Asia y Oceanía; e implantada con las armas de la seducción publicitaria, a partir del siglo XX, con las redes globales de la comunicación de masas. Frente a esta tentativa de aniquilación de las identidades originarias de los pueblos, brotan las fuerzas del multiculturalismo para combatir las taras de la discriminación, el racismo y la xenofobia, mediante la afirmación respetuosa de las diferencias y el diálogo paritario entre las civilizaciones.
Por último, la quinta transición tiene que ver con el desplazamiento de la sociedad patriarcal por una nueva era de igualdad entre los géneros, evidenciada en el protagonismo creciente de la mujer en el ejercicio de roles anteriormente reservados a los hombres y la reivindicación de los derechos civiles de las distintas identidades sexuales.
En síntesis, estas cinco tendencias y otras tantas que bullen en las entrañas del capitalismo globalizado, expresan la complejidad de una encrucijada histórica en la que la especie en su conjunto deberá escoger entre la aniquilación de la vida sobre la Tierra a la que, según todos los indicios, nos conduce la lógica del capital, o la construcción de un orden civilizatorio alternativo, sustentado en el respeto a los equilibrios ecológicos, la equidad social, la participación popular y la convivencia pacífica entre los pueblos. Es obvio que se trata de una dinámica signada por la incertidumbre y, en consecuencia, difícilmente predecible. De ahí que sólo podamos prever que tales cambios se produzcan en medio de una compleja trama de resistencias y conflictos, cuya resolución dependerá, en buena medida, de la capacidad de discernimiento y el empuje organizativo de los actores en pugna.
Es en este contexto donde el pensamiento ecosocialista aspira insertarse como expresión política de una ética global, centrada en la responsabilidad compartida de preservar la continuidad de la vida sobre la Tierra, mediante la selección de patrones tecnológicos y energéticos respetuosos de la salud del hombre y la naturaleza. Una ética que salvaguarde el derecho inalienable de los pueblos a escoger su propia senda de desarrollo en concordancia con los saberes ancestrales y las identidades culturales autóctonas. Una ética que haga posible la construcción de un nuevo ordenamiento económico internacional equitativo y solidario, donde la pobreza, la exclusión y la guerra fratricida se conviertan, más temprano que tarde, en vestigios de una etapa histórica superada por la humanidad.
LA CUESTIÓN DE LA TÉCNICA
LA CUESTIÓN DE LA TÉCNICA
La ciencia y la técnica no podían quedar al margen de esta mutación civilizatoria. En efecto, también en el campo de los saberes científico-técnicos la crisis de la modernidad ha tenido una de sus expresiones más notables en el tránsito del paradigma mecánico-causalista fundado por Descartes y Newton, al paradigma ecológico-indeterminista inaugurado por la física relativista y la mecánica cuántica (Bateson, 1980; Capra, 1982). En el ámbito de la filosofía y las ciencias sociales, asistimos al derrumbe de la vieja ontología esencialista fundada en las dicotomías del sujeto y el objeto, la res cogitans y la res extensa, lo científico y lo ideológico, el atraso y el progreso (Lanz, 1998; Vattimo, 1990), y presenciamos el desbordamiento de la organización disciplinaria del conocimiento como resultado de la irrupción de la problemática de la complejidad y la necesidad de abordarla mediante métodos transdisciplinarios (Morin, 2001; Vilar, 1997).
En estas circunstancias, sociedad y cultura comienzan a ser comprendidas, en su interioridad, como totalidades complejas, híbridas y polivalentes (García Canclini, 1990, 1995; Maffesoli, 1990, 1997), y en su exterioridad como sistemas abiertos en permanente interacción con su contexto ecológico, sin que sea posible concebir su configuración intrínseca desligándola de la dinámica de adaptación / transformación que la enlaza constitutivamente con su entorno (Rosnay, 1977; Vitale, 1983).
Por otra parte, el énfasis de las ciencias humanas, desde su constitución en el siglo XIX, en la dimensión técnico-económica de la organización social, se ha venido desplazando hacia la dimensión simbólica o, en otras palabras, hacia la cultura, en tanto que sistema de producción e intercambio de significados compartidos; con lo que la semiótica y la hermenéutica han entrado a disputarle a la economía política su posición dominante en el estudio de los fenómenos sociales (Lotman, 1996). Sin embargo, cabe estar precavidos frente a los extremos idealistas o solipsistas en los que ha desembocado cierta vertiente de la filosofía contemporánea para la cual “todo es discurso”. Pues la dimensión crucial del actual viraje epistemológico, no puede despacharse sin más como una sustitución del causalismo materialista de la ciencia moderna por el relativismo interpretativo de la llamada sensibilidad postmoderna, sino que nos impone la difícil tarea de trascender los reduccionismos y las explicaciones cerradas y concluyentes, y abrirnos con modestia al reconocimiento de la multidimensionalidad, la intersubjetividad, la historicidad y la incompletud de nuestro conocimiento de lo real.
En esa dirección, propuestas como las de Kuhn (1986) y Feyerabend (1981) sobre el carácter no acumulativo del conocimiento en virtud de las reiteradas mutaciones históricas sufridas por las reglas y las categorías adoptadas como universales por las comunidades científicas, y alegatos como los de Marcuse (1964) y Foucault (1988, 2002) acerca de las formas de dominación implícitas en la construcción social de los discursos, las teorías y las tecnologías, evidencian que ha venido ganando terreno el cuestionamiento a la objetividad y la neutralidad ética de las prácticas científicas, no sólo en el terreno de las ciencias sociales sino en el de las mismas ciencias naturales.
En el campo marxista, Gramsci ha sido tal vez el primero en formular nítidamente esta ruptura con la gnoseología positivista cuando escribió: "en realidad la ciencia es también una superestructura, una ideología" (1997:63). Una vez hecha esta constatación, resulta lógico reconsiderar la validez del principio determinista según el cual el desarrollo de las fuerzas productivas, al entrar en contradicción con las relaciones sociales de producción imperantes, es el principal desencadenante de los procesos revolucionarios. Máxime en una circunstancia histórica como la presente, donde las fuerzas productivas resultantes de la innovación científico-tecnológica se hallan cada vez más sometidas al control monopólico de las corporaciones transnacionales y, en consecuencia, están siendo modeladas permanentemente, desde su concepción hasta su aplicación, por el propósito de sostener las relaciones de dominación económica, política y militar imperantes. De ahí que, hoy más que nunca, cobren vigencia las previsiones de pensadores como Herbert Marcuse (1964), Murray Bookchin (1971), Fritz Schumacher (1973), Iván Ilich (1973) y David Dickson (1977), para quienes los instrumentos técnicos diseñados por las instituciones hegemónicas del capitalismo globalizado, tanto con fines productivos como destructivos, no podrán ser integrados dentro de un modo de producción alternativo sin que su adopción reproduzca las mismas - o incluso peores - relaciones de dominación y sin que la ideología materializada en su estructura y su funcionamiento impida la maduración de un nuevo orden social verdaderamente orientado a la liberación del hombre y la preservación de la vida[1].
Si admitimos que los procesos de cambio revolucionario implican una transformación profunda de la configuración de las relaciones sociales (de producción y de otros órdenes de la vida colectiva) o, en el lenguaje de Edgar Morin (1995), si admitimos que una revolución es un proceso de morfogénesis del circuito metabólico que enlaza a la infraestructura económica con la superestructura ideológica, se comprende que las prácticas sociales de producción de los saberes científicos y técnicos se modifiquen también, sustancialmente, a la par con los cambios operados en la esfera económica, política y cultural de la sociedad.
Cabe acotar que en modo alguno abogamos aquí por una filosofía ingenua de retorno a las cavernas o una condena dogmática al legado científico-técnico de la modernidad. Nuestro propósito es más bien llamar la atención acerca del riesgo de naufragio que correría cualquier proyecto socio-político alternativo al capitalismo, al dejarse capturar por el círculo vicioso de la copia compulsiva de los “avances” técnicos – tanto productivos como destructivos - de su adversario, sin una evaluación permanente de sus efectos ecológicos, sociales, políticos y culturales. No haber advertido este riesgo fue una de las principales razones del fracaso del socialismo del siglo XX o, más específicamente, de la implosión del socialismo real ensayado en la Unión Soviética y la regresión del socialismo chino hacia las formas más extremas del “capitalismo salvaje”. Pues tanto el colapso soviético como la recolonización de China por el capitalismo globalizado, son en gran medida el resultado de la opción de enfrentarse a la dinámica envolvente de la Guerra Fría desde el mismo marco epistémico de la modernidad industrialista de su oponente. Fue así como la competencia tecnológica y militar con las potencias capitalistas de Occidente asfixió, hasta hacerlo perecer, el impulso inicial en favor de la democratización radical de las decisiones políticas y la gestión horizontal de las actividades económicas.
A la luz de estas consideraciones, la creencia acrítica en la naturaleza universal y necesaria de las fuerzas productivas y destructivas desplegadas históricamente en el seno de las sociedades industrializadas, así como la idea de que su adopción acelerada es un requisito indispensable para la consolidación de cualquier proyecto de transformación revolucionaria de las naciones "subdesarrolladas", constituyen ideologemas provenientes de la episteme moderna compartida tanto por el positivismo (y sus derivaciones funcionalistas, neopositivistas y estructuralistas) como por el marxismo clásico. En consecuencia, cualquier estrategia de desarrollo científico-tecnológico edificada sobre estas bases, terminará reproduciendo las formas de dominación imperantes hasta el presente en las llamadas sociedades "periféricas" y, en consecuencia, jamás llegará a ser una política auténticamente revolucionaria, independientemente de que sus promotores crean estar promoviendo una revolución.
Y es que la magnitud de la crisis ecológica gestada por el modelo de desarrollo industrial adoptado en la actualidad por los tres mundos (en el lenguaje de la Guerra Fría), obliga a cuestionar los fundamentos mismos de la modernidad y su concepción del progreso, entendido como explotación técnica de la naturaleza y del hombre a escala planetaria. De ahí que el fomento de alternativas tecnológicas de producción y consumo, basadas en el respeto a la diversidad ecológica, y la organización cooperativa y autogestionaria de la acción económica, sean tareas urgentes para quienes esperamos que los valores de la vida se impongan sobre los antivalores de la muerte.
Otro flanco dramático del actual desarrollo prometeico de la técnica es el de la inmensa potencia destructiva del arsenal de armas biológicas, químicas y nucleares, que amenaza con borrar al hombre de la faz de la tierra. Esto obliga a pensar en el riesgo que implica el control excluyente que han venido ejerciendo los militares, los gobiernos y las corporaciones del primer mundo, sobre la investigación científica y tecnológica, hoy en día al servicio de la voluntad destructiva del Imperio que pretende regir los destinos del mundo. Un control que a fin de cuentas ha resultado ineficaz, cuando las leyes del mercado han puesto estos instrumentos de aniquilación masiva en manos del mejor postor o del aliado político de turno. Frente a estas realidades, únicamente la participación popular en la toma de decisiones sobre el financiamiento de la investigación militar, podrá ponerle freno a un gasto incuantificable e inmoral, que bien podría dirigirse hacia proyectos mucho más beneficiosos y urgentes para la humanidad. Las comunidades organizadas tendrán que ser, en las sociedades que aspiren sobrevivir al caos desatado por el capitalismo global, los nuevos actores responsables de la producción y el uso del conocimiento y las herramientas técnicas, destinadas a la paz o a la guerra, que los valores de la nueva civilización harán factibles sobre la base del respeto a la diversidad infinita de la vida.
En consecuencia, una transformación revolucionaria de las prácticas sociales de producción y reproducción de los saberes científicos y técnicos, implica un cambio paradigmático en el que resultarán modificados radicalmente cuando menos tres órdenes: a) el de la epistemología que sirve de fundamento a las prácticas de producción de estos saberes, b) el de la axiología que orienta los fines de la ciencia y la técnica y permite evaluar la adecuación entre medios científico-técnicos y fines sociales y c) el de los actores sociales que detentan la hegemonía en el campo de las prácticas científico-técnicas.
De aquí se infiere que, después del siglo XX, las revoluciones no puedan seguir concibiéndose únicamente como cambios en las formas de propiedad de los medios de producción. Obviamente estos cambios son necesarios y urgentes para superar la desigualdad y la exclusión, pero el punto es que han dejado de ser suficientes si se aspira que las revoluciones signifiquen de veras una transformación profunda del orden capitalista. El fracaso del socialismo industrialista-burocrático del pasado siglo ha dejado una lección irrecusable a este respecto.
Asimismo, una política auténticamente revolucionaria en el campo de la ciencia y la tecnología (y por lo tanto no reproductora del viejo orden capitalista y colonialista), tendrá que redefinir su ámbito de competencia mucho más allá del protagonismo excluyente ejercido en la modernidad por el mercado (a la derecha) y el Estado (a la izquierda). Pues para sortear el riesgo de reincidir en un simple cambio de rostros en la nomenclatura de la burocracia estatal o de las corporaciones privadas que hasta el presente han hegemonizado la producción de los saberes científico-técnicos, habrá que comenzar por identificar a los auténticos sujetos de la Revolución en curso y sus arraigos culturales más allá de las fronteras de los marcos epistémicos e institucionales de la tecno-burocracia pública y privada articulada a los intereses del capital transnacional. En segundo lugar, una vez reconocidos los nuevos actores sociales y sus marcos epistémicos, éticos y socioculturales, será necesario iniciar la transferencia progresiva del control sobre los procesos de producción y reproducción de los saberes científico-técnicos, de las manos del Estado y las corporaciones a las manos de las comunidades y redes sociales protagonistas del nuevo orden civilizatorio emergente. Nótese que esta "transferencia" va mucho más allá del proyecto ilustrado de democratización de la ciencia y la técnica producidas por la modernidad. Implica además (y en esto se juega su carácter auténticamente revolucionario) la posibilidad de refundar los procesos sociales de producción y reproducción de la ciencia y la técnica sobre las nuevas bases epistemológicas y axiológicas aportadas por los sujetos populares del cambio.
De esta manera, veremos surgir una ciencia y una técnica iluminadas por valores ecológicos, no depredadora y no contaminante; una ciencia y una técnica emancipadas y emancipadoras, que no reproduzcan la dinámica de explotación y exclusión propia de las relaciones de dominación capitalistas; una ciencia y una técnica surgidas de la raíz de las culturas originarias, indígenas, campesinas y populares aún sobrevivientes; una ciencia y una tecnología creada y gestionada equitativamente por hombres, mujeres y niños; una ciencia y una técnica que sin negarse a dialogar con los saberes heredados de la modernidad, impida activamente a las burocracias y las corporaciones arrebatarle el protagonismo en la configuración de su destino a los poderes creadores del pueblo. En fin, se trata de la enorme tarea de sustituir una ciencia de las minorías concebida para el sostenimiento del poder y la universalización de la muerte, por una ciencia gestada por las mayorías para el florecimiento de la vida y la diversidad de las culturas sobre el suelo nutricio de la Madre Tierra.
EL FIN DEL PETRÓLEO
Examinemos ahora, con más detenimiento, algunas de las múltiples dimensiones de esta crisis civilizatoria. Comenzaremos por el problema del inminente agotamiento de los patrones de consumo energético en los que se apoyó hasta el presente la industrialización. Sobre este punto, algunos especialistas señalan que el planeta cuenta con reservas de petróleo suficientes para satisfacer la demanda mundial aprovechables con la tecnología actualmente disponible, apenas hasta el año 2030. Los más optimistas alargan el plazo hasta mediados de siglo. Lo cierto es que la gran mayoría de los expertos coincide en afirmar que los días del petróleo barato y, más aún, los días de la industria dependiente de la quema de este combustible están llegando a su fin (Sierra, 2005).
Por otra parte, las crecientes evidencias de que los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) son los responsables del calentamiento global y las cada vez más virulentas perturbaciones del clima, como las sufridas recientemente en el Caribe y el Golfo de México, han vuelto a colocar sobre el tapete el controversial tema de la energía nuclear. Así, tanto George Bush en los Estados Unidos como Tony Blair en el seno de la Unión Europea, han insistido recientemente en la necesidad de reactivar las inversiones en la industria de generación de electricidad a partir de la energía atómica, en respuesta al alza prolongada de los precios del crudo provocada, entre otros factores, por la sangrienta ocupación de Irak y el incremento de la demanda en India y China.
Al menos en el Viejo Continente, las reacciones contrarias no se han hecho esperar en la opinión pública de diversos países que decidieron hace algunos años, ante el impacto del desastre de Chernóbil, desactivar sus centrales nucleares y reconvertirlas a otras fuentes como el gas, la energía eólica y la energía solar. De hecho, es significativa la lista de las naciones que - como Alemania, Austria, Suecia, Bélgica, Suiza, Dinamarca, Italia y Holanda – decidieron, mediante la promulgación de leyes o la realización de referendos consultivos, abandonar progresivamente esta peligrosa fuente de energía. Aunque también es cierto, por desgracia, que varios de los gobiernos actualmente en el poder en Europa han comenzado a mostrarse interesados en retomarla.
En Asia, el gobierno chino anunció hace poco su decisión de implementar un ambicioso plan para la construcción de molinos de viento destinados a la producción de electricidad, con miras a convertir la energía eólica en la tercera fuente energética de la nación para el año 2010.
En América Latina, también la Argentina ha comenzado a desarrollar dos importantes proyectos para generar electricidad a partir de la fuerza del viento en la Patagonia. Y en Brasil, aparte de su conocida iniciativa de utilizar etanol (alcohol extraído de la caña de azúcar) como combustible para los automóviles, el crecimiento de la industria de la energía eólica ha sido significativo, sobre todo a raíz de las sequías que han afectado en los últimos años su capacidad hidroeléctrica.
Lamentablemente, también la energía atómica ha experimentado un considerable avance en ambos países de América del Sur. Argentina, por ejemplo, ha incursionado en la fabricación y exportación de reactores nucleares para la producción de electricidad, mediante estrategias de negociación que han suscitado serias controversias. Este fue el caso del convenio de venta de una planta argentina a Australia suscrito en el año 2000, que contemplaba entre sus cláusulas el retorno a la patria de San Martín de los desechos radioactivos generados por el reactor instalado en las afueras de Sydney.
En América Latina, también la Argentina ha comenzado a desarrollar dos importantes proyectos para generar electricidad a partir de la fuerza del viento en la Patagonia. Y en Brasil, aparte de su conocida iniciativa de utilizar etanol (alcohol extraído de la caña de azúcar) como combustible para los automóviles, el crecimiento de la industria de la energía eólica ha sido significativo, sobre todo a raíz de las sequías que han afectado en los últimos años su capacidad hidroeléctrica.
Lamentablemente, también la energía atómica ha experimentado un considerable avance en ambos países de América del Sur. Argentina, por ejemplo, ha incursionado en la fabricación y exportación de reactores nucleares para la producción de electricidad, mediante estrategias de negociación que han suscitado serias controversias. Este fue el caso del convenio de venta de una planta argentina a Australia suscrito en el año 2000, que contemplaba entre sus cláusulas el retorno a la patria de San Martín de los desechos radioactivos generados por el reactor instalado en las afueras de Sydney.
Esta clase de acuerdos, muy en la tónica del “capitalismo salvaje” que causó estragos en el país sureño en la década de los noventa, refleja además la gravedad de los problemas que enfrentan las naciones comprometidas con la producción de energía atómica, tanto en el Norte como en el Sur. En Ucrania, Rusia y Bielorrusia, por ejemplo, según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, fallecieron al menos 50 personas y otras 4.000 padecerán de cáncer, leucemia y malformaciones congénitas a causa de la radiación liberada en Chernóbil (aunque, de acuerdo con las investigaciones de Greenpeace, las cifras oficiales ocultan la verdadera dimensión de esta tragedia cuyas víctimas pasarían de cien mil). En todo caso, el riesgo no se limita a eventuales accidentes en la operación de las centrales, sino al problema técnicamente no resuelto del manejo de los desechos radioactivos, cuyas emisiones letales perduran por miles de años. De ahí la apetitosa cotización en el mercado de los servicios de procesamiento de estos residuos ofrecidos por compañías públicas o privadas de países como Argentina, acusadas reiteradamente de convertir los territorios que las albergan en inhabitables basureros nucleares.
BRASIL: UN GIGANTE SEDIENTO
Pero no sólo las energías contaminantes como la nuclear o los combustibles fósiles están alcanzando sus límites ecológicos o económicos. Incluso otras fuentes energéticas limpias como la hidroelectricidad están sufriendo los embates de las perturbaciones del clima provocadas por el calentamiento global. La crisis desatada en los últimos años en Brasil a raíz del colapso de su sistema hidroeléctrico es un claro ejemplo de esta problemática y una campanada de alerta sobre todo para los países de la cuenca amazónica.
En efecto, en el año 2001, como resultado de la persistente sequía que azotó a este país, se redujo drásticamente la capacidad de generación de los embalses en los que se produce el 97% de la energía eléctrica consumida por la mayor economía de América del Sur. Para enfrentar el problema, el gobierno del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso se vio en la necesidad de designar un Comité de Administración de la Crisis Energética, que implantó un severo plan de recortes del consumo eléctrico, con medidas como la reducción de la semana laboral a cuatro días hábiles, el aumento general de las tarifas y la imposición de multas por consumo excesivo. Inmediatamente, el plan suscitó una oleada de protestas inútiles entre amplios sectores de la población y una lluvia intensa, pero de demandas, cayó sobre el gobierno, para intentar frenar los aumentos que oscilaron entre el 50 y el 200 por ciento y los cortes del servicio de 3 a 6 a días para los sancionados reincidentes. La oposición acusó a Cardoso de haber descuidado la adopción de estrategias preventivas, por concentrar su atención en la política monetaria del Estado y no buscar a tiempo soluciones para esta catástrofe anunciada. Entre los posibles efectos inmediatos del “apagón”, se habló de una considerable reducción del crecimiento económico, un aumento del desempleo que afectó a unas 850.000 personas en la industria y el comercio y la postergación de cuantiosas inversiones que estaban previstas por la industria. En el plano político, la popularidad del mandatario se vino a pique contribuyendo al triunfo del líder sindical Lula Da Silva en las elecciones del año 2002.
Pero más allá de las lagunas dentro del programa político y económico de Cardoso, las razones profundas de esta crisis hay que buscarlas en un modelo de desarrollo construido sobre la ignorancia y el irrespeto de la ecología amazónica; en un concepto erróneo del progreso que ha promovido la tala y la quema indiscriminada de los bosques para extender la explotación minera, el monocultivo y la cría de ganado en un ecosistema frágil, en el que nace el 20% de las aguas dulces que se vierten en los océanos de la Tierra. De hecho, el Ministerio del Medio Ambiente del Brasil informó que 19.831 kilómetros cuadrados de bosques amazónicos fueron destruidos entre agosto de 1999 y el mismo mes del año 2001; un 14,9 por ciento más que en el lapso anterior. La medición realizada por el Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE), con base en imágenes de satélite, indica que volvió a acelerarse el ritmo de tala y quema de vegetación, que se había reducido luego del período crítico sufrido entre 1994 y 1995, cuando alcanzó los 29.059 kilómetros cuadrados. En total, la Amazonia brasileña ya ha perdido el 14,3 por ciento de su antigua área boscosa, una superficie superior al territorio de Francia.
El biólogo Paulo Moutinho (Osava, 2001), del Instituto de Pesquisa Ambiental de Amazonia, ha señalado que los grandes hacendados (los mismos que asesinaron a Chico Mendes) siguen siendo los principales responsables de la quema de los bosques; aunque también es cierto que las imágenes satelitales apuntan a una creciente participación de los pequeños asentamientos promovidos por la Reforma Agraria, en esta práctica nefasta para los ciclos hidrológicos de la cuenca amazónica. En efecto, las quemas no sólo causan el 80 por ciento de las emisiones brasileñas de gases que recalientan la Tierra (responsables del llamado efecto invernadero), sino que además reducen las lluvias, puesto que los bosques constituyen la fuente de la mitad del índice pluviométrico de la Amazonia. De esta manera, el modelo de desarrollo basado en la destrucción del bosque tropical, termina por extinguir las fuentes de agua generadoras de la energía eléctrica necesaria para el sostenimiento de la minería, la industria, la agricultura y la cría asentadas en ese territorio. Todo un círculo vicioso que amenaza con el empobrecimiento y el caos al Brasil y al resto de las economías del área.
En Venezuela hubo quienes pretendieron interpretar la crisis energética del país vecino como la gran oportunidad de la industria hidroeléctrica nacional, justificando así la pronta culminación de un polémico tendido eléctrico entre ambas naciones, duramente cuestionado por los ambientalistas y por los pobladores originarios de la zona afectada, los indígenas de la etnia pemón. Semejante desatino puso en evidencia la razón profunda de esta cadena de desastres: la incapacidad de las élites políticas del continente para sacarse las vendas con las que el paradigma industrial-desarrollista les ha cubierto los ojos, tanto a la derecha neoliberal como a la izquierda nacionalista. Sobre todo si se tiene en cuenta que el colapso energético del Brasil es también el anuncio del próximo derrumbe de la industria hidroeléctrica venezolana, si la explotación minera y forestal continúa destruyendo, como ha venido haciéndolo desde hace décadas, los bosques de la cuenca del río Caroní donde se produce el 70% de la electricidad que se consume en Venezuela. Mientras que absurdamente, se han mantenido el olvido los resultados de décadas de investigación científica sobre alternativas productivas sustentables dentro de los ecosistemas amazónicos, así como los aportes legados por la sabiduría de las civilizaciones que durante milenios convivieron con la selva sin destruirla.
La crisis energética del gigante brasileño nos advierte que ha llegado el momento de revisar a fondo las premisas de lo que llamamos desarrollo y que ya es hora de asumir, de una vez por todas, que sin la ecología la economía no tiene futuro.
¿ALIMENTOS O VENENOS?
La agroindustria es otra de las áreas neurálgicas del modelo tecnoproductivo hegemónico, donde la reducción al absurdo de la lógica desarrollista se hace cada día más evidente. Algunas soluciones biotecnológicas implementadas recientemente para dar respuesta a los problemas generados por los métodos modernos de producción de cereales, constituyen ejemplos notables de los callejones sin salida a los que ha conducido el industrialismo.
Examinemos un caso ejemplar: la agroindustria del maíz. Hace tal vez milenios, los agricultores aprendieron que era necesario airear y secar los cereales con el propósito de prevenir la aparición de mohos. La agroindustria moderna mecanizó las antiguas técnicas y las reforzó con la aplicación de fungicidas químicos, para evitar su proliferación durante el almacenamiento y transporte de grandes volúmenes de granos. Pero no sólo agentes biológicos como hongos o insectos pueden afectar la calidad del maíz y en general de los cereales, sino que muchas veces los mismos pesticidas utilizados para combatirlos pueden provocar efectos nocivos sobre la salud humana y el ambiente. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los herbicidas a base de dioxinas desarrollados por las empresas agroquímicas a partir de la década de los cuarenta del pasado siglo. Las dioxinas han sido cuestionadas por ser causantes de cáncer y malformaciones genéticas. Fueron empleadas en grandes cantidades en la fabricación del Agente Naranja, el defoliante utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam para deforestar las selvas de este país asiático. En 1984, los soldados norteamericanos afectados de por vida por este producto ganaron una demanda contra los fabricantes, las compañías Monsanto y Dow Chemical, quienes se vieron obligadas a pagar una indemnización de 180 millones de dólares. Hace pocos meses, en enero de 2005, fue admitida en un tribunal de los Estados Unidos una demanda similar hecha por tres ciudadanos vietnamitas con altos niveles de dioxina en la sangre treinta años después de terminada la guerra, enfermos de cáncer y con hijos nacidos con deformaciones congénitas.
Los innumerables problemas provocados por el uso de herbicidas y plaguicidas químicos han llevado a las corporaciones del sector agrícola, sobre todo a partir de la década de los noventa, a tratar de sustituirlos con la ayuda de la biotecnología. Este viraje ha sido equiparado con el nacimiento de un nuevo paradigma tecnoproductivo, basado en la experimentación con especies genéticamente modificadas para hacerlas más resistentes a las plagas. Por lo general, lo que se persigue es que la planta genere internamente las sustancias tóxicas necesarias para liquidar a sus depredadores naturales (insectos, hongos, etc.). Sin embargo, estas tentativas han sido fuertemente criticadas por los presuntos efectos nocivos sobre la salud humana y los ecosistemas, de estas nuevas toxinas producidas por los vegetales transgénicos.
Un caso emblemático ha sido el del maíz Starlink, patentado por la firma franco-alemana Aventis. A finales de los noventa, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) autorizó su siembra exclusivamente para la alimentación animal, a raíz de los indicios de que la toxina Cry9C, generada por este grano transgénico, era causante de alergias en los seres humanos (Ita, 2001). Sin embargo, en el año 2000 se comprobó que el maíz Starlink había ido a parar a las tortillas para tacos de la marca Taco Bell de Kraft y había provocado más de treinta casos de alergia entre los consumidores. Esta situación generó una enorme reacción pública que llevó a que se retiraran 2,5 millones de paquetes de tortillas de los supermercados de Estados Unidos y se eliminaran 350.000 acres de plantaciones del grano. Las pérdidas provocadas por este incidente ascendieron a cerca de un billón de dólares, que tuvieron que ser asumidos por los agricultores, almacenadores y procesadores de alimentos. Y en la primavera de 2001 fueron despedidos el presidente, el asesor jurídico y el vicepresidente de mercadeo de la División Estadounidense de Ciencias de los Cultivos de Aventis.
Otro ejemplo polémico de los fines estrictamente economicistas de ciertas aplicaciones de la ingeniería genética ha sido el de la llamada tecnología Terminator. Ésta consiste en la incorporación de un rasgo genético en el maíz que lo hace estéril una vez que se desarrolla en la mazorca, de tal manera que el agricultor se ve forzado a comprar nueva semilla al proveedor para la próxima siembra o a adquirir un producto químico que desactiva la función esterilizante. Con técnicas como éstas y el sistema de patentes de comercialización de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), las compañías han conseguido asegurarse, en buena medida, el control del mercado mundial de alimentos.
Lamentablemente para los consumidores, las cinco mayores corporaciones del mercado mundial de las semillas (Cargill-Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont-Pioneer y Dow AgroSciences) cuentan con un ejército bien pagado de científicos y abogados encargados de neutralizar cualquier investigación o señalamiento acerca de los perjuicios provocados por sus productos. Y la gran mayoría de los gobiernos ha terminado cediendo a sus presiones, como acaba de suceder en México y Brasil con la reciente aprobación de las nuevas leyes de “bioseguridad” que dan entrada libre a las semillas y productos transgénicos, y en Venezuela con la Ley de Semillas promulgada por la Asamblea Nacional en 2002.
Este escenario evidencia que hoy asistimos al despliegue de una gran embestida por el control de los mercados y la aniquilación de cualquier otro modelo productivo y de relación con la naturaleza distinto al auspiciado por las corporaciones transnacionales. Las agresivas campañas para la promoción de los cultivos transgénicos y la descalificación de alternativas ecológicas como la agricultura orgánica y los métodos tradicionales de producción de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas, son apenas una muestra de la magnitud de los intereses en juego.
Por eso no debe extrañarnos que precisamente en junio de 2004, a la par con la noticia de la muerte de ciento dos ciudadanos kenianos aparentemente provocada por el consumo de maíz contaminado con el hongo tóxico Aspergillus flavus, la prensa internacional anunciara el lanzamiento en los mercados africanos de la nueva variedad de maíz Bt, resistente a estos hongos, promovida por Syngenta.
Por eso no debe extrañarnos que precisamente en junio de 2004, a la par con la noticia de la muerte de ciento dos ciudadanos kenianos aparentemente provocada por el consumo de maíz contaminado con el hongo tóxico Aspergillus flavus, la prensa internacional anunciara el lanzamiento en los mercados africanos de la nueva variedad de maíz Bt, resistente a estos hongos, promovida por Syngenta.
En definitiva, toda una red de mecanismos de coacción económica, política y publicitaria se ha venido tejiendo para imponer un único modelo agroalimentario a escala planetaria, que no sólo está poniendo en riesgo la salud humana sino que, con cada nueva “solución” avanza un paso más en su escalada destructiva de la diversidad biológica y cultural que ha hecho posible la continuidad de la vida sobre la Tierra.
LAS CRISIS CÍCLICAS DEL CAPITALISMO
Examinemos ahora el problema de las depresiones cíclicas por las que atraviesa la economía capitalista en virtud de sus leyes intrínsecas de funcionamiento y el carácter inédito de la presente crisis, en la que concurren otras ondas de inestabilidad sistémica ligadas a procesos de orden energético, tecnológico y ecológico, como los ya comentados, y otros de orden político y cultural que revisaremos posteriormente.
Son numerosos los indicios que nos permiten afirmar que el sistema capitalista mundial atraviesa, en los albores del tercer milenio, por la crisis económica más profunda que haya tenido lugar desde la gran depresión de los años 30’. En aquella oportunidad, la Segunda Guerra Mundial fue el desenlace sangriento de la confrontación entre las grandes potencias imperialistas, exacerbada por una recesión cíclica de alcance planetario que, medio siglo después, vuelve a repetirse. Hoy nadie discute que los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono del pasado 11 de septiembre aceleraron pero no fueron la causa del derrumbe sincronizado del capitalismo global; y que las políticas tanto neoliberales como neokeynesianas aplicadas por el FMI, el BM, el Departamento del Tesoro Norteamericano, el Banco Central de Japón y el Europeo, han resultado inútiles para paliar o detener la crisis. Ha quedado demostrado que ni los recortes de impuestos, ni la disminución de las tasas de interés por parte de los Bancos Centrales, ni los miles de millones de dólares que los gobiernos de las naciones industrializadas han inyectado a sus economías para reanimarlas, han surtido efecto para frenar el derrumbe de los valores bursátiles y la desaceleración de la producción y el comercio internacionales. La caída en los índices de crecimiento económico, la deflación, el desempleo galopante a escala mundial y en particular en los países pobres, son sólo algunos de los síntomas de la agonía recurrente de un sistema que se hace cada vez más insostenible, poniendo al descubierto el alto precio que la inmensa mayoría de la humanidad debe pagar, en términos de hambre, exclusión social, degradación ecológica, violencia y muerte, para que continúen disfrutando de sus obscenos privilegios las minorías opulentas que controlan el capital transnacional y que están conduciendo a la especie humana al borde de su destrucción.
Sin embargo, en las actuales circunstancias, la depresión económica que cada cinco o seis décadas desestabiliza al sistema capitalista, como lo demostró con su tesis de las ondas largas Nikolai Kondratieff (1892-1938), se agrava al coincidir con otras crisis de índole no económica que amenazan con hacer mucho más nefastos los efectos sociales, políticos, ecológicos y militares de esta etapa de recesión globalizada que aún no toca fondo. De ahí la relevancia de un análisis multidimensional de la onda recesiva por la que atraviesa el mercado global desde hace varios años, habida cuenta de que su duración y profundidad parece desafiar todas las previsiones teóricas basadas en las teorías clásicas sobre los ciclos económicos.
En un artículo dedicado especialmente a este tema, el economista brasileño Theotonio Dos Santos (2002) corrigió el pronóstico acerca del fin de la recesión mundial que él mismo formulara a principios de los 90, cuando el repunte en el crecimiento norteamericano, reflejado sobretodo en la espectacular escalada de las acciones tecnológicas en Wall Street, hizo pensar tanto a los defensores del libre mercado como a sus críticos marxistas que una nueva era de crecimiento económico generalizado había comenzado, sin sospechar siquiera que una gigantesca estafa contable se ocultaba detrás de esta burbuja bursátil, como se descubriría posteriormente a raíz de la quiebra de Enron y otras corporaciones. En consecuencia, el analista brasileño se vio obligado a corregir las predicciones formuladas una década antes, aduciendo que la recuperación que debió despegar definitivamente en los noventa, se malogró por el retraso de la Reserva Federal estadounidense en disminuir las tasas de interés que, como es sabido, fueron reducidas, en el plazo de un año, del 6,5% al 1,75%. Con este razonamiento, de inesperado talante monetarista, Dos Santos justificaba el desacierto de sus previsiones, fundamentadas precisamente en la teoría de los ciclos largos de Kondratieff.
En efecto, Kondratieff refutó hacia 1920 el dogma de la decadencia inevitable del capitalismo defendido por los partidarios de la III Internacional, argumentando, con base en sus estudios sobre el comportamiento de los precios durante el siglo XIX, que el sistema capitalista mundial fluctuaba de acuerdo con ciclos largos de expansión y contracción con una duración aproximada de 55 años. La investigadora venezolana Edna Esteves (1998) sostiene que los tres últimos ciclos de este tipo (cada uno con sus cuatro fases de auge-crisis-depresión-recuperación) han tenido lugar entre 1848 y 1896, el primero; entre 1896 y 1944, el segundo; y entre 1944 y 2002, el último. De manera que, según este esquema, la fase de recuperación con la que llegaría a su fin la última de estas ondas ya debiera estar en marcha. Sin embargo, la recesión sincronizada en la que aún están inmersos los diferentes bloques geoeconómicos del sistema capitalista mundial parece contradecir las tesis de estos autores, quienes además discrepan entre sí en la periodización de la actual fase depresiva, pues para Theotonio Dos Santos la economía debió "despegar a partir del 94, de acuerdo con los ciclos largos de Kondratieff" (2002).
Lo más llamativo de la argumentación de Dos Santos es su imbatible optimismo, pues a pesar de este retraso de una década en el despegue del mercado mundial, todavía asegura que "una de las ventajas del período de reinicio del crecimiento ha sido el redespertar de las organizaciones sociales y partidos de los trabajadores, estimulados por la perspectiva de baja del desempleo y de aproximación de una situación de pleno empleo". Lamentablemente, las noticias según las cuales el "paro" ha alcanzado su nivel más alto en veinte años en los Estados Unidos (Wall Street Journal, 17 de mayo de 2002) y el más alto en Japón en medio siglo (BBCmundo.com, 29 de enero de 2002), parecen echar por tierra su pronóstico. Con todo, resulta interesante constatar que, por una de esas paradojas del pensamiento postmoderno, el optimismo marxista de Theotonio Dos Santos coincide con las predicciones que otrora formulara el más reputado de los neoliberales latinoamericanos, según lo recogió en su edición del 13 de marzo de 1997 el mismo diario WSJ, en un artículo titulado: "El mundo entra en una nueva era de crecimiento" (¡publicado justo tres meses antes del estallido de la crisis asiática!). En efecto, en este extraordinario testimonio periodístico de la capacidad ficcional de los managers de la economía globalizada se lee: "Domingo Cavallo, el arquitecto de la recuperación económica de Argentina, hace eco de esta noción. 'Hemos entrado a una edad de oro que durará décadas', dice. Pronostica que 'los historiadores van a considerar los años 90 como el momento en que se inició esa era'."
Visto el desacierto de estas predicciones, sólo cabe pensar que el teórico brasileño debió de basar sus expectativas en torno a la recuperación del ritmo de crecimiento y la inminencia del pleno empleo, en la subestimación del carácter multidimensional de la presente crisis, carácter que nos ha llevado a calificarla como una crisis civilizatoria. Probablemente ésta sea la razón de la inusitada extensión de la fase recesiva del último ciclo Kondratieff, sobre cuyo final no se ponen de acuerdo los autores[2]. Al contrario, pareciera que la vieja tesis de la III Internacional intentara renacer de sus cenizas en las observaciones de algunos estudiosos del capitalismo globalizado, para los cuales: "El peligro no es que el capitalismo implosione como lo hizo el comunismo. Sin un competidor viable hacia el cual la gente se pueda volcar si no está satisfecha con el trato que recibe del capitalismo, este último no se puede autodestruir. Las economías faraónica, romana, medieval y de los mandarines tampoco tenían competidores y se estancaron durante siglos hasta que finalmente desaparecieron. El estancamiento y no la implosión es el peligro". Así lo afirma el decano de la Sloan Business School del MIT y miembro del Consejo Editorial de The New York Times, Lester Thurow (1996: 340), una autoridad en temas económicos nada sospechoso de ser un nostálgico de aquel optimismo revolucionario de la III Internacional.
NEOLIBERALISMO E INGOBERNABILIDAD
Paralelamente con esta debacle económica generalizada, se ha venido extendiendo una onda de perturbación sociopolítica que ha sido interpretada, por el discurso de las instituciones dominantes, como un asunto de gobernabilidad. Se trata de un concepto que comienza a utilizarse y a hacerse operativo, en el seno de los organismos financieros internacionales, a partir de la década de los noventa, en respuesta a la inestabilidad creciente de las democracias del tercer mundo amenazadas, presumiblemente, por la corrupción administrativa, las tensiones sociales y la violencia política. El Grupo de Gobernabilidad del Instituto del Banco Mundial (fundado, por cierto, hacia 1994), la define como el conjunto de "instituciones y tradiciones por las cuales el poder de gobernar es ejecutado para el bien común de un pueblo. Esto incluye (i) el proceso por el cual aquellos que ejercen el poder de gobernar son elegidos, monitoreados y reemplazados, (ii) la capacidad de un gobierno de manejar efectivamente sus recursos y la implementación de políticas estables, y (iii) el respeto de los ciudadanos y el estado hacia las instituciones que gobiernan las transacciones económicas y sociales para ellos" (Instituto del Banco Mundial, 2002).
Se trata, en el terreno de la semántica política, de un término cuyo significado se capta mejor al contrastarlo con el de su antónimo, es decir, la ingobernabilidad; la cual podemos perfectamente caracterizar colocando el signo negativo a las tres proposiciones anteriores. De esta manera, se dirá que una nación padece el indeseable atributo de la ingobernabilidad cuando: (i) se violenten los mecanismos democráticos de elección, control y reemplazo de los gobernantes, (ii) el gobierno sea incapaz de implementar políticas estables, y (iii) los ciudadanos y/o el estado no respeten a las instituciones reguladoras del orden económico y social vigente. En pocas palabras, ingobernabilidad sería sinónimo de autoritarismo, inestabilidad y anomia.
En el caso específico de América Latina, pocas naciones escapan a este calificativo. Sin embargo, habría que preguntarse también por qué es precisamente en la década de los noventa cuando se activan los mecanismos de apuntalamiento de la gobernabilidad, por parte de organismos multilaterales como el BM, el FMI, el BID y la OEA. Nosotros nos atrevemos a sostener la siguiente hipótesis: la preocupación mundial por la gobernabilidad constituye una respuesta institucional o ajuste homeostático del capitalismo globalizado para hacer frente a la inestabilidad económica, política y social agudizada en el mundo en desarrollo a partir de la década de los noventa, como resultado de las políticas neoliberales promovidas a escala planetaria por los organismos financieros internacionales. Tres factores concurren para provocar esta respuesta: en primer lugar, el fin del ciclo de crecimiento económico ininterrumpido que se inició después de la Segunda Guerra Mundial y se revirtió a partir de la subida de los precios petroleros de principios de los setenta, dando paso a una onda larga recesiva que aún no toca fondo; en segundo término, el derrumbe de la Unión Soviética y el consiguiente ablandamiento de los mecanismos internos del capitalismo occidental para contrarrestar las desigualdades sociales provocadas por su dinámica económica (el fin del Estado de bienestar); y, por último, la aparición de movimientos postsoviéticos de izquierda, que comienzan a ser percibidos como alternativas políticas legítimas por los pobres y excluidos de la era neoliberal (por ejemplo el EZLN en México, la CONAIE en Ecuador, la Revolución Bolivariana en Venezuela, los piqueteros argentinos, el activismo de los cocaleros y mineros bolivianos liderados por el ahora presidente Evo Morales y el movimiento de los Sin Tierra en el Brasil, entre otros).
Otro indicio interesante de que el déficit de gobernabilidad no es más que un eufemismo para designar la última crisis sistémica del capitalismo globalizado, es el resurgimiento, en este mismo período, de la extrema derecha europea, como se ha podido constatar en Austria, Alemania, Holanda, Bélgica y en Francia, con el controvertido liderazgo de Le Pen. Evidencia que también comienza a manifestarse en América Latina (donde se pensó que con el fin de las dictaduras del Cono Sur la extrema derecha había quedado invalidada políticamente), como lo expresan los inquietantes signos presentes en el fugaz golpe de estado del 11 de abril de 2002 en Venezuela, y la orientación ideológica de los planes implementados por los gobiernos de Uribe Vélez en Colombia y el depuesto presidente Sánchez de Lozada en Bolivia. No se olvide que los grandes adversarios históricos del llamado capitalismo democrático de Occidente, como lo fueron el comunismo y el fascismo, cobraron auge precisamente durante otro de los grandes períodos críticos en la evolución del liberalismo económico. Nos referimos a la Gran Depresión o el ciclo recesivo por el que atravesó el sistema capitalista mundial entre las dos grandes guerras de principios del siglo XX (Gombeaud y Décaillot, 2000; Krugman, 2000).
EL VIRAJE POLÍTICO DEL CONTINENTE
El ciclo recesivo por el que atraviesa el conjunto de la economía mundial ha venido intensificando las señales de descontrol de los sistemas formalmente democráticos, instalados en la región en sustitución de los regímenes dictatoriales prevalecientes durante el pasado siglo. Después de la llamada “crisis de la deuda” de la década de los ochenta, se han agravado sensiblemente las desigualdades en la distribución de la riqueza y emergen tendencias antagónicas, tanto progresivas como regresivas, en medio de una fase de inestabilidad institucional (Vargas, 2003) cuyo síntoma más visible ha sido la ola de destituciones o renuncias forzadas de los presidentes de varias naciones: Collor de Melo en Brasil en 1992; Carlos Andrés Pérez en Venezuela en 1993; Abdalá Bucarán en 1997, Jamil Mahuad en 2000 Y Lucio Gutiérrez en 2005 en Ecuador; Alberto Fujimori en Perú en 2000; Fernando De la Rúa en Argentina en 2001 y Sánchez de Lozada en Bolivia en 2003.
En el plano de los discursos definitorios de las políticas económicas, básicamente dos tendencias, aparentemente enfrentadas, compiten por orientar el rumbo de nuestros países. Por una parte, a la derecha del espectro, los defensores del libre mercado intensifican todos sus esfuerzos para concretar un área de libre comercio continental, que extendería a la totalidad de las naciones latinoamericanas los presuntos beneficios que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte presuntamente le ha brindado a México, desde su entrada en vigencia el 1 de enero de 1994. Liberalización del comercio, privatización de empresas estatales, dolarización y flexibilización laboral son los puntales del programa económico de este proyecto político-económico, impulsado desde Washington para hacerle contrapeso a la presencia de la Unión Europea y Asia como bloques competidores en la escena internacional. En la práctica, estos lineamientos se han venido concretando a través de los planes económicos adelantados en los últimos años por los gobiernos de Chile, El Salvador, Ecuador, Argentina y Colombia, entre otros, y están a la espera de su consolidación continental por medio de la instauración del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en un principio prevista para enero de 2005 pero pospuesta indefinidamente a raíz de la resistencia ejercida por el MERCOSUR y Venezuela, como quedó evidenciado en la Cumbre de Mar del Plata celebrada en noviembre de ese mismo año.
Por otro lado, los representantes de la izquierda ven con preocupación las amenazas a la soberanía económica, política, militar y cultural de nuestros países contenidas en el programa neoliberal. En efecto, las políticas orientadas al libre mercado que, bajo la tutela del FMI, se pusieron en práctica durante las dos últimas décadas en casi todo el continente, dejaron graves secuelas constatables en la caída del crecimiento, la venta en baratillo de las industrias nacionales al capital multinacional, el aumento del desempleo, el endeudamiento crónico y el agravamiento de las desigualdades sociales. Todo lo cual ha traído como consecuencia la creciente inestabilidad política ya mencionada y el surgimiento de liderazgos alternativos, en un contexto donde el escepticismo y la violencia comienzan a convertirse, para muchos, en la única carta disponible sobre la mesa de juego. Para dar respuesta a esta situación, la izquierda emergente retoma las banderas del fortalecimiento de la acción del Estado, con el fin de atender las urgentes necesidades sociales que el mercado por sí solo ha sido incapaz de satisfacer; y busca fortalecer los pactos económicos regionales como el Mercosur, para contrarrestar la embestida del capital estadounidense implícita en la propuesta del ALCA (si bien, conceptualmente, tanto el Mercosur como el ALCA son proyectos orientados a la apertura de los mercados nacionales, es decir, globalizadores). En las filas de esta izquierda hay que colocar a la Revolución Bolivariana del presidente Chávez; las posiciones iniciales, ahora más moderadas, de Lula Da Silva en el Brasil; los movimientos insurgentes de Colombia y México; las organizaciones indígenas y campesinas de Ecuador y el nuevo gobierno de Evo Morales en Bolivia; la resistencia popular contra la privatización de los servicios públicos en Arequipa (Perú) y Cochabamba (Bolivia) y las protestas masivas de la población argentina contra las políticas económicas del depuesto De la Rúa y de Francisco Duhalde, que forzaron el posterior viraje hacia el centro del peronista Néstor Kirchner.
De cara a esta compleja situación en la que emergen por todo el continente movimientos tan heterogéneos como el zapatismo, la revolución pacífica venezolana, la organización de los cocaleros bolivianos, los piqueteros argentinos o las FARC, unificados fundamentalmente por su oposición visceral a las políticas neoliberales; cabe preguntarse si la demarcación clásica entre derecha e izquierda es suficiente para caracterizar la naturaleza y los fines de estos nuevos protagonistas de la escena política latinoamericana. Pues es obvio que el énfasis en el estado o el mercado como factor privilegiado para la motorización del desarrollo, ya no es una categoría suficiente para precisar conceptualmente afiliaciones y oposiciones. Hoy habría que preguntarse más bien si los programas tradicionales de la derecha y la izquierda pueden ofrecer soluciones de fondo a las severas tensiones que amenazan con el estancamiento crónico al sistema capitalista a escala planetaria. Lo único claro es que la debacle del paradigma industrial-desarrollista de la modernidad, constituye una circunstancia inédita que ha dejado al desnudo la impotencia teórica y la ineficacia práctica tanto de la gerencia neoliberal como de la burocracia estatista, a la hora de dar respuesta a las demandas de las grandes mayorías empobrecidas del continente.
LOS NUEVOS SUJETOS
En su libro Terre-Patrie (1993) Morin reconoció la existencia de dos grandes vertientes dentro de la mundialización. Por un lado, hay una globalización de las comunicaciones y los intercambios que está haciendo posible el surgimiento de un civismo planetario y de una nueva conciencia de la unidad de la especie, basada en el respeto a la diversidad cultural. Por otra parte, hay una globalización homogeneizadora de las culturas, surgida de la mecanización de la producción y el consumo y de la búsqueda ciega del beneficio económico. Esta perspectiva permite comprender mejor la nueva configuración de los antagonismos generados en esta fase globalista del capitalismo, en la que formas inéditas de organización de la acción colectiva denotan la aparición de actores y necesidades distintos, ante los cuales las viejas categorías descriptivas de los fenómenos sociopolíticos se han tornado obsoletas. Se trata de comprender que, en los albores del tercer milenio, nos hallamos en medio de unas crisis civilizatoria de la cual está emergiendo una constelación de valores y una estructura de las relaciones sociales cualitativamente distintas a todas las conocidas hasta el presente. Y nada expresa mejor, en el terreno de los hechos, la naturaleza de las contradicciones dinamizadoras de esta transición, que la reiterada oposición a los acuerdos establecidos a puerta cerrada por el Grupo de los Siete, por parte de la inmensa variedad de agrupaciones civiles congregadas bajo el rótulo del movimiento altermundialización. De modo que hoy resulta inevitable reconocer la irrupción de nuevas configuraciones del poder político, distintas a los tradicionales partidos, que oponen a la acción de las instituciones defensoras de los intereses del capital globalizado como la OMC, el BM o el FMI; la protesta masiva de una amplia gama de sectores afectados por los mecanismos de concentración de la riqueza, exclusión social, homogeneización cultural y destrucción ecológica, propios de la lógica unidimensional del mercado.
Paralelamente, al interior de cada país, comienzan a cobrar cuerpo nuevas estrategias de participación colectiva, caracterizadas, como lo ha señalado James Petras (1999, 2002), por la movilización más bien espontánea de grandes multitudes carentes de organización jerárquica o partidista y escépticas frente al discurso político institucionalizado. Son fenómenos efervescentes impulsados por demandas de contenido social, económico, étnico, político o cultural, que están desplazando a los viejos esquemas de participación intermitente típicos de las rutinas electorales, por una dinámica de participación continua que está modificando la esencia misma de la gestión política contemporánea (Rodotà, 2000). Los casos recientes de movilizaciones masivas acontecidos en Argentina, Brasil, Venezuela, México, Ecuador, Perú y Bolivia, corroboran estas apreciaciones. En consecuencia, el pensamiento contestatario emergente, percibido como desviación amenazante por las élites tradicionales, deberá rastrearse no tanto en los manuales clásicos de los viejos partidos de izquierda, sino en las declaraciones emitidas por una gran variedad de organizaciones civiles, sindicales, ecológicas, indígenas y campesinas articuladas en redes al estilo del Foro Social Mundial, que han alcanzado cierta resonancia internacional a través de su oposición activa y multitudinaria a las políticas impuestas a los gobiernos de la región por las agencias multilaterales del capitalismo globalizado, como quedó evidenciado recientemente en las acciones de protesta desarrolladas en Cancún, Porto Alegre y Buenos Aires. También es necesario, para profundizar en los planteamientos de esta nueva izquierda, analizar las formulaciones de aquellos de sus representantes que, desde el gobierno o la oposición, han asumido roles protagónicos en el debate político interno de cada nación.
Una revisión crítica de estos contenidos permite señalar que más allá de las demandas tradicionales de empleo, vivienda, educación y salud, expresadas sobre todo por los representantes de las clases medias empobrecidas por la crisis; sobresale la búsqueda de un modelo de desarrollo equitativo, respetuoso de los equilibrios ecológicos y las raíces culturales de cada pueblo, que posibilite la construcción de alternativas viables frente al callejón sin salida de la mundialización capitalista. En consonancia con este planteamiento, surge también la aspiración de democratizar la producción y el uso de las tecnologías a través de su apropiación activa por parte de las comunidades organizadas y no mediante su consumo pasivo en el seno de un mercado inaccesible para las mayorías. Adicionalmente, se asume la defensa de la soberanía política, territorial, económica, lingüística y cultural de los pueblos indígenas; así como la concreción de la vieja promesa de una reforma agraria sustentable, que garantice la prosperidad para los pobres del campo; como objetivos fundamentales de las luchas sociales del continente. Pero tal vez el rasgo más característico y abarcante, sea el avance de inéditas manifestaciones de la democracia directa que, progresivamente, han venido deslegitimando a las instituciones tradicionales de la democracia representativa (Dieterich et al., 2000).
En todo caso, se trata de tendencias en gestación que se perfilan en su conjunto como elementos esenciales de un paradigma sociopolítico alternativo, que no sería exagerado calificar como un nuevo proyecto civilizatorio, por la profundidad de las transformaciones que está provocando en la lógica social, económica, tecnológica, política, militar, espiritual y cultural del capitalismo tardío; incluso más allá de las limitaciones teóricas para la interpretación de estos procesos de cambio, que puedan hacerse patentes en el discurso explícito de sus actores protagónicos.
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NOTAS:
[1] La posición de Marcuse en torno a la necesidad de crear una ciencia y una técnica cualitativamente distintas a las producidas por la sociedad industrial de modo que resulten cónsonas con un “mundo pacificado”, ha sido frontalmente cuestionada por Habermas. En su polémica con Marcuse, el teórico de la “acción comunicativa” asume la defensa de la “ciencia moderna” valiéndose de una argumentación en la cual el “progreso científico-técnico” aparece naturalizado e investido de una funcionalidad necesaria e independiente de las relaciones de poder y las ideologías “de una determinada época, de una determinada clase o de una situación superable”.
En el fragmento siguiente, Habermas formula (mediante una parodia del lenguaje marcusiano) lo esencial de un pensamiento que bien pudiera servir de justificación al proyecto tecno-fascista del complejo industrial-militar que pretende regir los destinos del planeta en la era del capitalismo globalizado:
“En lo que Marcuse está pensando es en una actitud alternativa frente a la naturaleza, pero de ahí no cabe deducir la idea de una nueva técnica. En lugar de tratar a la naturaleza como objeto de una disposición posible, se la podría considerar como el interlocutor de una posible interacción. En vez de a la naturaleza explotada cabe buscar a la naturaleza fraternal. A nivel de una intersubjetividad todavía imperfecta podemos suponer subjetividad a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, y comunicar con la naturaleza, en lugar de limitarnos a trabajarla cortando la comunicación. Y un particular atractivo, para decir lo menos que puede decirse, es el que conserva la idea de que la subjetividad de la naturaleza, todavía encadenada, no podrá ser liberada hasta que la comunicación de los hombres entre sí no se vea libre de dominio. Sólo cuando los hombres comunicaran sin coacciones y cada uno pudiera reconocerse en el otro, podría la especie humana reconocer a la naturaleza como un sujeto y no sólo, como quería el idealismo alemán, reconocerla como lo otro de sí, sino reconocerse en ella como en otro sujeto.
Sea como fuere, las realizaciones de la técnica, que como tales son irrenunciables, no podrían ser sustituidas por una naturaleza que despertara como sujeto. La alternativa a la técnica existente, el proyecto de una naturaleza como interlocutor en lugar de como objeto, hace referencia a una estructura alternativa de la acción: a la estructura de la interacción simbólicamente mediada, que es muy distinta de la de la acción racional con respecto a fines. Pero esto quiere decir que esos dos proyectos son proyecciones del trabajo y del lenguaje y por tanto proyectos de la especie humana en su totalidad y no de una determinada época, de una determinada clase o de una situación superable. Pero si no es admisible la idea de una nueva técnica, tampoco puede pensarse consecuentemente la idea de una nueva ciencia, ya que en nuestro contexto, a la ciencia, la ciencia moderna, se la ha de considerar como una ciencia obligada a mantener la actitud de una posible disposición técnica: lo mismo que en el caso del progreso científico-técnico, tampoco para la función de la ciencia es posible encontrar un sustituto que fuera más humano.” (Habermas, 1989:62-63).
[2] Para muchos analistas la fase expansiva del próximo ciclo largo de la economía mundial ya ha comenzado y está teniendo como epicentro de su despegue a sociedades distintas a las que han detentado la hegemonía del sistema capitalista hasta el presente. Naciones como China y la India, por ejemplo, dada su condición de mercados de inversión atractivos para el capital transnacional en razón de la ventaja competitiva de su abundante mano de obra barata y “desregulada”, se han convertido en las candidatas más apetecibles para desempeñar este rol. Sin embargo, cabe señalar que las altas tasas de crecimiento del PIB de China, cercanas al 9 ó 10% anual, resultan una macabra ficción numérica si se toma en cuenta que su cálculo no contempla los gravísimos pasivos ambientales y sociales generados por el modelo “capitalista salvaje” adoptado por la populosa nación asiática desde 1979, a raíz de la implementación por Den Xiao Ping de la política de “enriquecimiento prioritario de los que puedan”. En efecto, de acuerdo con Ian Johnson, ya desde finales de los noventa “el Banco Mundial calculó que la contaminación le cuesta al país el equivalente al 8% de la producción anual. Es decir, que el envidiable crecimiento de China… se ve prácticamente neutralizado por costos ambientales ocultos, como la reducción de la esperanza de vida y la disminución de la tierra cultivable.” (1998).
En el fragmento siguiente, Habermas formula (mediante una parodia del lenguaje marcusiano) lo esencial de un pensamiento que bien pudiera servir de justificación al proyecto tecno-fascista del complejo industrial-militar que pretende regir los destinos del planeta en la era del capitalismo globalizado:
“En lo que Marcuse está pensando es en una actitud alternativa frente a la naturaleza, pero de ahí no cabe deducir la idea de una nueva técnica. En lugar de tratar a la naturaleza como objeto de una disposición posible, se la podría considerar como el interlocutor de una posible interacción. En vez de a la naturaleza explotada cabe buscar a la naturaleza fraternal. A nivel de una intersubjetividad todavía imperfecta podemos suponer subjetividad a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, y comunicar con la naturaleza, en lugar de limitarnos a trabajarla cortando la comunicación. Y un particular atractivo, para decir lo menos que puede decirse, es el que conserva la idea de que la subjetividad de la naturaleza, todavía encadenada, no podrá ser liberada hasta que la comunicación de los hombres entre sí no se vea libre de dominio. Sólo cuando los hombres comunicaran sin coacciones y cada uno pudiera reconocerse en el otro, podría la especie humana reconocer a la naturaleza como un sujeto y no sólo, como quería el idealismo alemán, reconocerla como lo otro de sí, sino reconocerse en ella como en otro sujeto.
Sea como fuere, las realizaciones de la técnica, que como tales son irrenunciables, no podrían ser sustituidas por una naturaleza que despertara como sujeto. La alternativa a la técnica existente, el proyecto de una naturaleza como interlocutor en lugar de como objeto, hace referencia a una estructura alternativa de la acción: a la estructura de la interacción simbólicamente mediada, que es muy distinta de la de la acción racional con respecto a fines. Pero esto quiere decir que esos dos proyectos son proyecciones del trabajo y del lenguaje y por tanto proyectos de la especie humana en su totalidad y no de una determinada época, de una determinada clase o de una situación superable. Pero si no es admisible la idea de una nueva técnica, tampoco puede pensarse consecuentemente la idea de una nueva ciencia, ya que en nuestro contexto, a la ciencia, la ciencia moderna, se la ha de considerar como una ciencia obligada a mantener la actitud de una posible disposición técnica: lo mismo que en el caso del progreso científico-técnico, tampoco para la función de la ciencia es posible encontrar un sustituto que fuera más humano.” (Habermas, 1989:62-63).
[2] Para muchos analistas la fase expansiva del próximo ciclo largo de la economía mundial ya ha comenzado y está teniendo como epicentro de su despegue a sociedades distintas a las que han detentado la hegemonía del sistema capitalista hasta el presente. Naciones como China y la India, por ejemplo, dada su condición de mercados de inversión atractivos para el capital transnacional en razón de la ventaja competitiva de su abundante mano de obra barata y “desregulada”, se han convertido en las candidatas más apetecibles para desempeñar este rol. Sin embargo, cabe señalar que las altas tasas de crecimiento del PIB de China, cercanas al 9 ó 10% anual, resultan una macabra ficción numérica si se toma en cuenta que su cálculo no contempla los gravísimos pasivos ambientales y sociales generados por el modelo “capitalista salvaje” adoptado por la populosa nación asiática desde 1979, a raíz de la implementación por Den Xiao Ping de la política de “enriquecimiento prioritario de los que puedan”. En efecto, de acuerdo con Ian Johnson, ya desde finales de los noventa “el Banco Mundial calculó que la contaminación le cuesta al país el equivalente al 8% de la producción anual. Es decir, que el envidiable crecimiento de China… se ve prácticamente neutralizado por costos ambientales ocultos, como la reducción de la esperanza de vida y la disminución de la tierra cultivable.” (1998).